Donde habita tu reflejo 2. Una visita inesperada #2
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2. Una visita inesperada #2

—Uf, esa es una pregunta difícil de responder, Clara. Verá... Cuando se marchó, mi mundo se vino abajo. Me dolía todo... su ausencia, las muchas cosas que me habría gustado decirle o hacer con ella. Sin embargo, pasamos los últimos años distanciadas.

—¿Por qué? Si no le molesta mi atrevimiento.

La joven sopesó su respuesta. Aquellas dos mujeres eran unas extrañas, si bien había algo en ellas que le inspiraba confianza.

—Nunca estaba cuando la necesitaba. Tuve una adolescencia muy complicada por ese mismo motivo. Para mi madre lo más importante era el trabajo y no se molestaba en disimularlo.

—¿Y su padre? —no pudo evitar preguntar Quinche.

—No lo conocí. Era compañero suyo en los servicios secretos y falleció en acto de servicio antes de nacer yo.

—Las malditas guerras... —musitó Campoamor—. Solo sirven para eso; para engendrar viudas y huérfanos.

La aseveración dejó tras de sí una estela de silencio que se prolongó hasta que Anne decidió romperlo.

—¿Usted llegó a conocerla bien?

—Pues no sé qué decirle. Nos vimos muy pocas veces...

No serían más de cinco, si no recuerdo mal.

Y era muy reservada. Un buen ejemplo es que jamás me comentó que tuviera una hija, aunque no es de extrañar.

Mantuvimos una relación profesional y las circunstancias nunca dieron pie a las confidencias.

Lo que ocurría en ese momento, el presente urgente e inmediato, acaparaba toda nuestra atención y ella tampoco podía permitirse revelar más de lo estrictamente necesario.

Pero sí, se tomaba su trabajo muy en serio, incluso tras recibir aquella herida.

—Entonces le ofrecieron la posibilidad de dejarlo y pasar a hacer tareas administrativas. Por supuesto, se negó.

—Lo sé. Y creo que Cecily lo hizo porque consideraba su obligación continuar. Sus misiones eran de vital importancia y estaba dispuesta a arriesgar su vida sin dudarlo.

Al detectar algo en el rostro de la joven que pasó desapercibido para Clara, Antoinette habló:

—Estoy segura de que la quería muchísimo, Anne, aunque no compartiera tanto tiempo con usted como habría sido deseable para ambas.

Las mujeres estamos siempre divididas entre lo que otros quieren que hagamos y lo que nosotras deseamos hacer.

Y una vez conseguimos labrarnos el futuro con el que soñábamos desde niñas, después de lograr abrir puertas que algunos se esfuerzan por mantener cerradas, nos resulta muy doloroso permitir que vuelvan a cerrarse.

La tarea que la señorita Bishop llevó a cabo, sus principios y su lucha por un mundo mejor, aunque no la compensen a usted por no haberle dedicado el tiempo que merecía, quizá sí hagan que todo sea un poco más llevadero, ¿no?

—Mirándolo así, tal vez. Gracias, Antoinette.

—¿A qué se dedica, Anne?

—Soy periodista.

La respuesta hizo sonreír a Clara, que asintió complacida.

—Eso suena muy interesante.

—Bueno... —Se giró para contestar a Antoinette—. Lo cierto es que ahora mismo no estoy trabajando. Cuando mi madre falleció, cogí una baja y después un permiso que está durando algo más de lo que esperaba.

—Lo lamento mucho —dijo Campoamor—. ¿Tuvo tiempo de despedirse de ella?

—No. Cuando llegué al hospital, ya no estaba consciente.

Tragó saliva para alejar la súbita emoción, que dolía en la garganta. Pese a no ser capaz de verle el rostro, Clara detectó su congoja.

—A mí me ocurrió lo mismo. Y cuando eso sucede, queda una sensación...

Es como si se hubiera desmoronado el único puente que te permitía llegar hasta esa persona a la que tanto querías, impidiéndote decirle adiós.

Pero se aprende a vivir con ello, Anne, créame.

Al final, lo que recordamos son los momentos que compartimos con los que amamos, a pesar de los enfados, los malentendidos y la distancia.

Afortunadamente, poseemos la capacidad de borrar lo malo, mientras que todo lo bueno, lo importante, permanece a buen recaudo en la memoria del corazón.

Por ese mismo motivo, incluso si llegamos a olvidar quiénes somos, ellos, nuestros seres queridos, siguen formando parte de nosotros.

No sé si le servirá de algo lo que dice esta anciana tontorrona y sentimental en la que me he convertido.

—Sí que me sirve, Clara.

Por un instante, ayudada por los dedos ágiles del recuerdo, Campoamor casi pudo vislumbrar entre las tinieblas la sonrisa de Cecily, dibujada en el rostro de su hija.

—Se repondrá, Anne, dese tiempo.

—Seguro que sí, aunque es muy duro ver sus cosas allí. Leer lo que dejó escrito.

—¿Cecily escribía? —inquirió Antoinette sorprendida.

—Sí. Verán... Solo después de muchos meses y de varias visitas a un psicólogo, fui capaz de entrar donde guardaba sus cosas. Allí había decenas de cajas llenas de cuadernos y archivos. Eso es lo que ha motivado mi visita.

Antes de hablar, Clara se giró hacia Antoinette y esta supo que buscaba su mirada.

—¿Ha encontrado algo sobre mí?

—Eso es... Sobre usted y sobre muchas otras personas. Al parecer, mi madre ponía por escrito todo lo que hacía y pensaba, comentarios sobre aquellos a quienes entrevistaba y los agentes a los que reclutaba, además de reflexiones más íntimas. Todavía me quedan muchas cajas por abrir.

—¿Esos documentos no deberían estar en manos de los servicios secretos? —repuso Antoinette—. Imagino que habrá material muy delicado.

—No son documentos oficiales. Se trata más bien de un registro sistemático y muy detallado de sus experiencias a lo largo de los años.

Casi como un diario. Son impresiones privadas de las actividades en las que se vio inmersa por su trabajo y, en algunas ocasiones, fuera de él.

Por eso —se dirigió a Clara— supe de su existencia.

Me avergüenza decirlo, pero hasta que no vi su nombre en esos papeles, no sabía nada de usted.

Y me parece una injusticia terrible que no sea más conocida, teniendo en cuenta todo lo que ha hecho.

—Le agradezco sus palabras, Anne. Pero su madre merece más esa alabanza que yo. Ella era una de las mujeres más valientes que he conocido.

Parecía ir a decir algo más, si bien el agotamiento le había ido arrebatando las fuerzas durante los últimos minutos. Se recostó en la cama, sintiendo cómo el sueño comenzaba a tejer un velo que cubriría su mente en breve. Al darse cuenta, la joven comprendió que la visita había tocado a su fin.

—Me hace muy feliz haberlas conocido —afirmó poniéndose en pie.

Antes de salir, miró por última vez a Campoamor, convencida de que nunca más volverían a verse. Antoinette, que parecía un tanto distraída, la acompañó a la puerta.

—Anne, me preguntaba si sería posible que me diera un número de teléfono en el que pueda localizarla.

—Por supuesto. —Reaccionó con gesto nervioso ante la inesperada propuesta—. Espere, que se lo anoto.

Sacó una libreta en la que escribió sus datos. Después, arrancó la hoja y se la entregó a la suiza.

—Muchas gracias. Si le parece bien, puede que la llame pronto.