6. La travesía #2
Aprovechamos para caminar y desentumecer el cuerpo durante unos minutos solo, temiendo que aquel viento pudiera resultar dañino para la salud de mi madre.
Cuando nos disponíamos a abandonar la cubierta, nos llamó la atención un grupo de personas.
Hablaban tan alto que sus voces se oían sin dificultad desde la distancia.
Tres mujeres reían las gracias a cinco hombres cuya vestimenta, en cuanto la distinguí, me produjo un escalofrío.
Las camisas azules, remangadas hasta los codos, refulgían a la luz del sol.
A medida que se acercaban a nosotras, el yugo y las flechas cosidos bajo el bolsillo izquierdo eran más fáciles de identificar.
Por puro instinto bajé la mirada, pero no tuve tiempo de avisar a mi sobrina, que los observó con la curiosidad propia de sus catorce años.
Pasaron de largo y estaba a punto de relajarme cuando oí una voz que reconocí de inmediato.
Los gritos que había proferido contra Victoria y contra mí aquel día en Madrid se habían quedado grabados en algún rincón tenebroso de mi memoria, del que salían de vez en cuando para estremecerme.
Y eso que aún no había sucedido lo que ocurrió a continuación.
Anne se detuvo un instante. ¿Sería posible que ese hombre fuera el mismo que había atacado al amigo de Clara cuando ella y Victoria se escondieron en la carbonera? ¿Se podía tener tan mala suerte?
—Vaya, vaya, vaya... Pero mira a quién tenemos a bordo. La señorita Campoamor.
Por nuestro bien, decidí no hacer caso. Así, tal vez, pensaría que se había equivocado. Mi madre, que caminaba entre Consuelo y yo agarrada de nuestro brazo, hizo ademán de detenerse, si bien siguió adelante al notar cómo yo tiraba de ella.
—Mírame cuando te hablo, puta.
El familiar escozor en el estómago comenzó a palpitar mientras andábamos un poco más deprisa.
—No os paréis —les susurré.
Por desgracia, aquel tipo y sus secuaces nos alcanzaron en pocas zancadas y nos cortaron el paso.
El rostro, vagamente reconocible para mí, puesto que en aquella ocasión lo había visto a cierta distancia, era el de un tipo corriente, excepto por una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha.
Sus ojos destilaban tal desprecio que me costó sostenerle la mirada, aunque lo hice, por mucho que el miedo se hubiera ovillado en mi pecho.
No temía lo que pudiera hacerme a mí, sino a mi madre o a mi sobrina.
Solo por eso no le respondí como se merecía.
—¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato?
—Aguardó a que las risas de sus acompañantes se extinguieran antes de añadir—: ¿Ya no vas dando discursitos por ahí sobre las mujeres?
—Se puso a caminar balanceando de forma exagerada las caderas, en un intento estúpido de imitar los andares femeninos mientras sacaba mucho los labios.
Las ruidosas carcajadas de los demás no se hicieron esperar.
No obstante, en cuestión de segundos, su gesto risueño cambió por uno rebosante de toda la violencia que alimentaba sus pensamientos—.
¿Ya no ayudas a las furcias que pretenden divorciarse de los pobres hombres que les hicieron el favor de casarse con ellas?
No, ¿verdad? Ya no te dejan entrar al Congreso porque saben que eres basura... Basura republicana.
Se había acercado más a mí para pronunciar las últimas dos palabras, complacido por su ocurrencia de lo que debía de considerar un apelativo ingenioso. Lo tenía a unos centímetros de la cara. Entonces, mi corazón perdió un latido al verlo girarse hacia mi sobrina.
—Y tú ¿quién eres?
Dio dos pasos hacia ella.
—Haga el favor de dejarnos tranquilas. No nos hemos metido con usted y esta señora necesita descansar. Precisamente la estaba acompañando a su camarote.
Mi maniobra para que no supiera que las tres estábamos emparentadas pareció funcionar. Él se volvió de nuevo hacia mí con una sonrisa que me heló la sangre. Actuó de un modo tan repentino que no tuve tiempo de reaccionar. Tiró de mí, arrancándome del brazo de mi madre.
—¡Vamos a darte tu merecido! ¡Cogedla! —les gritó a los otros, que obedecieron todos a una.
