Donde habita tu reflejo 5. La carbonera #2
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5. La carbonera #2

Las paladas nos iban cubriendo y el ruido no conseguía acallar mi desbocado corazón, que se sabía atrapado en un lugar en el que apenas tendríamos oxígeno.

Me alivió darme cuenta de que Miguel estaba dejando un pequeño hueco justo encima de nuestra cara, con el fin de que pudiéramos respirar durante el tiempo que tuviésemos que permanecer ocultas.

Intenté relajarme para no sucumbir al pánico.

No llegué a oír la puerta cerrarse ni, por supuesto, a Miguel volver a poner el candado.

Tampoco lo que ocurrió después. Sumida en la más absoluta oscuridad, intenté no pensar.

Ni en el peligro que nos amenazaba a nosotras si nos descubrían ni en el riesgo que él estaba corriendo para protegernos.

Pero tampoco en la indignación y en la rabia que hacían palpitar mis sienes.

Si nunca había tolerado la injusticia o que alguien fuera maltratado por el motivo que fuese, sin importar su condición, su origen o lo que hubiera hecho, tampoco podía aceptar que unos hombres pretendieran hacernos daño a Victoria Kent y a mí por el hecho de ser mujeres.

Y, sobre todo, por pensar de un modo distinto al suyo.

Que un hombre, o una mujer, si se diese el caso, intentara causar el mal a otra por motivos ideológicos me resultaba inconcebible.

Me había considerado siempre humanista, incluso antes que feminista, y estaba convencida de que las diferencias, por muy profundas que fuesen, podían resolverse por medio del diálogo.

Me faltaba experiencia en el mundo, en un mundo que estaba a punto de ser controlado por la violencia, verbal y física, por la crueldad de unos seres, en teoría humanos, para con sus iguales.

La historia se encargaría de enseñarme una lección que nunca olvidaría, como la mayor parte de españoles que se hallaban a las puertas de una guerra civil, en un país que comenzaba a ser irreconocible.

O peor aún, que se parecía demasiado al que habíamos conocido unos años antes.

Mi querido Miguel bien podría haberse metido en su casa y dejar que pasara la tormenta.

No obstante, movido por la misma ira que me había envalentonado a mí para enfrentarme a aquellos hombres, decidió hacer una maniobra muy arriesgada con el fin de desviar su atención.

Encendió un cigarrillo y salió a la calle.

Apoyó un hombro en el muro, junto al portal, y esperó hasta que llegaron.

Uno de ellos, el que parecía ser el cabecilla, se acercó a él. Llevaba el pelo casi rapado y una cicatriz atravesaba su ceja derecha dividiéndola en dos. Sus ojos, de un marrón oscuro, lo taladraron como si tratara de leer en su interior sin necesidad de oírlo hablar.

Miguel aborrecía la violencia y siempre había intentado mantenerse al margen de cualquier clase de pelea, según me había confesado en alguna ocasión.

Los únicos enfrentamientos de los que disfrutaba eran los dialécticos, de ser posible entablados con gente sensata, no con una horda de animales como aquellos, frente a quienes los razonamientos no servirían de nada.

Y, aun así, había algo en aquel tipo, como en todos los que actuaban como él y defendían la ideología de la Falange Española, que le revolvía el estómago y amenazaba con desbordar el moderado cauce de su temperamento.

—¿Ha visto pasar a dos mujeres?

Miguel se permitió dar una larga calada para ganar tiempo, o quizá tan solo para irritar a aquel hombre.

—¿Se refiere al par de señoras de aspecto respetable, de las que no se meten con nadie, que iban corriendo? Se han marchado por ahí.

Señaló con la cabeza hacia la calle de San Onofre.

Parte del grupo salió a toda prisa, ansiosos por capturar a sus presas.

El líder, en cambio, dio unos pasos y se situó a escasos centímetros de Miguel.

Sus rostros casi se rozaron durante unos segundos que se prolongaron hasta resultar insoportables.

De improviso, aquel hombre apartó la mirada y caminó hacia la puerta, lo cual fue un alivio momentáneo para mi amigo, que ya había empezado a notar que le temblaba el pulso.

Sin embargo, sintió que un río de hielo le recorría la espalda al verlo cruzar el umbral.

Lo siguió mientras examinaba el zaguán y se dirigía hacia la escalera, y también cuando, después de mirar hacia arriba, pasó de largo y dobló el recodo.

La bombilla se encendió y, bajo su luz, el tipo examinó el candado para comprobar si estaba abierto.

—¿Qué hay aquí?

—La carbonera. —Miguel hizo el siguiente movimiento en la partida de ajedrez que había empezado a jugar con el falangista sin medir las consecuencias. Metió la mano en el bolsillo del pantalón—. Cada vecino tiene su propia llave.

Antes de salir a la calle había tenido el tiempo justo de limpiarse.

