Donde habita tu reflejo 7. Despedidas
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7. Despedidas

D ESPEDIDAS

Tras mi sorprendente entrevista con la agente Cecily Bishop junto a la catedral, regresé a casa.

Tanto Antoinette como mi madre dormían profundamente y no quise despertarlas, pero sabía que debía hablar con ellas lo antes posible.

La convicción de haber hecho lo correcto al rechazar la propuesta de la espía había servido, de paso, para afianzar otra certidumbre: necesitaba abandonar Suiza.

—Tienes cara de cansada.

Acababa de bajar a desayunar. Cuando entré en el comedor, besé a Antoinette en la mejilla sin responderle.

Mi madre aún no se había levantado, lo que nos permitiría mantener una conversación a solas.

Tomé asiento frente a ella sabiendo que me observaba.

Su intuición era infalible. Por mucho que intentara ocultarle mis sentimientos, era capaz de detectar si algo me sucedía, incluso el paso de un pensamiento fugaz que apenas dejase huella en mi rostro.

Imaginé que mi aspecto no debía de ser muy bueno.

Había pasado una mala noche, jalonada de pesadillas en las que unas tinieblas impenetrables y la sensación de peligro me habían acosado sin piedad.

El poco sueño robado a las sombras, todavía ocultas en los rincones de mi cerebro, no había bastado para proporcionarme descanso y mis ojeras eran la prueba evidente.

El semblante de Antoinette, en cambio, brillaba acariciado por la luz de la mañana.

Su sonrisa consiguió hilar la mía y nos contemplamos durante unos preciosos segundos.

—¿Cómo fue anoche? —preguntó.

A punto estuve de meter la pata. El recuerdo de la historia que había inventado para tener una excusa que me permitiera reunirme con Cecily Bishop había quedado sepultado por su sorprendente propuesta y por los centenares de ideas que habían torturado mi mente desde entonces.

—Bien. Marie me enseñó sus notas finales para la edición de...

Me detuve. También a mí me resultaba fácil leer los ojos de Antoinette. En ellos vi una mezcla de tristeza y enojo. No podía volver a mentirle.

—La verdad es que no había quedado con la señora Bonnard. Pero tú ya te lo habías imaginado, ¿no?

Asintió.

—No traté de averiguar si lo que me habías contado era verdad —se apresuró a añadir—. Pero no se te da nada bien mentir.

Noté que me sonrojaba.

—Perdóname. Preferí no contártelo para evitar que te preocuparas.

—¿Por qué? Ahora sí lo has hecho.

—No pasó nada, tranquila. Un momento.

Me levanté y subí al dormitorio. Del cajón de mi mesilla saqué una carpeta.

Al leer la nota que aquel chiquillo me había entregado, Antoinette me lanzó una mirada inquisitiva. Entonces le conté mi reunión con la agente, intentando evitar mención alguna a lo asustada que había estado durante los minutos previos.

—Pero ¿la propuesta iba en serio?

—Parece ser que sí, ¿te lo puedes creer? Si es así como funcionan los servicios secretos, me temo que Europa está perdida. Dejar algo tan sensible y peligroso en manos de mujeres de mi edad... ¿Quieren decir que no hay gente joven implicada en la lucha por la libertad? ¿A ese punto hemos llegado?

—Bueno, creo que los argumentos de la señorita Bishop para intentar convencerte eran muy acertados.

—¿Cuáles? ¿Los de que por ser una señora de cierta edad pasaría desapercibida? ¿Que aún valgo para eso, al menos?

Antoinette me cogió la mano y la apretó con ternura.

—No. Que eres una mujer excepcional que todavía tiene mucho que ofrecer y debe encontrar la forma de hacerlo.

Me llevé su mano a los labios y la besé, en parte también para que no viera las lágrimas que habían nublado mis ojos de forma repentina.

Odiaba la fragilidad que me asaltaba como una descarga desde todas las fibras de mi cuerpo, como si la biología de mi sexo dictara cuáles debían ser mis emociones y mi modo de comportarme.

Cuando recuperé la compostura, pude mirarla de nuevo. Antoinette todavía no se había relajado. Por fin, lo comprendí.

—Lo sabes, ¿no?

—¿Qué? ¿Que estás pensando en marcharte?

Tragué saliva y asentí.

—Lo siento. He intentado adaptarme, conformarme...

—Acababa de cometer una torpeza. No debía de haberme expresado bien, a juzgar por su gesto.

Aunque casi siempre nos comunicábamos en francés, a veces me resultaba necesario pasar al castellano, como en aquel instante.

Sabía que ella lo entendería bien al haberlo estudiado durante varios años—.

No, no me interpretes mal. Soy muy feliz aquí contigo.

No me refiero a eso. No es conformidad; uno no se conforma cuando la vida le hace un regalo increíble.

Porque eso eres tú para mí. Y siempre, siempre estaré agradecida por ello.

Eres mi persona favorita del mundo, mi amiga, mi confidente, mi compañera...

Y si me marcho no es porque no esté bien aquí, sino porque, como tú bien has intuido, necesito hacer algo más.

Por mi país, por la República, pero, sobre todo, por mí misma.

