Donde habita tu reflejo 2. Una visita inesperada
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2. Una visita inesperada

U NA VISITA INESPERADA

Durante los siguientes días Clara se dedicó a dictarle instrucciones a Antoinette, quien leía en voz alta las anotaciones de la española.

Allí había ideas sobre artículos que tenía la intención de escribir; comentarios sobre alguna persona que le hubiera causado una profunda impresión, como Paulina Luisi, la doctora uruguaya que la inspiró para volver a estudiar e ir a la universidad, cambiando así su vida por completo; reflexiones sobre la política española y la situación en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, e informes acerca de sus actividades durante los años pasados en Argentina.

Había tanto trabajo por delante que Antoinette sintió vértigo.

—No te agobies, lo conseguiremos —dijo Clara como si pudiera ver su expresión.

Tantos años juntas les habían servido de entrenamiento para intuir lo que la otra estaba pensando sin necesidad de que hablara o de leerlo en su cara. Los silencios, los suspiros y el repiqueteo de los dedos sobre una superficie proporcionaban tanta información como otros indicios más obvios.

—De lo que no estoy tan segura es de poder hacer lo que esperas de mí: convertir estos textos en narración.

—Sé que lo que te estoy pidiendo es mucho y yo misma lo haría si pudiera. Pero no quiero que se queden en un cajón. Sobre todo, los que cuentan lo que ocurrió allí...

No hacía falta terminar la frase. Antoinette sabía perfectamente a qué se refería. Nunca olvidaría aquellos años terribles que pasaron separadas sin saber si volverían a verse. Al reparar, de pronto, en el aspecto exhausto de Clara, dejó de rememorar el pasado y la acompañó al dormitorio.

Acababa de ayudarla a tumbarse en la cama cuando sonó el timbre.

—¿Esperamos a alguien? —preguntó Campoamor con gesto de dolor.

Aunque intentó disimularlo, Antoinette no solo lo había visto, sino que había percibido su respiración, más entrecortada de lo habitual mientras subían la escalera. Se limitó a encogerse de hombros en silencio.

—Antoinette... —Clara le sujetó con suavidad la barbilla para que la mirara—. No te enfades conmigo, por favor.

—Pero es que te empeñas en ignorar algo que podría ser grave y... —Las lágrimas se interpusieron entre ella y sus palabras.

—Shhh... No pasará nada. ¿De acuerdo? Esto no es más que agotamiento porque las pesadillas no me dejan descansar.

Pero cuando hayamos terminado de hacerlo todo, te prometo que iré al médico para que te quedes tranquila.

Y entonces nos marcharemos de viaje, ¿qué te parece?

A Londres o a París... Hace tanto que no viajamos juntas.

La suiza no pudo evitar devolverle la sonrisa pese al llanto, que deformaba la imagen de Clara. Asintió y se sonó la nariz.

El timbre volvió a sonar.

—Sylvie no debe de haber vuelto aún de comprar las medicinas. Voy a ver quién es.

Una mujer morena, con una melena a la altura de los hombros, ojos de un color indefinido entre el azul y el gris, vestida con pantalón de campana beis y un chaquetón marrón de lana, esperaba en la calle.

La confusión primero y luego el asombro acudieron al rostro de Antoinette mientras la contemplaba boquiabierta.

Imposible. No podía tener ese aspecto, habida cuenta del tiempo transcurrido.

La persona que la miraba con expresión dulce rondaría los treinta años y no los más de sesenta que, por lógica, debería haber cumplido.

Una sensación de mareo, que apenas duró unos segundos, la invadió impidiéndole decir palabra.

—¿Se encuentra bien? —preguntó en inglés la desconocida al detectar su palidez y su desconcierto—. Disculpe que no me haya comunicado con ustedes antes de presentarme aquí.

Extendió una mano hacia Antoinette, que la estrechó sin apartar la mirada de ella.

—Me llamo Anne Bishop —dijo—. Imagino que usted será la señorita Quinche. Es un verdadero honor conocerla.

—Y usted es...

—La hija de Cecily Bishop, sí —completó la frase por ella.

—Por supuesto, discúlpeme. Se parecen tantísimo que ha sido como si la estuviese viendo a ella. Pero pase, por favor —consiguió decir, ahora que todo acababa de cobrar sentido.

La guio hacia la salita, donde tomaron asiento.

—Supongo que ha venido a ver a Clara.

—Sí, aunque también quería conocerla a usted.

No todos los días tiene una la oportunidad de hablar con la abogada más reputada de Suiza.

De no ser por su coraje y el de la señorita Campoamor muchas mujeres en el mundo no podrían votar.

No quiero ni pensarlo —concluyó con una mueca de desagrado fingido que hizo sonreír a Antoinette.

Definitivamente, había heredado el atractivo de su madre, aunque de momento le caía mejor.

—Cecily y yo coincidimos en un par de ocasiones.

En París, en un congreso en el que alguien, no recuerdo quién, nos presentó.

Y cuando apenas habíamos intercambiado unas pocas palabras, yo le presenté a Clara.

La última vez que la vi fue hace más de veinte años.

Si no me equivoco... sería en el cuarenta y tres.

