Donde habita tu reflejo 3. El debate
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3. El debate

E L DEBATE

Esa noche, Antoinette se despertó a causa de los gemidos de Clara, cuyo rostro, sudoroso y azotado por el dolor una vez más, brillaba bajo la luz que entraba por la ventana.

Le puso una mano en la frente. No parecía tener fiebre.

Los sueños debían de estar conduciéndola de nuevo por caminos tenebrosos.

Fruncía el ceño mientras susurraba palabras ininteligibles. De pronto, empezó a gimotear.

—No te vayas, por favor... —Alargó los brazos como si intentara alcanzar algo—. ¡Mamá, dile que vuelva!

Su propio grito la sacó de las profundidades en las que se debatía, aunque no llegó a despertarse. Después llegó la calma. Antoinette vio las lágrimas deslizarse desde sus párpados cerrados. La pesadilla había pasado. Cuando la notó más tranquila, dejó que siguiera descansando.

Ya en la salita y sentada frente a una taza de café, contempló el montón de folios.

La idea que había germinado en su mente el día anterior, durante la visita de Anne Bishop, seguía aguijoneándola.

¿Aceptaría Clara su propuesta? Antes de hablarlo con ella debía seguir leyendo un poco más, saber qué hechos de su vida había elegido poner por escrito.

Esta vez decidió empezar por el fajo atado con el cordón rojo, que, según las fechas, era el primero.

Por un lado, sentía curiosidad por adentrarse en las palabras de Clara, tan distintas en este caso de las que vertía en sus ensayos y discursos.

Por otro, anhelaba descubrir cómo había descrito acontecimientos que ya conocía, pero que vería plasmados desde una perspectiva narrativa peculiar, puesto que Clara misma se había convertido en un personaje dentro de su propia historia.

La cuidada letra, con su marcada inclinación, y el tacto del papel la atraían como si destilaran un perfume poderoso, irresistible. Desató el cordel y comenzó a leer la primera página.

Mi relato se inicia con un secreto. Les hablaré de una muerta y una viva.

Y también del dolor de la pérdida y la imposibilidad de decir adiós del todo, así como de las decisiones, incomprensibles a veces, que tomamos para poder seguir adelante.

Pero déjenme que les revele ese primer secreto, el cual los preparará para otros muchos que me han acompañado a lo largo del apasionante viaje que es la vida.

Ustedes hoy en día me conocen como Clara, si bien ese no fue siempre mi nombre.

Al nacer, me bautizaron como Carmen Eulalia.

Sin embargo, el destino quiso que, tras un hecho trágico como fue el fallecimiento de mi hermana mayor cuando solo contaba tres años, mis padres decidieran referirse a mí con su nombre: Clara.

Extraña elección, sí. De alguna manera, siempre he sentido que en mi interior coexistían dos personas, palpitaban dos corazones: el mío y el de mi hermana muerta.

Quizá de ahí provenga mi tendencia a pensarlo todo muy bien, como si dos cerebros estuvieran analizando la situación, o a incurrir en contradicciones que solo serían comprensibles desde puntos de vista opuestos.

O puede que nada de esto sea cierto y simplemente les esté contando una anécdota que bien encajaría en una historia de misterio.

Con una sonrisa, Antoinette recordó a Clara narrándole esa misma anécdota, que le gustaba rememorar con sus amigos y con la que, tal vez, buscaba explicarse a sí misma, entender el porqué de muchas de sus complejas decisiones a lo largo de su vida. Después, continuó leyendo.

Mi padre, Manuel Campoamor Martínez, un hombre de ideología profundamente republicana, fue quien me inoculó el delicioso veneno de la política y me enseñó a luchar por lo que me pareciera justo.

No, no se preocupen, que no voy a contarles toda mi biografía, pero hay ciertos datos que son importantes para que comprendan de dónde proceden mis ideales y por qué años después actué como lo hice.

Mientras a los demás niños y niñas sus padres les hablaban de los Reyes Magos, el mío nos decía tanto a mí como a mis hermanos que los juguetes nos los traería la República, alguien mil veces mejor que aquellos reyes. Y eso es algo que me marcó para siempre.

Solía acompañarlo al periódico en el que trabajaba, incluso cuando era una mocosa que apenas llegaba a la altura de una mesa. Mi infancia, humilde pero feliz, se vio truncada por su muerte cuando yo solo tenía diez años.

Antoinette creyó comprender de pronto a quién se referían las frases que Clara repetía durante algunas de sus pesadillas recurrentes. Al parecer, el trauma causado por la pérdida de su padre seguía alojado en su inconsciente, de donde resurgía de tanto en tanto para martirizarla.

Siguió hojeando los folios y se detuvo cuando llegó a uno cuyo título no dejaba lugar a dudas sobre el contenido: «El debate».