No obstante, al ponerle al otro en bandeja la llave para dejar claro que no ocultaba nada, se dio cuenta de que aún quedaban restos de carbón en sus uñas.

Giró el puño hacia dentro para intentar que no se vieran.

Los segundos que transcurrieron se le hicieron eternos, hasta que otro de los hombres ataviados con camisa azul se asomó al portal.

—Venga, que las perdemos. Creen haberlas visto a dos calles de aquí.

El falangista pareció indeciso. Entonces, hizo un movimiento extraño que desconcertó a Miguel, quien no se esperaba el puñetazo en plena frente que le hizo caer al suelo.

—Déjalo, vamos a buscar a esas zorras antes de que se escapen —insistió el compañero, tirando de él para asegurarse de que lo seguía.

Tras el brutal ataque que lo había lanzado contra las baldosas y le había roto las gafas, Miguel yacía aturdido con un dolor atroz que le taladraba la cabeza.

Mientras intentaba levantarse, una patada en las costillas volvió a derribarlo.

Se protegió con los brazos, pero aquel animal siguió descargando toda su maldad sobre él.

Al parecer, antes de marcharse pretendía matar al entrometido que le había hecho perder tiempo.

—¡Por Dios! —exclamó la anciana con gesto horrorizado en cuanto atravesó el portal—. ¡Jorge!

Una segunda mujer, más o menos de la misma edad, entró tras ella junto con un hombre de pelo cano y gafas.

La voz profunda de este, que aun rondando los setenta años seguía resultando imponente gracias a su formidable altura y complexión fuerte, consiguió que el falangista al fin levantara la mirada.

—¡Deténgase ahora mismo! ¡Voy a llamar a la policía!

Se acercó con paso firme al agresor, que de un empujón se lo quitó de encima antes de salir corriendo. Los gritos de las mujeres lo persiguieron en vano.

No supe cuánto tiempo había transcurrido.

Me costaba respirar y sentía el cuerpo entumecido, pero no me atrevía a moverme.

Me di cuenta de que tenía los ojos abiertos cuando vi luz en el techo.

Alguien había entrado. Escuché la voz de un hombre y, aunque fui incapaz de entender lo que decía, tuve claro que no se trataba de Miguel.

Unas manos empezaron a escarbar con movimientos rápidos.

Cuando se acercaron tanto a donde nos encontrábamos que casi nos tocaron, no pude contenerme.

Saqué los brazos, haciendo que la capa de carbón que me cubría saliese volando.

A mi lado, Victoria hizo lo mismo. Y nos hallamos frente a quien intentaba desenterrarnos de las entrañas de aquella montaña siniestra.

Fuera quien fuera estábamos dispuestas a defendernos.

—No se preocupen, soy vecino del señor López. Él me envía.

Con alivio, vimos que nos ofrecía una mano para ayudarnos a levantarnos, lo cual no resultó tarea fácil. Yo resbalé y habría ido a parar de nuevo a la fosa si no hubiera sido por Victoria, que me sujetó a tiempo de impedirlo.

—¿Dónde está Miguel?... ¿Se encuentra bien?

—Está herido, pero saldrá adelante. Por cierto, soy el doctor Jorge Fernández Huerta, para servirlas.

Mientras subíamos la escalera hacia el primer piso, supuse que era improbable que aquel anciano nos hubiera reconocido, en el caso de que supiera quiénes eran las dos figuras tenebrosas que lo acompañaban.

Llamó con los nudillos a la puerta de la casa de Miguel. La abrió una mujer cuyo gesto de terror me hizo pensar que estaba a punto de desmayarse. Debía de habernos tomado por una aparición.

—Tranquila, Marisa —le dijo a su cuñada, a quien había dejado al cargo de Miguel—, son amigas del señor López, que estaban escondidas en la carbonera.

Necesitarán lavarse... un poco. ¿Podrías, por favor, pedirle a tu hermana que caliente agua y prepare unas toallas? Enseguida os las mando para allá.

Cuando llegamos al salón, encontramos a Miguel recostado en una butaca. Lo que vi me asustó. Sin embargo, fue su gesto el más alarmado de los dos.

—Por todos los santos, Clara, acabas de robarme un año de vida.

Porque sé que eres tú, que si no... —Después, cuando miró a Victoria, supe que estaba resistiendo las ganas de soltar una carcajada.

Y fue una suerte que se contuviera, porque el mero hecho de hablar debía de estar provocándole un dolor tremendo, a juzgar por su aspecto.

—Por amor de Dios, Miguel, ¿qué te han hecho esos salvajes?

—No te preocupes, que no es para tanto.

—Considerando sus heridas y la contusión en el abdomen, es fácil que tenga alguna costilla rota. Y el golpe en la cabeza deberían vérselo, pero se recuperará. Es un joven fuerte.