—Lo sé —afirmó con una seguridad que la dejó un tanto perpleja.

—Me temo que la señorita Campoamor no se encuentra muy bien hoy.

—Siento mucho oír eso. Pero ¿cree que podría dedicarme cinco minutos? He volado desde Londres solo para verla y me gustaría tanto saludarla...

Antoinette dudó. Si ella misma había experimentado una tremenda impresión al reconocer en el rostro de aquella joven el de la mujer que, años atrás, había cambiado el destino de Clara y el suyo, ¿cómo reaccionaría esta ante la inesperada visita?

Su salud ya era lo bastante delicada como para correr riesgos.

Sin embargo, algo en la expresión agradable y franca de Anne, iluminada por las expectativas, la llevó a decir:

—No le prometo nada. Según se encuentre, tal vez haya que posponerlo. Y tendré que prepararla, no creo que le venga bien alterarse.

—Por supuesto. Gracias.

Subió al dormitorio y llamó con los nudillos. Al no recibir respuesta, entró con sigilo. Clara estaba tumbada de lado y tenía los ojos cerrados. Sus manos, apoyadas en el vientre, ejercían presión. De pronto, la miró.

—¿Quién era?

—¿No duermes?

Negó con la cabeza. De inmediato, Clara percibió que había algo que Antoinette no estaba contándole.

—Dime.

—Tienes una visita. Se llama Anne... Bishop.

Esperó angustiada su reacción mientras asimilaba el mensaje. Apenas unos segundos después, la estupefacción cruzó el rostro de Clara.

—¿Es...? —Antoinette asintió—. Que suba.

—¿Estás segura?

—Sí.

Incorporada en la cama con dos almohadas, Campoamor se atusó el cabello y se colocó bien la bata de seda que Antoinette la había ayudado a ponerse antes de regresar a la planta baja. Al cabo de unos minutos, llamaron a la puerta del dormitorio.

Lo que Anne Bishop encontró al entrar la conmovió.

Solo había visto dos fotografías de Clara Campoamor: una de perfil, tomada en el Congreso de los Diputados de España en la década de los treinta mientras hablaba desde la tribuna, y otra en la que miraba de frente a la cámara, aparecida en prensa varios años después.

La mujer postrada en el lecho que tenía delante era una anciana y poco quedaba del vigor que desprendían aquellas imágenes.

Sin embargo, su mirada seguía destilando una energía electrizante.

—Pase, Anne..., ¿verdad?

—Eso es, señorita Campoamor. Es un placer conocerla.

Para su sorpresa, la joven le había contestado en un castellano perfecto.

—Veo que ha heredado la habilidad de su madre para las lenguas.

—Es que me metió en un colegio donde enseñaban español y, desde entonces, he intentado seguir estudiándolo y practicándolo todo lo posible. Aunque lo tengo un poco oxidado.

—Nada de eso. Lo habla estupendamente... Pero llámeme Clara, por favor, y siéntese aquí —dijo posando una mano en la silla que había junto a la cama.

Nada más tomar asiento, Anne se dio cuenta de que algo les sucedía a los ojos de Campoamor. Los esfuerzos de esta para reconocer en el semblante de la desconocida otro, que tan bien recordaba, estaban fracasando y frunció el ceño, contrariada.

—Las dichosas cataratas...

—¿Me permite un momento? —preguntó sin que ninguna de las dos ancianas supiera lo que pretendía hacer.

Se levantó y se inclinó hasta situarse muy cerca de Clara.

Entonces, tomó una de sus manos y se la acercó al rostro.

Comprendiendo lo que se proponía, la española lo recorrió con los dedos.

Trazó despacio los arcos de las cejas y descendió por la nariz.

Después, rozó el contorno de la cara y, tras una leve duda, delineó los labios y el hoyuelo en la barbilla que los genes de Cecily le habían legado a su hija.

Esta sonrió mientras las lágrimas relucían en los ojos ciegos de Clara, convertidos en espejos donde el pasado acababa de emerger con fuerza.

Antoinette, que lo presenciaba todo un poco apartada, intentó contener el llanto al ver su reacción.

Sabía de sobra lo que aquella joven estaba despertando en su memoria.

—Cuénteme, ¿cómo está Cecily? —preguntó Campoamor después de sonarse la nariz.

Anne, que había regresado a su silla, se tomó unos segundos antes de responder:

—Por desgracia, mi madre falleció hace seis meses a causa de una embolia.

—Oh... No sabe cuánto lo lamento.

—Yo también, Anne —intervino Antoinette.

—Gracias. Fue muy rápido, nos dijeron que no sufrió.

—Casi puedo verla, con un cigarrillo entre los dedos y mirando al horizonte —comentó Clara con expresión pensativa.

—La verdad es que recuerdo pocos momentos en los que no tuviera uno en la boca. Pero cuando dejó su trabajo ya no fumaba apenas.

—Quizá, en el fondo, su madre no lo disfrutaba, sino que la ayudaba a encontrar respuestas y soluciones a los problemas. Aunque he de reconocer que en alguna ocasión me sentí tentada de pedirle que me diera uno, tal era su gesto de placer. —Las tres sonrieron—. ¿Se llevaba bien con ella?