Si no, nunca me perdonaré no haberlo intentado.

¿Me entiendes? —Ahora fue Antoinette quien asintió en silencio y con el llanto retenido tras la mirada—.

Shhh..., todo irá bien. He pensado en Paulina.

Siempre se ha portado conmigo como una amiga y sé que puedo contar con ella en Montevideo.

—Pero, Clara... Sus últimas cartas. La forma en la que criticó tu libro... Las cosas entre vosotras ya no son como antes.

La miré pensativa. Mi amistad de años con Paulina Luisi, a quien consideraba mi mentora, llevaba meses tambaleándose desde que leyera La revolución española vista por una republicana y lo considerara poco menos que una traición por mi parte al republicanismo.

Antoinette tenía razón. Quizá no fuera una buena idea ir a visitarla después de todo.

Ni siquiera mientras buscaba un lugar donde empezar de nuevo.

—Pues entonces nos iremos a Argentina. Allí hay una comunidad de exiliados españoles que nos ayudaría a establecernos durante un tiempo.

—¿Nos? Quieres decir... ¿Llevarías a tu madre?

—Por supuesto, ¿qué iba a hacer si no? No puede regresar a España. No la pondré en peligro de esa forma. Además, no me sería posible acompañarla en el viaje. Seguramente nos detendrían a las dos.

—Pilar ya no está bien, no para viajar. Demasiado mayor y su salud... Ya sabes. —Callé mientras asimilaba sus palabras, tan acertadas como siempre. Entonces volvió a hablar—: Yo cuidaré de ella, Sylvie me ayudará.

El dichoso nudo en mi garganta estranguló mis palabras.

Me parecía inaceptable la idea de que mi madre fuera cuidada por otras personas, no extrañas, porque no lo eran ni Antoinette ni Sylvie, la mujer que se ocupaba de mantener la casa limpia y cocinar.

Pero ¿cuál era la alternativa? Antoinette tenía razón, su salud no aguantaría un viaje tan largo y fatigoso, y mucho menos un nuevo comienzo.

Ya la había obligado a adaptarse a una lengua, un hogar y un país desconocidos.

—No puedo, no debo. Nunca me lo perdonaría. ¿Y si le ocurriera algo mientras estoy fuera? No sé el tiempo que pasará hasta que pueda volver. No, es imposible. Pero te lo agradezco infinitamente, querida mía.

—Te lo prometo, estará muy bien aquí, conmigo.

—Pues claro que sí, hija. De eso no te quepa la menor duda.

Las dos nos giramos sobresaltadas. Mi madre estaba junto a la puerta, aunque era difícil saber cuánto había escuchado de la conversación. Enseguida nos sacó de dudas.

—Vete tranquila, cariño, seguro que te reencontrarás con muchos de tus antiguos compañeros. Estarás muy bien allí. Y yo aquí, con mi amiga Antoinette.

—Mamá... —Me levanté y la acompañé hasta la mesa para que se sentara—. Siento mucho que te hayas enterado así. Pero no te preocupes, que no me voy a ninguna parte.

—Por supuesto que te irás —repuso con un tono imperativo que hacía años no usaba.

Desde que yo era una adolescente—. ¿A que sí?

Haz recapacitar a esta cabezota, a ver si a ti te hace caso.

—Complacida al ver cómo Antoinette respondía con una sonrisa emocionada, continuó—: Clarita, vete y no mires atrás.

Vuela libre de una santa vez. Te queda mucho por hacer y aquí no eres feliz.

—Sí que lo soy, mamá. Todo lo feliz que puedo ser en nuestras circunstancias, en un exilio que nunca habría deseado para ninguna de las dos. Pero nuestra vida aquí es...

—Aburrida —terminó la frase por mí—. Sí, hija, no lo niegues.

Y eso que tú te vales en la lengua de esta gente, pero yo...

Las mujeres de nuestra familia siempre hemos disfrutado con las charlas largas.

Ay, aquellas conversaciones con tu padre.

Y luego, cuando él ya no estaba, con las clientas del taller.

Tú nunca has sido tan habladora como yo, por eso encajas bien con el carácter de los suizos.

—Le hizo un guiño a Antoinette, quien se lo devolvió—.

Pero eso no significa que debas quedarte aquí, por muy bien que nos estén tratando.

Hay cosas que debes hacer aún. Hija, no lo pienses más.

Si quieres, tómatelo como una orden de tu vieja madre, aunque preferiría que lo escucharas como un consejo.

Quizá el mejor que te he dado en toda mi vida.

De nuevo el llanto me impidió articular palabra alguna. Y todo lo que pude hacer, tras intercambiar una mirada con Antoinette, fue mover la cabeza en un gesto afirmativo, mientras nuestras manos, las de las tres, se entrelazaban sobre el mantel.

El recuerdo de aquel círculo de amor me acompañaría como un amuleto durante mis años de verdadero exilio, el que comenzaría en breve.

Anne dejó las páginas en la mesa. Antoinette, que estaba hojeando un libro de arte que había cogido de una de las estanterías, alzó la vista.

—Me habría gustado conocer a Pilar.