4. Cecily Bishop
C ECILY B ISHOP
Eran más de las siete de la tarde cuando bajó del taxi que la había llevado desde el aeropuerto de Heathrow hasta Victoria Street.
Pagó al conductor y echó un vistazo a la concurrida calle.
Pese a haber estado allí en infinidad de ocasiones, Antoinette Quinche podía percibir con claridad lo mucho que Londres había cambiado durante los últimos años.
Edificios modernos, de mayor altura que el resto, deshilachaban el horizonte y convivían con la arquitectura regia y evocadora de un pasado de esplendor.
Había muchos más coches que antes, entre los que abundaban los taxis como el que acababa de dejar atrás, los conocidos como black cabs , que seguían transitando la ciudad con su familiar estética.
—Gracias por recibirme y acogerme —dijo, mientras estrechaba la mano de Anne Bishop.
—No hay nada que agradecer, al contrario. Soy yo quien debería hacerlo, por la confianza que han demostrado ustedes en mí. Deme la maleta, la llevaré a su dormitorio.
Ambas habían convenido que resultaría más cómodo para Antoinette desplazarse hasta la casa de la periodista para poder hablar con calma sobre el proyecto.
Quinche, que no se había apartado del lado de Clara Campoamor desde hacía bastante tiempo, solo accedió a hacerlo dada la premura por llevar adelante su plan.
Anne preparó dos tazas de té. Después, se sentaron frente a frente en unas butacas separadas por una mesita.
—Imagino que estará cansada del viaje, señorita Quinche.
—Estoy bien, tranquila. Un poco de ajetreo, de tanto en tanto, no viene mal. —Harta de formalismos, sugirió que se tutearan, a lo que la periodista accedió de buen grado—. Supongo que no habrás tenido tiempo de echarle un vistazo a los materiales.
—Ayer, nada más recibir el paquete, lo abrí y solo pude hojear algo del primer tomo —respondió la joven—. Me encantó cómo describe Clara su infancia y juventud. Lo poco que he leído, de momento, es maravilloso. Tiene una voz muy personal.
—Estoy totalmente de acuerdo. Por eso sería una pena que sus textos no llegaran a más lectores.
—¿De verdad le pareció bien tu sugerencia? ¿Estaría cómoda con la idea de que yo, una desconocida, maneje algo tan íntimo? Por no mencionar que no he escrito un libro en mi vida...
—Al principio, parecía un poco reticente. Aún no la conoces, pero cuando lo hagas... —Una sombra atravesó su pensamiento dejando tras ella el miedo de la incertidumbre sobre la salud de Clara. Su expresión no pasó desapercibida para Anne.
—De acuerdo. Entonces, antes de darte una respuesta definitiva, me gustaría confirmar la idea que tenéis. Si no lo he entendido mal, queréis que plasme lo que ella ha escrito tal cual está.
—En parte sí. Sin embargo, cuando lo leas, verás que no todo el material está narrado en primera persona, que es como mejor se leen sus textos.
—Hizo una pausa para organizar sus ideas—.
Clara me pidió ayuda para transcribir y reescribir, bajo su supervisión, lo que había quedado redactado solo en formato de notas.
Pero yo soy abogada, no escritora. Y ella...
La verdad, está pasando una mala temporada.
Se encuentra muy cansada y dudo que sus energías le hubieran permitido orientarme.
Habríamos acabado por enfadarnos... Somos demasiado parecidas.
—Al ver que Anne compartía su sonrisa, continuó—: Tu visita me dio la idea.
Por tu profesión, estás más preparada que yo para escribir el resto de su historia.
No obstante, ese no es el único motivo que me llevó a proponértelo...
Quedé tan conmovida por tu tristeza y tu situación que pensé que no te vendría mal un estímulo, una tarea que te obligara a concentrarte y no pensar tanto en otras cosas.
Algo que te sacara de esa sala de espera en la que parecías estar atrapada...
, si no te importa que te lo diga con franqueza.
Puede que me equivoque, pero tengo la corazonada de que un empujón podría ser lo que necesitas ahora.
Eso no significa que no comprenda cómo te sientes después de la muerte de tu madre, pero es posible que escribir sobre alguien que la conoció y que también habla de ella en su narración te ayude a superar un poco ese bloqueo emocional que te impide seguir con tu vida. ¿Tiene sentido lo que digo?
Anne asintió con aire distraído.
—¿Dices que la historia de Clara habla de mi madre?
Por toda respuesta, Antoinette esbozó una sonrisa.
Se levantó y caminó hasta la mesa grande de la salita.
De los dos tomos que quedaban en el interior de la caja escogió el atado con el cordón amarillo.
Lo desató y extrajo las hojas referentes a la reunión mantenida entre Cecily Bishop y Clara a finales de 1936.
—Creo que sumergirte en este capítulo acabará por convencerte de que aceptes nuestra propuesta.
Anne comenzó la lectura de aquel encuentro que había tenido lugar junto a la catedral de Lausana.
Mientras tanto, Antoinette disfrutó observando sus reacciones.
Supo de inmediato cuándo había entrado Cecily en escena porque la joven alzó una mirada rebosante de emoción.
Al acabar, esta se sonó la nariz y tomó un sorbo de té.
—Me encanta. La verdad es que Clara podría haber sido novelista. No sé si estaré a la altura de lo que esperáis... y menos en castellano.
—Por supuesto que lo estarás. No te preocupes, alguien revisará el texto final para asegurarnos de que se lee sin problemas.
