6. La travesía
L A TRAVESÍA
Cuando Antoinette regresó al comedor, ataviada con un pantalón de pinzas y un jersey de cuello vuelto, Anne no pudo evitar alabar su buen gusto y su clase. Pocas mujeres de su edad vestían así y muchas menos tenían su figura. Transmitía una imagen dinámica y ágil, lo que le restaba años.
—¿Qué te ha parecido el capítulo? —le preguntó una vez sentada frente a ella.
—Sí, aunque las circunstancias en las que ambas salieron de España fueron bien distintas. Si no me equivoco, el siguiente texto habla de la partida de Clara.
—Pues voy a leerlo y después lo comentamos, ¿te parece?
Septiembre de 1936
Pilar Rodríguez Martínez. Ese es el nombre de una de las mujeres más valientes que he conocido: mi madre.
Solo puedo decir cosas buenas de ella, aunque seguro que en la descripción que hice de mi padre debieron intuir un ligero favoritismo por mi parte.
El amor hacia mi madre surgió en mí mucho tiempo después de cuando debería haber sucedido.
Mientras las otras niñas se referían a las suyas con devoción, como si un padre no hubiera intervenido en el minucioso acto de crearlas, yo de pequeña no me separaba del mío.
Su repentina muerte me hizo idealizarlo y convertirlo en poco menos que un mito, mientras que lo que sentía por mi madre ocupaba un lugar secundario.
Suena feo decirlo, pero necesito dejarlo por escrito aquí para que entiendan cuán injusta fui y lo mucho que tardé en valorar su amor y los sacrificios que hubo de realizar para seguir proporcionándome la educación que mi padre había elegido para mí, incluso tras su fallecimiento.
Aquella formidable mujer sostuvo nuestro hogar a base de horas y horas de extenuante trabajo cosiendo hasta que ya no pudo más y se vio obligada a sacarme del colegio de monjas en el que estudiaba.
Y lo que, con doce años, interpreté como un castigo inmerecido, tiempo después supe comprender como lo que en realidad fue: un desesperado intento de mantener a flote la precaria embarcación en la que se había convertido mi familia.
Todo lo que he conseguido se lo debo a ella, quien me apoyó siempre y me inspiró para buscar salidas a una existencia que no encajaba con mis sueños de niñez.
Y por ella, sobre todo, tomé la decisión más dura: la de abandonar España.
Sabía que, de haber permanecido en Madrid, tarde o temprano habrían venido a buscarme para ajustar cuentas y arrebatarnos las pocas posesiones que teníamos y, quizá, hasta la vida.
Me pareció la única forma de ponernos a salvo y de devolverle los cuidados que me había prodigado ella durante toda mi existencia.
Aunque fuera lejos de nuestra casa y a pesar de la dureza del camino que se iniciaba ante nosotras.
Tras la sublevación militar de julio, se había declarado el estado de guerra en España.
El clima de inseguridad aumentó de un día para otro, sobre todo para los republicanos, al menos al principio.
Obviamente, no es posible conocer las ideas de un ciudadano mediante la simple observación de sus costumbres o su forma de vestir, pero sí de quien ha detentado un cargo público y defendido sus convicciones, tanto desde la bancada de un partido político como vertiéndolas en artículos de opinión, como era mi caso.
Se cometían agresiones a diario, la anarquía reinaba en las calles mientras los enfrentamientos armados se multiplicaban e iban acotando los terrenos donde antes imperaba la libertad.
En cuanto a mí, no solo recibía amenazas de los radicales de derechas, sino incluso de gente de izquierdas que seguía considerándome la culpable de la derrota en las elecciones del 33, al haber cometido el terrible pecado de conseguir el voto para las mujeres.
Es triste decirlo, pero mi sensación era que el odio me acechaba por doquier.
Las noticias que nos llegaban por la radio no disipaban nuestro miedo, sino que lo potenciaban hasta que dejó de tener importancia todo lo que no fuera mantenernos a salvo. Y así fue como tomé la decisión. Debíamos marcharnos, dejar atrás nuestra vida si queríamos sobrevivir.
Antes de iniciar cualquier preparativo, le escribí a Antoinette Quinche, una abogada y magnífica amiga suiza con quien hacía años que mantenía una correspondencia asidua.
En mi carta le confié mis temores y el horror que me había producido que el Gobierno de la República hubiera decidido dar armas al pueblo para que se defendieran de los sublevados.
Aquello era el colmo de lo absurdo, un intento de sofocar la violencia con más violencia.
Antes de concluir, le comuniqué mi idea de partir, convencida de que nuestra mejor baza era salir de Europa.
Mi madre, que por aquel entonces tenía setenta y nueve años, aceptó mi resolución y lo que el destino nos tuviera reservado.