Antoinette conocía de sobra lo ocurrido aquel 1 de octubre de 1931.

No solo había hablado de ello con Clara, sino que había leído en prensa y en artículos lo que significó para las mujeres españolas.

Ante sí tenía ahora la crónica personal y subjetiva de Campoamor.

Y, sintiendo cómo se le aceleraba el corazón, comenzó a leer.

Aquella jornada se preveía complicada en el Congreso de los Diputados, habida cuenta de cómo transcurrió el día anterior, que se había prolongado hasta casi las diez de la noche.

Tras la euforia por la proclamación de la Segunda República el 14 de abril, quedaba por delante mucho trabajo que hacer en la nueva España, que intentaba (al menos una parte de la sociedad) dejar atrás décadas de dictadura, caciquismo y una monarquía caduca.

Con la apertura de las Cortes en julio, se inició la tarea de elaborar la Constitución, lo cual no iba a resultar fácil para la Comisión Redactora, formada por veintiún diputados entre los que yo era la única mujer.

Si, para mí aquel momento histórico representaba la oportunidad de construir un nuevo marco democrático, de modificar artículos que infringían de modo flagrante la igualdad de parte de la ciudadanía, no debió de serlo menos para la señorita Victoria Kent, la abogada malagueña que también había obtenido su acta de diputada en las elecciones generales de junio.

Las dos éramos la prueba más evidente de la estúpida contradicción en la que había incurrido el sistema al permitir que las mujeres pudiesen ser votadas, pero no ejercer el derecho a votar.

Nuestras vidas parecían correr parejas en muchos sentidos, a pesar de lo distinto de nuestros comienzos.

Durante años nos habíamos cruzado en varias ocasiones.

Coincidimos en el Ateneo, en los plenos de la Juventud Universitaria Femenina y después en la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, aunque nunca intercambiamos más que un saludo o unas pocas palabras de cortesía.

Si no recuerdo mal, la primera vez que mantuvimos una breve conversación fue en el Lyceum Club, un lugar donde debatíamos, asistíamos a charlas e incluso firmábamos manifiestos de marcado carácter feminista cuyo objetivo era la mejora de nuestros derechos civiles.

Por si esas coincidencias fueran pocas, las dos habíamos cursado la carrera de Derecho y acabado el mismo año.

Y, aunque después estuvimos un tiempo sin vernos, el destino nos tenía reservado un reencuentro por todo lo alto como las primeras diputadas de la historia en España.

Ella tenía treinta y nueve años; yo, cuatro más.

No está mal para unas señoras hechas y derechas en unos tiempos como aquellos, ¿no creen?

Ahora, por fin, ambas podíamos permitirnos soñar con ser parte del motor que transformaría el país y lo conduciría hacia el progreso que ya se atisbaba en otros lugares de Europa.

La utopía estaba a punto de conquistar el terreno de la realidad y nosotras, aun militando en diferentes partidos, íbamos a aportar nuestro granito de arena.

Aunque las dos éramos tercas y defendíamos contra viento y marea nuestra postura, sabíamos perfectamente qué estaba en juego: la libertad de miles de mujeres para ejercer un derecho fundamental que les había sido negado durante demasiado tiempo.

Victoria y yo nos cruzamos en uno de los pasillos del Congreso y nos saludamos con un movimiento de cabeza.

Ella iba a reunirse con sus compañeros del Partido Radical Socialista y a mí me esperaban los miembros del Partido Republicano Radical, con quienes había concurrido a las elecciones.

La mayoría de las enmiendas que se aplicarían en el anteproyecto de Constitución ya se habían acordado y quedaban por zanjarse dos temas no menores: la reducción de la edad electoral y el voto femenino.

Tras rechazarse la propuesta sobre el primer tema, se pasó al segundo.

Yo empezaba a acusar el cansancio. El debate se había intensificado y las descalificaciones por parte de miembros de algunos partidos resultaban indignantes para alguien como yo, que cree en el respeto, en el uso preciso y cuidado de la palabra.

Mientras tanto, Victoria Kent no había intervenido apenas, hasta que solicitó turno para pronunciarse.

—Señores diputados 1 , pido en este momento a la Cámara atención respetuosa para el problema que aquí se debate, porque estimo que no es problema nimio, ni problema que debamos pasar a la ligera.

Se discute aquí el voto femenino y es significativo que una mujer como yo, que no hago más que rendir un culto fervoroso al trabajo, se levante en la tarde de hoy a decir a la Cámara, sencillamente, que creo que el voto femenino debe aplazarse.

Que creo que no es el momento de otorgar el voto a la mujer española.

Y lo dice una mujer que, en el momento crítico de decirlo, renuncia a un ideal.