5. La carbonera #4
—Bueno, se ha intentado, no vayan a creer que no —repuso Victoria en respuesta al comentario de Miguel—.
Pero no resulta fácil manejar tantos frentes abiertos.
Cuando parecía que se habían superado las confrontaciones partidistas surgidas a raíz de la entrada de la CEDA 1 en el anterior Ejecutivo, comenzaron las insidias por parte de quienes siempre nos habían apoyado.
—Puede que eso sea verdad —dije yo—, aunque, quizá, si no se hubiera perdido la vocación de dialogar, sobre todo entre la gente de izquierdas, las cosas habrían sido distintas. Además, hacía años que no presenciábamos tal nivel de violencia por causas políticas.
—Entiendo lo que quieres decir, pero seguimos teniendo el apoyo de los votantes. De no ser así, la República habría caído en febrero.
Pese a lo irrefutable del argumento de Victoria, yo habría podido contestarle que no todo en política se reducía a los votos.
No obstante, preferí callar. Bien sabía que, por muy bien que se intentaran hacer las cosas, a veces los resultados de las elecciones no eran los deseados.
Y yo representaba el mejor ejemplo. Todas mis buenas intenciones y el celebrado logro del voto femenino en 1931 no me habían reportado más que pérdidas, en el terreno profesional y en el trato recibido desde entonces en algunos sectores de la sociedad.
En 1933, cuando la izquierda perdió las elecciones, yo perdí mi escaño, con lo cual quizá debería haberme replanteado si Kent tenía razón al vaticinar que, en cuanto las mujeres pudieran votar, inclinarían la balanza hacia la derecha.
Quién sabe... Aunque nunca he aceptado que aquello fuera consecuencia del voto femenino.
Pero la prensa, la sociedad y los políticos de izquierdas prefirieron sacar esa conclusión y, de paso, castigarme a mí, que era, a sus ojos, la culpable.
Curiosamente, tampoco Victoria renovó su acta de diputada ese año.
Ambas defendíamos los derechos de la mujer y, aunque lo habíamos hecho de manera muy distinta, recibimos el mismo escarmiento, si bien ella había logrado recuperar su escaño.
—En todo caso —concluyó Miguel sacándome de mis cavilaciones—, creo que Jorge tiene razón. Hace ya un tiempo que se estaban empezando a percibir cambios, no solo en España. En Europa ocurre lo mismo.
—Cierto —contesté—. Pero lo que está sucediendo en el resto del continente no es nuevo. La situación actual es producto de lo que pasó en...
—... 1933.
Miguel y yo nos sonreímos al constatar que la conexión entre nosotros no se había deteriorado con el paso de los años o la falta de contacto. Lo de acabar las frases del otro era un entretenimiento que nos había reportado más de una carcajada en el pasado.
—Eso es, cuando Adolf Hitler subió al poder. A partir de entonces, Alemania comenzó a violar abiertamente el Tratado de Versalles. Y, sin ningún tipo de reparo, ignoró los acuerdos que limitaban el tamaño y capacidad de sus fuerzas armadas. ¿Y qué hizo el resto de los países europeos?
Miré uno a uno a mis interlocutores en busca de una respuesta.
—Nada —afirmaron los tres a la vez. Me sentí muy aliviada al comprobar que Victoria también estaba de acuerdo conmigo.
—Brindemos entonces por que gentuza como la que se han encontrado ustedes hoy no acabe llevando las riendas ni aquí ni en Europa.
Tras las palabras del doctor Fernández, bebimos y quedamos en silencio.
Los presagios sobre escenas que, casi con certeza, viviríamos en poco tiempo recorrieron nuestros semblantes como si estos fueran pantallas de cine.
No obstante, todavía no conocíamos lo que estaba ocurriendo no muy lejos de la protección de aquellas cuatro paredes.
Ignorábamos que muchas ciudades habían caído ya bajo el poder de los sublevados.
La marea corrosiva que lideraban Franco y Queipo de Llano avanzaba por la Península, aunque no sin resistencia por parte de quienes seguían siendo leales a la República.
Esa tarde, al abandonar el piso de mi queridísimo Miguel, no sabía que no volveríamos a vernos nunca.
Cuando regresé al día siguiente para interesarme por su salud, me preocupé al no encontrarlo.
Llamé a la puerta de sus vecinos y don Jorge me tranquilizó.
La noche anterior, con ayuda de un sobrino suyo, lo habían llevado a casa de un familiar del médico.
El temor a que el grupo de falangistas regresara en su busca les había hecho tomar la decisión de alejarlo de allí, al menos durante un tiempo.
Lo único que pude hacer, pensando que en pocos días lo vería y cumpliría mi propósito de retomar nuestra amistad, fue enviarle un mensaje a través del doctor.
Sin embargo, la marcha de los acontecimientos impidió nuestro reencuentro.
El corazón cálido y valiente de Miguel se detendría apenas un año después, durante un bombardeo de las tropas franquistas que destruyó su vida junto a la de muchos otros madrileños.
Con su muerte se extinguía su familia y concluía una historia de la que me habría gustado contarles más capítulos.
Pero, al menos, me queda el consuelo de haber podido hablarles de un hombre bueno que dejó una profunda huella en el mundo.
En mi mundo. Y en estas páginas, Miguel López Serrano vivirá para siempre, incluso cuando yo ya no esté aquí para recordarlo.