5. La carbonera
L A CARBONERA
Aun así, los sucesos que estaban desarrollándose en varias ciudades no lograron paralizar por completo la vida en Madrid, al menos durante los primeros días.
Las asociaciones continuaban con sus actividades y lugares como el Lyceum Club Femenino seguían siendo un punto de encuentro para las mujeres.
El hecho de compartir aquel espacio con compañeras y amigas nos permitía mantener una sensación de normalidad que desaparecía en cuanto el espectro de lo que estaba ocurriendo fuera de allí asomaba a las conversaciones.
Ese día yo había asistido a la charla de una intelectual inglesa que precedió a una interesante tertulia sobre la situación de la mujer en Gran Bretaña.
Entre las presentes se encontraba Victoria Kent, quien presentó a la británica.
Como venía siendo habitual, cuando nos veíamos, lo único que denotaba que habíamos detectado la presencia mutua era un mero asentimiento que servía de saludo, conversación y despedida.
Al concluir la velada abandoné la sede del club, en la Casa de las Siete Chimeneas.
Eran las seis y media de una tarde de verano maravillosa.
El sol lucía, el calor resultaba tolerable y, de no ser por lo que todos sabíamos que estaba aconteciendo a pocos kilómetros, habría sido una ocasión perfecta para dar un paseo.
Sin embargo, Madrid se había convertido en una ciudad fantasma.
Los comercios seguían abiertos, pero apenas se veía a nadie comprando.
Los pocos viandantes que se atrevían a recorrer la ciudad lo hacían a toda prisa, con los ojos oscilando entre el suelo y lo que había alrededor, como si en cualquier instante el peligro que sobrevolaba nuestra mente, alimentada por las nefastas noticias, pudiera tomar una forma concreta delante de nosotros.
Los contornos del mundo que conocíamos se iban difuminando a medida que hechos cada vez más alarmantes se desarrollaban muy cerca de aquella paz engañosa que cubría las calles con un sofocante manto de silencio.
Caminaba por la avenida de Pi y Margall cuando por mi derecha, no muy lejos, vi aproximarse dos camionetas grises a gran velocidad.
Pararon a una escasa treintena de metros y, al abrirse las puertas, salieron unos diez hombres, todos ataviados con camisa azul y pantalones grises.
Se acercaron a un grupo de personas que esperaban el autobús.
Entre ellos había seis mujeres, dos de las cuales no pasarían de los doce o trece años.
Sin mediar palabra, los falangistas empujaron a los hombres y a uno de ellos lo derribaron de un puñetazo.
Yo sabía que era poco probable que aquellos hubiesen dicho o hecho nada para provocar a los tipos vestidos de azul y una chispa de ira comenzó a arder en mi vientre.
Estaba a punto de gritarles para que se detuvieran cuando alguien me agarró del antebrazo.
—Ni se te ocurra.
Nunca habría pensado que Victoria Kent tuviera tanta fuerza. Me hacía daño.
—No podemos guardar silencio ante salvajadas como esta. Me niego a hacerlo.
—No vas a conseguir nada, Clara. Con estos animales te juegas la vida. Ayer mismo vi cómo les daban una paliza a dos hombres a las puertas de una fábrica. A uno de ellos le abrieron la cabeza sin ningún motivo. No creo que haya sobrevivido.
—Pero...
Sentí cómo tiraba de mí y me hacía dar media vuelta. Apenas habíamos caminado una decena de pasos cuando escuchamos una voz a nuestra izquierda.
—Pero mira quiénes son... La Clara y la Yema.
La frase, pronunciada con un sarcasmo que reverberaba también en su mirada, iba cargada de un odio atávico.
Saltaba a la vista que aquel tipo, de unos sesenta años, vestido con un traje impoluto gris oscuro, camisa almidonada, corbata azul y zapatos muy limpios y abrillantados, sentía verdadero placer al dirigirnos esas palabras como si fueran proyectiles.
El bigote se curvaba sobre la cruel sonrisa que surcó su rostro al apropiarse del apelativo aparecido en prensa para mofarse de nosotras y de nuestro enfrentamiento en el Congreso en 1931.
—¿Han visto a estos dos adalides de la libertad? ¿A las campeonas de las mujeres? —Alzó la voz para que lo oyeran bien los miembros de Falange, que, de no ser por él, probablemente no nos habrían reconocido.
—Es hora de salir de aquí —insistió Victoria cuando me detuve para mirar frente a frente a aquel señorito.
—¡Son esas dos putas republicanas! —gritó uno de los hombres y, de inmediato, los demás empezaron a reírse—. La Clara y la Yema... Es verdad. A lo mejor deberíamos enseñarles cómo son unos verdaderos huevos —añadió con un gesto obsceno, tocándose los genitales.
De nuevo noté el tirón en el brazo y esa vez, siento cierta vergüenza al confesarlo, no me resistí.
Habían conseguido asustarme. Y no era para menos.
