Donde habita tu reflejo 6. La travesía #3
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6. La travesía #3

Nos llevaron a un edificio que no tardé en identificar como una escuela, si bien saltaba a la vista que aquel ya no era un lugar donde estudiase nadie, sino una prisión.

Por mucho que aún retuviera su aspecto de antaño, con mapas todavía colgados de las paredes e incluso crucifijos, la oscuridad que inundaba sus estancias ahora daba escalofríos.

No obstante, el hecho de estar juntas, que nos trataran con humanidad y nos alimentaran de un modo aceptable, hizo que aquellos momentos no resultaran tan traumáticos como podían haber sido.

Al día siguiente vino a vernos un funcionario que nos informó de que los cinco falangistas me habían denunciado cuando estábamos a bordo del barco, de manera que pudieran detenerme al llegar a puerto. El radiograma enviado me definía como «peligrosa y enemiga de la ideología fascista».

Al cabo de tres días más nos dejaron marchar, pero solo tras comprometerme a abandonar Italia de inmediato.

Por supuesto, les aseguré que esa había sido la idea desde el principio.

Si no mía, sí de Antoinette Quinche, mi queridísima amiga, en cuyo telegrama de respuesta al que yo le había enviado desde Alicante nos había ofrecido cobijo durante el tiempo que hiciera falta.

Pocas jornadas después, nos recibió en su casa como si fuéramos miembros de su familia.

Con el aliento contenido, escuchó el relato de nuestro traumático viaje, sobre todo, del momento en el que yo había estado a punto de perder la vida a manos de aquellos salvajes.

Al oírlo, nuestra anfitriona se puso en pie, se acercó a mí y me abrazó mientras lloraba las lágrimas más sinceras y con mayor poder sanador que nadie ha derramado por mí.

Y supe que, no importaba lo que ocurriera a partir de entonces, siempre tendría un hogar en el que resguardarme.

Y ese hogar tenía un nombre: Antoinette.

—Qué bonito final para un capítulo aterrador —afirmó Anne al concluir—. Lo que la señorita Campoamor, su madre y su sobrina vivieron debió de ser horroroso. Tener que exiliarse y, encima, de esa forma. Aquellos hombres podrían haberla asesinado.

—Lo sé... Cuando llegaron a Lausana estaban agotadas.

Me sobrecogió ver la huella del miedo todavía en sus rostros.

La pobre Pilar pasó varios días en cama antes de recuperarse.

Consuelo, que se quedó con nosotras solo un par de meses antes de regresar con su padre, apenas hablaba, no ya conmigo, obviamente, porque no sabía francés.

Tampoco con Clara. Imagino que aquello le provocaría un trauma considerable.

—¿Y Clara? ¿Cómo estaba?

Antoinette se tomó unos segundos antes de responder.

—Bien, o eso decía ella una y otra vez. No sé si intentaba convencerme a mí o a sí misma. Sin embargo, las pesadillas no la han abandonado desde entonces. Y no es para menos, con lo que tuvo que vivir. No me refiero solo a esa terrible travesía.

—Me cuesta hacerme una idea de lo que debió de sentir al partir hacia el exilio, dejando atrás toda su vida anterior. Nunca retornó a España, ¿no?

—Lo intentó varias veces. De hecho, hasta hace muy poco, todavía no había perdido la esperanza de hacerlo algún día.

—¿De verdad trató de volver? Creo haber leído en algún sitio que la habrían condenado a muchos años de prisión si la hubiesen detenido.

—Cuando la conozcas mejor, sabrás que eso no es más que una nimiedad para la cabezota de Clara Campoamor.

—Las dos rieron. Después, Antoinette, con gesto más serio, prosiguió—: Clara es una luchadora.

Y no puede esperarse que alguien como ella se conforme con lo que se le impone de una manera injusta.

Eso es lo que habían hecho las autoridades franquistas, que le habían arrebatado todo.

Además, muchos de sus antiguos camaradas le habían vuelto la espalda por sus críticas al Gobierno republicano...

La España que dejó atrás no era, ni mucho menos, el lugar idóneo para vivir tras el golpe de Estado.

Y, aun así, la nostalgia que sentía era insoportable.

Por eso buscó la manera de retornar cuando estaba en Argentina.

Su último intento fue atravesando la frontera en tren por Irún en 1955. Por desgracia, una vez más, fracasó.

—Y regresó a Lausana, donde tú la estarías esperando con los brazos abiertos.

—Eso es —concluyó Quinche con una sonrisa plena de nostalgia.

Anne se preguntó si, de haber tenido éxito alguno de esos viajes frustrados, las dos mujeres habrían acabado viviendo juntas.

Su mente ya había comenzado a tejer el relato sobre Clara Campoamor, pero también, de forma inevitable, sobre la abogada Quinche, sin cuyo apoyo nada habría sido igual para la española.

—Supongo que ya llegaremos a ese punto en la narración de Clara —dijo—. Pero ahora me gustaría volver a esa primera estancia en Lausana contigo. Según lo que leí ayer, al poco tiempo de haber llegado allí tuvo lugar su encuentro con mi madre. ¿Qué ocurrió después?

Antoinette se levantó y buscó entre los papeles.

—Aquí encontrarás la respuesta.