Donde habita tu reflejo 5. La carbonera #3
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5. La carbonera #3

Al constatar que en verdad parecía estar bien, noté cómo la tensión de mi pecho se relajaba.

Después de tanto tiempo sin vernos, sin tener una de nuestras maravillosas conversaciones, me habría gustado poder hablar con él a solas, contarle cómo habían transcurrido los años para mí y saber de su vida, si se había casado.

Si era feliz. Mi intuición, tras un rápido vistazo alrededor, me convenció de que no debía de vivir con ninguna mujer y, mucho menos, con niños.

El único retrato que vi, sobre una de las estanterías en las que se apilaban centenares de libros, era el de sus padres. Había sido tomado el día de su boda.

Mientras contemplaba a Miguel comprendí que si hubiera podido enamorarme de algún hombre, habría sido de él. Pero, al parecer, la vida tenía otros planes para nosotros. En todo caso, la amistad y el afecto que nos habían unido seguían ahí y me prometí volver a verlo con más frecuencia.

Dado que en nuestro estado era imposible tocar nada ni, mucho menos, tomar asiento a riesgo de ponerlo todo perdido, Victoria y yo aceptamos el ofrecimiento del doctor para ir a su casa, en el mismo rellano, con el fin de asearnos.

Encarna, la esposa del médico, nos recibió con gran cordialidad.

Sus ojos, francos y amables, parecieron detectar de inmediato el miedo que seguía alojado en los nuestros.

Después de darnos la bienvenida, nos acompañó al cuarto de baño, donde lo había dispuesto todo para que nos laváramos, y nos dejó a solas.

En cuanto entramos, mi primera reacción fue de extrañeza.

Teniendo en cuenta que casi no nos habíamos dirigido la palabra en años y que apenas nos conocíamos, compartir de pronto la intimidad de un pequeño aseo con Victoria Kent resultaba, cuando menos, peculiar.

No obstante, acabábamos de vivir una experiencia tan intensa que, de algún modo, había creado un vínculo entre nosotras.

Y lo supe con solo ver los rostros reflejados en el espejo, donde nuestras miradas coincidieron.

El hecho de que Victoria me hubiera protegido al impedir que me enfrentara a aquel grupo de fanáticos y que ambas nos hubiésemos salvado tras los angustiosos momentos vividos en la carbonera nos había transformado.

Las dos mujeres que se miraban a través de ese intermediario, que solo permitía intuir la conexión cálida e inquebrantable recién surgida entre ellas, las contrincantes, los polos opuestos, la clara y la yema...

no eran enemigas. Tampoco amigas. Sin embargo, sé que compartimos la convicción de que a las dos nos importaba lo que pudiera ocurrirle a la otra.

Y, aun así, ese día no intercambiamos muchas palabras.

Pero sí carcajadas, en cuanto vimos la pinta horrorosa que teníamos.

Con la ropa ennegrecida por completo, el cuerpo agarrotado y maloliente, y el cabello transformado en una maraña en la que era probable que se ocultara algún que otro bicho, en verdad parecíamos seres del inframundo.

Y después la risa trajo el llanto. Para mí, al menos, pues fui la única que derramó lágrimas cuando la calma deshizo el nudo que la tensión y el miedo nos habían tejido en las entrañas.

Más adelante, en muchas ocasiones, he sentido la presencia de ese nudo, que como una cicatriz me ha acompañado el resto de mi vida y cuyo escozor, en el fondo del estómago, me recuerda lo frágiles que somos y lo fácil que es perder la vida.

Victoria no me abrazó ni yo busqué su abrazo.

Simplemente nos contemplamos, suspiramos y empezamos a lavarnos sin el menor pudor.

Cuando regresamos a la casa de Miguel, ataviadas con algo de ropa que Encarna nos había prestado y que no nos quedaba demasiado mal, nos esperaba una copa de coñac. El médico fue el primero en hablar.

—No entiendo qué le está pasando a este país. Parecía que después de las elecciones podríamos ver un poco la luz. Pero, al final se ha perdido el norte.

—Por desgracia, las huelgas y los disturbios destruyeron la armonía que había conseguido el Gobierno y allanaron el camino para todo tipo de conspiraciones —respondió Victoria, sintiéndose en la necesidad de justificar la actuación del Ejecutivo, del que seguía formando parte al haber vuelto a obtener su acta de diputada en los últimos comicios.

—Lo cierto es que han sucedido demasiadas cosas en muy poco tiempo.

Lo que les ha ocurrido a ustedes tres hoy...

Esta sensación de inseguridad, de caos...

Hemos llegado, una vez más, al final de una etapa.

A mi edad es fácil ver un patrón de repetición en los hechos históricos.

Y me temo que todo esto no augura nada bueno.

—Cierto, doctor, pero yo tenía la esperanza de que el Gobierno lo hiciera mejor esta vez.