3. El debate #2
Acababan de desaparecer todos los sonidos del mundo, engullidos por un silencio voraz, pese al alboroto que aquellas palabras causaron.
Asistí anonadada al resto de su intervención sin dar crédito a lo que estaba escuchando.
Pero ¿cómo era posible que ella, precisamente ella, le acabara de asestar tal puñalada a un proyecto que muchísimas mujeres no solo apoyábamos, sino que ansiábamos con impaciencia desde hacía décadas?
¿Por qué no me había demostrado la confianza de decírmelo antes, en privado, para que hubiese intentado sacarla de su error?
Sus palabras me parecían una traición a todo aquello por lo que luchábamos quienes nos reuníamos en asociaciones, tertulias y foros con un objetivo común: poder votar como el resto de los ciudadanos.
Ni más ni menos. Al parecer, nuestra causa había tenido todo el tiempo un caballo de Troya en su interior y yo no había sido capaz de verlo.
Me costó mucho atravesar la cortina de pensamientos desatados por su traición para concentrarme en sus siguientes palabras:
—... no, señores diputados, no es cuestión de capacidad; es cuestión de oportunidad para la República.
Por esto pido el aplazamiento del voto femenino o su condicionalidad; pero si condicionamos el voto de la mujer, quizás pudiéramos cometer alguna injusticia.
Si aplazamos el voto femenino no se comete injusticia alguna, a mi juicio.
Entiendo que la mujer, para encariñarse con un ideal, necesita algún tiempo de convivencia con el mismo.
La mujer no se lanza a las cuestiones que no ve claras y por esto entiendo que son necesarios algunos años de convivencia con la República; que vean las mujeres que la República ha traído a España lo que no trajo la monarquía...
Me resultó muy difícil mantener la compostura mientras ella hilaba un discurso claramente bien argumentado y preparado.
Rodeada de hombres que pensaban como yo y de otros que consideraban la presencia de la señorita Kent y la mía como un mero formalismo, ideado para acallar las bocas que criticaban la ausencia de las mujeres en la vida política, nunca, desde que empezara a ejercer mi cargo de diputada, me había sentido tan sola.
—Hoy, señores diputados, es peligroso conceder el voto a la mujer. Yo no puedo sentarme sin que queden claros mi pensamiento y mi sentimiento, y sin salvar absolutamente para lo sucesivo mi conciencia. He ahí lo que quería exponer a la Cámara.
En cuanto calló, pedí la palabra. Subí al estrado y tomé aire. Mis ojos recorrieron la sala y se detuvieron en los rostros que me contemplaban. No me sorprendió ver que me daban por derrotada.
—Señores diputados, lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, la señorita Kent. Comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar, como ha negado, la capacidad inicial de la mujer.
Nuestras miradas se cruzaron y supe que, a partir de ese día, no existiría contexto alguno en el que pudiéramos ser amigas.
No es posible entablar una relación de amistad con alguien en quien no confías.
Además, yo no conocía a la diputada Kent, por mucho que mi ingenuidad me hubiera hecho pensar que nuestra condición de mujeres nos convertía de manera automática en aliadas.
—¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad?
Y ¿por qué no los hombres? —proseguí, intentando revertir el daño que sus palabras habían causado y esquivando comentarios despectivos provenientes de diversos puntos del hemiciclo—: Señores diputados, los que votasteis por la República, si afirmáis que la mujer no influye para nada en la vida política del hombre, estáis afirmando su personalidad.
¿Y es en nombre de esa personalidad, que con vuestra repulsa reconocéis y declaráis, por lo que cerráis las puertas a la mujer en materia electoral?
¿Es que tenéis derecho a hacer eso? No; tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural, el derecho fundamental, que se basa en el respeto a todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder.
Dejad que la mujer se manifieste y veréis como no podéis seguir detentando ese poder.
Aquel día libré la batalla dialéctica más dura de mi vida, por muchas cosas que me hayan sucedido después. Tras varios minutos, concluí, no sin antes volver a posar mis ojos en la señorita Kent:
—No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer, que representa una fuerza nueva, una fuerza joven; que ha sido simpatía y apoyo para los hombres que estaban en las cárceles; que ha sufrido en muchos casos como vosotros mismos, y que está anhelante, aplicándose a sí misma la frase de Humboldt que decía que la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es caminar dentro de ella.