Mi castellano es mucho peor que el tuyo, así que no hay más remedio que buscar un corrector.
En cuanto a la calidad de los artículos que me enviaste, es excelente.
Le leí varios a Clara y coincidió conmigo en que posees un enorme talento.
Tu estilo no es tan diferente de lo que acabas de leer, ya que tratas los asuntos con un toque muy afín a la narrativa.
Además, te has especializado en temas con un profundo arraigo feminista.
Así que, para nosotras, eres la persona idónea para llevar a cabo la tarea.
Agradecida, la joven se planteó si las dos mujeres que se habían cruzado en su camino eran un regalo que mereciera. Sus temores le susurraban, con voz maliciosa, que no. Que en cualquier momento se darían cuenta de que se hallaban ante una impostora, indigna del encargo que le habían encomendado.
Cuando Antoinette abrió los ojos a la mañana siguiente, le costó reconocer el sitio en el que se encontraba. La habitación, pintada en tonos pastel y sin ninguna decoración, solo contenía un armario y un objeto tapado con sábanas.
Salió de la cama y estiró la espalda. Frunció el ceño.
¿Qué había sido de la mujer activa que era?
Siempre le había gustado el deporte y, al vivir en un lugar como Lausana, uno no tenía más remedio que estar en forma para afrontar las empinadas calles que vertebraban la ciudad.
Sin embargo, en los últimos tiempos, quizá debido al estado de Clara, ambas habían renunciado a todo lo que no fueran los agradables paseos junto al lago Lemán.
Bajó las escaleras que conducían a la planta inferior, donde estaban el comedor, la salita, la cocina y un pequeño cuarto de baño.
Anne llevaba todavía el pijama y encima se había puesto una bata de diseños escoceses.
Cuando se levantó para recibirla, Quinche detectó de inmediato el agotamiento en su rostro.
Se saludaron con dos besos en las mejillas. El acto, espontáneo y cargado de una familiaridad inesperada, les trajo una sonrisa a ambas.
—¿Has dormido bien?
—Sí..., al contrario que tú, me temo —respondió Antoinette tras ver a Anne pasarse una mano por la cara, quizá como si así pudiera borrar el cansancio y algo más que no supo identificar. De camino a la cocina la periodista se giró:
—¿Café o té?
—Café, por favor. Solo.
Se sentaron en el mismo lugar que la noche anterior.
—Veo que has madrugado.
—Siempre lo hago. La verdad es que no duermo mucho —confesó Anne.
—Es importante hacerlo, o eso dice todo el mundo, aunque yo tampoco cumplo la recomendación de ocho horas. Se ve que cinco o seis ya me bastan para funcionar. Pero tú eres aún joven. Necesitas recuperar las fuerzas. Además, dicen que el ánimo está muy relacionado con el descanso.
Nada más decirlo, pensó, una vez más, que probablemente se había excedido con alguien que todavía era poco más que una extraña. Sin embargo, había algo en la británica que la hacía preocuparse y comprendió que le estaba tomando cariño.
—Ojalá yo durmiera cinco horas al menos. —La oyó decir mientras servía el café.
—¿Has hablado con algún médico?
—No hace falta, sé lo que me pasa.
Antoinette no esperaba oír lo que dijo a continuación:
—Perdí a mi bebé hace unos meses.
—Dios, cuánto lo siento, querida.
Le vino a la mente el objeto envuelto en sábanas del dormitorio, cuya forma podría encajar con la de una cuna. Debía de haber pasado la noche en la habitación preparada para un bebé que nunca llegó.
Al ver que se levantaba y se acercaba a ella, Anne se puso en pie también. El abrazo se prolongó mientras la señorita Quinche le daba palmaditas en la espalda, convencida de que la periodista lloraba. No obstante, cuando se miraron, sus ojos estaban secos.
—Todo se fue al traste. James, mi pareja, se marchó a las pocas semanas. Se ve que me había vuelto insoportable.
—Dudo que puedas llegar a serlo. Además, no te encontrabas en unas circunstancias normales. James... ¿te quería?
—Eso pensaba yo... Bueno, te mentiría si dijera que no. Llevábamos juntos dos años cuando me quedé embarazada y hasta ese momento las cosas nos iban muy bien. Habíamos hecho muchos planes de futuro. Y entonces sucedió lo de mi madre.
—Es normal que aquello te rompiera el corazón, ¿cómo iba a ser de otra manera?
—Ya, pero siempre tendré la duda de si la forma en la que me afectó fue lo que provocó el aborto.
—¿De cuántos meses estabas?
—De seis.
—Por el amor de Dios, tan próximo a la muerte de tu madre.
Lo que has pasado es terrible. No puedo ni imaginarlo porque no he tenido hijos, aunque sé que algo así habría hundido a cualquiera.
Aun así, tú sigues en pie. Y saldrás adelante, seguro.
En cuanto a ese hombre, no dudo que la pérdida del bebé también le afectara, pero eso no es excusa para dejarte sola.
—Bueno, aquello ya no tiene remedio. —Suspiró—. Ahora, creo que el libro sobre Clara es justo lo que necesito. De hecho, ya he releído lo que me diste anoche y estoy convencida de que puedo hacerlo.
—Me alegra mucho oír eso.
—¿Tienes algún consejo más sobre dónde debo continuar la lectura?
—Lo mejor será que sigas donde te habías quedado antes de mi llegada. Si te parece bien, voy a darme una ducha mientras tanto.