Y así, a los pocos días, tras despedirnos de mi hermano Ignacio, cargadas mi sobrina Consuelo y yo con dos maletas en las que llevábamos todo lo que pudimos meter de valor, iniciamos viaje hacia Alicante con el corazón encogido.
El puerto era un hervidero de gente y un trajín de equipajes y caras que, debido al vértigo de una situación tan angustiosa para nosotras, parecían fundirse entre sí para crear un tapiz colorido y borroso.
Tal como había planeado, intenté conseguir pasajes para alguno de los barcos que salían hacia Argentina, donde tenía la esperanza de establecernos hasta que lo peor pasara.
Después de horas de inútiles esfuerzos, me dirigí a la oficina de telégrafos y envié un mensaje. Cuando la anhelada respuesta llegó, compramos los billetes y pasamos una noche más en una pensión. Al día siguiente partiríamos hacia Génova en el Baden, un buque alemán.
Cuando el capitán se dirigió a la tripulación y dio la orden de zarpar, nos encontrábamos en la cubierta principal.
Asomadas a la barandilla, echamos un último vistazo a aquellas costas amadas.
Tras un velo acuoso percibí, con la misma claridad que cualquier dolor físico, cómo en mi interior se rompía algo.
Se acababa de cortar el cordón umbilical que me unía a mi patria, a mi pasado y a un futuro que ya nunca sucedería en aquella tierra.
Me tragué el llanto para que mi madre no lo viera, si bien ella tenía que afrontar sus propias lágrimas, que comenzaban a diluir en sus ojos los recuerdos de toda una vida.
La certeza de que no regresaría a España asomaba a aquella mirada cálida y valiente que jamás me mostró el menor rencor por haberla arrastrado en mi huida.
Me maldije a mí misma y a quienes habían provocado, con sus insidias, un exilio cruel para una mujer que nunca le había hecho daño a nadie.
Ella, la madre de familia, la buena vecina, la esposa fiel y viuda inconsolable, se había visto forzada en su ancianidad a afrontar paisajes y gentes nuevas, extraños todos.
Excepto por Consuelo y por mí. Supe que nunca iba a poder compensarle aquel sacrificio, por mucho que me dijera a mí misma que le estaba salvando la vida.
Sin embargo, la voz que se ocultaba en mi interior, quizá la de mi hermana muerta, no dejaba de repetirme que mi decisión precipitaría su final.
Me esforcé por acallar a ese otro yo que, a veces, parecía disfrutar torturándome, y me prometí que me desviviría para que a mi madre no le faltara nada durante los años que le restaran.
Nos encaminamos hacia las bodegas, el único lugar en el que habíamos encontrado espacio para viajar.
Nada más llegar, observé estupefacta que no había ningún tipo de mobiliario u objetos que pudiesen hacer la travesía más cómoda.
Las decenas de pasajeros, simplemente, se habían acomodado en el suelo, sobre esteras y, en el mejor de los casos, algún almohadón que ellos mismos hubieran podido llevar consigo.
Rodeados de maletas y baúles, con la incertidumbre grabada en los rostros, supongo que al igual que nosotras, aquellos hombres, mujeres y niños serían nuestros compañeros durante el periplo que acababa de comenzar.
Los remordimientos y una tristeza lacerante me asaltaron al comprender cómo iban a discurrir las interminables horas a bordo.
¿Qué había hecho? ¿Cómo podía haber arrancado a mi madre, a sus años, de la comodidad de su humilde dormitorio para arrojarla a un suelo frío y sin la menor protección, salvo la de algunas mantas que la tripulación tuvo el detalle de repartir entre la gente más mayor?
El resto tuvimos que arreglárnoslas con la ropa que nos habíamos puesto, a pesar de la insistencia de mi madre para que compartiéramos la manta con ella.
Consuelo, con el vigor de la juventud y su naturaleza bondadosa y dulce, tampoco aceptó la oferta de su abuela, si bien no rechazó mi abrazo cuando la noche y el frío se cernieron sobre nosotras en aquel recipiente de almas que el mar agitaba a su antojo.
Y, aun así, conseguimos quedarnos dormidas, supongo que a causa del agotamiento.
Al día siguiente, subimos a cubierta para respirar un aire menos cargado y necesitadas de estirar los músculos tras la incómoda noche.
La brisa en alta mar, helada pese a la época del año, nos reconfortó y abrió el apetito.
Comimos parte de nuestras provisiones, menos de lo que nos habría gustado, sin saber si nos alcanzarían hasta llegar a nuestro destino.
Llevábamos pan, ya bastante duro, queso, algo de embutido seco y una generosa bolsa llena de nueces provenientes de los nogales que una de nuestras vecinas de toda la vida tenía en el pueblo, además de seis manzanas.