Al regresar a mi asiento me noté mareada.
Mi pulso acelerado delataba la intensidad de mi apasionado discurso.
La necesidad de concentrarme para hallar los argumentos que pudieran convencer a muchos de aquellos hombres, pero sobre todo a Victoria, las constantes interrupciones, y los comentarios maleducados y beligerantes me habían obligado a alzar la voz y repetir frases enteras para que no se diluyeran en aquel aire enrarecido.
Varios diputados expresaron su opinión a continuación, algunos alabando mis palabras, si bien me costaba prestarles atención.
Cuando comenzaron las votaciones supe que había fracasado.
Después de todos los esfuerzos, de las ilusiones alentadas por apoyos que acabaron echándose atrás y con el bofetón que había supuesto la negativa de otra diputada a apoyar la aprobación del artículo, tal como pretendíamos que fuera plasmado en la Constitución, ya no me quedaba ninguna esperanza.
Sin embargo, me equivoqué.
Contra todo pronóstico, la igualdad del derecho al sufragio quedó aprobada con 121 votos en contra y 161 a favor. Había ganado, pero también había perdido, aunque en ese momento no sabía qué forma tomaría esa derrota.
Cuando abandoné el hemiciclo, entre felicitaciones por un lado y comentarios que pretendían ofenderme por otro, pasé muy cerca de Victoria. La miré, pensando que no me dirigiría la palabra, pero me sorprendió lanzándome una sola frase:
—No sabes lo que has hecho.
Desde luego que lo sabía. Y por mucho que fuera a lamentar en el futuro haber dicho y hecho determinadas cosas, nunca me he arrepentido de lo que logramos ese día.
En cuanto puse un pie en la calle, tuve la certeza de que todo había cambiado y me invadió una sensación de vértigo.
El estruendo de voces, la multitud de rostros que se aproximaban al mío, los vítores, los gestos obscenos, las increpaciones...
Todo se difuminó durante unos instantes interminables en los que temí caer al suelo.
La cabeza me daba vueltas y el ruido me envolvió hasta que los sonidos fueron indiscernibles.
Lo único que podía identificar con claridad era el latido de un corazón en mis oídos.
Los apretujones de la multitud me trajeron de vuelta a la realidad.
Me abrí paso como si, en vez de cuerpos, se cerniese sobre mí una vegetación afilada y maliciosa que pretendiera rasgarme la piel y arrancarme los ojos.
El pánico me impulsó a salir de allí y, mientras lo hacía, empezaba a intuir cómo serían las cosas en adelante.
El futuro, desfigurado por los malos presagios, había comenzado a avanzar hacia mí y a desvelar lo que su manto ocultaba, arruinando con su inoportuna irrupción la dicha del triunfo.
Tras unos minutos de angustia y ya con la muchedumbre a mi espalda, distinguí una cara familiar que venía hacia mí sonriente y conmovida.
—Lo has conseguido, cariño. —El abrazo de mi madre me alejó del caos y me ofreció el cobijo que ansiaba—. Ojalá mi querido Manolo hubiera vivido para ver esto. Estaría casi tan orgulloso de ti como yo.
Me refugié en su pecho y me deshice en lágrimas.
Unas lágrimas que llevaban años esperando caer por la ausencia de un padre que se había marchado demasiado pronto, sin presenciar la anhelada llegada de la gran dama que, según prometió, nos traería mejores regalos que cualquier rey.
Y, por muy feliz que me hiciera haber contribuido a que nuestro país se aproximara un poco más a lo que Manuel Campoamor soñaba, el regusto amargo de su pérdida ensombreció aquel día histórico.
La melodía llegó a mis oídos como un soplo de aire fresco.
Me giré y vi a decenas de mujeres que caminaban agarradas del brazo.
Unas reían, otras cantaban y otras más ondeaban una bandera roja, amarilla y morada.
Y entonces supe que todo, lo sucedido y lo que tuviera que suceder, había merecido la pena.
Antoinette apartó del papel la mirada, brillante de emoción. Sus dudas se habían disipado. Debía hablar con Clara cuanto antes.