Lo que ocurrió a continuación, aunque sucedió con mucha rapidez, pareció desarrollarse a cámara lenta.
En un instante, y ante los gritos aterrorizados de mis familiares, me habían arrastrado hasta la barandilla sin que pudiese resistirme a la fuerza bruta de tantos hombres. Después, me levantaron del suelo.
Dicen que tu vida pasa ante tus ojos cuando estás a punto de morir. No fue eso lo que yo vi, sino la inmensidad de un mar que estaba a punto de tragarme.
Sujeta por manos que me volteaban para arrojarme por la borda, sentí que el cielo y el océano se fundían en un brusco movimiento giratorio, como si un dios caprichoso estuviera utilizando un gigantesco imán para atraerme hacia las profundidades.
Me esperaba una muerte instantánea y cruel en el mejor de los casos, si es que la caída acababa de forma piadosa conmigo; lenta, agónica e insoportablemente dolorosa si las olas me engullían, permitiendo que el agua se infiltrara como un asesino invisible por mis vías respiratorias.
Un grito en una lengua que no entendí rasgó el aire cargado de salitre.
De inmediato, mis atacantes me volvieron a depositar en la cubierta sin llegar a soltarme por completo.
Cuando recuperé el equilibrio, vi a un hombre vestido de uniforme naval, con una barba abundante, muy blanca, y cejas igualmente pobladas y canas.
Lo reconocí como el capitán, de quien supe después que se llamaba Max Schaefer. En un castellano precario repitió:
—Soltar la frau... la señora. ¡Ahora!
La decepción y la ira brillaban en los ojos de los falangistas al verse obligados a obedecer la orden.
—Esta mujer ha escapado de España de forma ilegal. Es culpable de crímenes por los que debe pagar.
—No en mi barco —respondió tajante el marino, con una mirada que no dejaba lugar a dudas. Junto a él acababan de aparecer seis miembros de la tripulación, que aguardaban instrucciones.
De pronto, noté cómo me invadía un malestar que me hizo asomarme a la barandilla y vomitar, lo que provocó las carcajadas de los hombres. La pesadilla parecía haber concluido, pero no me sentía a salvo. Quedaba por delante mucha travesía.
Mientras intentábamos recuperarnos del tremendo susto, las mentes de esas sabandijas no descansaron.
Se dedicaron a recorrer las bodegas hasta que nos encontraron.
Allí, una vez más, me increparon y amenazaron con hacer caso omiso de las órdenes del capitán y tirarme al mar.
A la pregunta de quiénes eran mis acompañantes, un hombre que no nos había dirigido la palabra, pero que evidentemente había escuchado parte de nuestras conversaciones al viajar a nuestro lado, les desveló su identidad.
Por suerte, algunos marineros se encontraban allí también y, aunque no impidieron que nos molestaran de palabra, los disuadieron de llegar más lejos.
Esa noche no pegamos ojo. Mi madre solo cedió al sueño de puro agotamiento y a causa del miedo que había pasado.
Al verla sumida en un duermevela inquieto temí por su vida y me maldije una vez más por mi estúpida decisión de hacerla salir de Madrid.
Una decisión que nos había metido en un barco lleno de falangistas.
Según descubriría después, estos viajaban a Italia para sumarse a los movimientos fascistas que seguían multiplicándose por todo el país a la espera de eclosionar como un venenoso insecto gigante.
Cuando amaneció, decidimos no abandonar la bodega. Sabíamos que allí abajo siempre quedaban bastantes personas, a pesar de que ninguna había movido un dedo para protegernos cuando intentaron amedrentarnos. En todo caso, preferí que hubiera testigos de lo que nos pudiera suceder.
A las pocas horas, se nos anunció que estábamos a punto de arribar a Génova y sentí el alivio de la proximidad de un puerto. Rodeadas de gente, avanzamos por la cubierta hacia la pasarela. Por fin nos hallaríamos en tierra firme.
— Signore, fermatevi! —gritó un policía para que nos detuviéramos.
A continuación, dio instrucciones a varios hombres uniformados, quienes nos impidieron el paso.
Las tres nos miramos sin comprender nada.
Nos sujetaron de los brazos y nos metieron en un coche.
Pese a nuestras protestas, no conseguimos saber a qué se debía aquel ultraje.