Aquellos diez desalmados no dejaban de insultarnos mientras se acercaban.
En cuanto cogimos la calle Fuencarral, echamos a correr cada una como pudimos, si bien observé que Victoria no tenía ninguna dificultad, pese a llevar tacones.
Mientras nos alejábamos, aún pudimos oír sus gritos.
Era evidente que nos seguían, aunque, por suerte, la seguridad que tenían en sí mismos nos permitió tomar cierta ventaja.
Se ve que no contaban con que dos mujeres de nuestra edad pudieran ir tan rápido.
Fuencarral nunca se me había hecho tan larga y el temor a que nos alcanzaran avivó nuestro paso.
Podíamos continuar y arriesgarnos a que nos atraparan o intentar darles esquinazo, pero no había ningún sitio en el que esconderse.
Sin hablarlo, decidimos a la vez girar a la derecha por la calle Infanta.
El ruido de las botas de nuestros perseguidores resonaba a poca distancia, espoleándonos para darnos todavía más prisa.
—Dios mío, Clara, nos van a coger.
Nos detuvimos y nos miramos. El gesto de Victoria era de pánico. Nunca la había visto así y supongo que ella a mí tampoco.
De pronto sentí presión en una mano y después un tirón que me desequilibró.
—¡Por aquí, rápido!
No llegamos a plantearnos quién era aquel hombre con una abundante barba que cubría buena parte de su rostro. Y tampoco nos importaba. Ese portal abierto era la única opción que nos quedaba.
En cuanto el portón se cerró tras nosotras, el desconocido nos guio por una oscuridad lechosa, procedente de la luminosidad que entraba por un ojo de buey situado encima del dintel.
El pasillo conducía hacia las escaleras que ascendían a los pisos superiores.
No obstante, pasamos de largo y avanzamos un poco más, hacia un rincón que quedaba oculto entre las sombras, a la derecha.
Noté cómo el miedo, que no me había abandonado, se multiplicaba.
¿Dónde nos habíamos metido? Frente a aquel grupo de fascistas, a plena luz del día, quizá habríamos podido encontrar apoyo.
En cambio, aquí, donde nadie nos había visto entrar, estábamos perdidas. Y todo era culpa mía.
El sonido de un interruptor despejó las dudas. Los ojos, oscuros detrás de unas gafas bastante grandes, me enfocaban con una familiaridad que esta vez no me costó reconocer. Sin decir palabra nos dimos un abrazo ante una sorprendida Victoria Kent.
—Este es mi amigo, el abogado Miguel López Serrano. Quizá os conozcáis.
Miguel y yo habíamos estudiado juntos en la universidad y enseguida nos unió un vínculo muy fuerte.
Poco después, me di cuenta de que se sentía atraído por mí, pero, dado que yo no compartía sus sentimientos, se conformó con seguir siendo mi amigo.
De hecho, se convirtió en el más querido de mis amigos en Madrid, aunque con el paso de los años y el ajetreo de mi vida política habíamos perdido el contacto.
Victoria y él se estaban estrechando la mano cuando oímos gritos procedentes de la calle.
—Vamos, no hay tiempo que perder.
Miguel sacó del bolsillo del pantalón una llave y abrió el candado que mantenía cerrada la puerta situada a su espalda. De inmediato, un olor a humedad y a algo más nos abofeteó la cara.
—Aquí no os buscarán.
Encendió una diminuta luz que apenas alumbraba el interior de la estancia, más grande de lo que se adivinaba desde fuera.
Toneladas de carbón llenaban aquel espacio, que debía equivaler a los metros de todo un piso.
Los otros objetos visibles eran dos palas apoyadas en la pared, una toalla negruzca que colgaba de una percha y un botijo.
Miguel cogió una de las palas y caminó por encima de aquella montaña.
Obedecimos su gesto para que lo siguiéramos sin pararnos realmente a pensar lo que iba a suceder en breve.
Cuando juzgó que estaba lo bastante lejos de la entrada, cavó con rapidez hasta abrir un hueco profundo.
Nos miró y debió de percibir, sin necesidad de que dijéramos nada, el miedo que nos invadía.
No es que fuésemos unas señoritas remilgadas que no hubieran tocado una mota de polvo en la vida, al menos yo, aunque no podía afirmar lo mismo de Victoria.
Sin embargo, no nos quedaba otra elección.
La mugre y la oscuridad que reinaban en ese agujero no eran nada que no pudiéramos soportar, si bien la perspectiva de las cucarachas y otro tipo de bichos que correteaban por el suelo me puso los pelos de punta.
Para mi sorpresa, Kent fue la primera en arrodillarse y acomodarse en el hueco.
Después, me hizo señas para que me tumbara a su lado y empezó a taparse con carbón.
Despertando de mi estupor, hice lo mismo y, a continuación, mi amigo comenzó a enterrarnos en vida, por así decirlo, solo para salvárnosla.