1. Tinieblas #3
—Le agradezco los cumplidos, pero todavía no me ha dicho qué es lo que quiere de mí. ¿Por qué estamos aquí?
—Tengo una propuesta que hacerle... ¿Le gustaría trabajar para nosotros?
Mi carcajada escapó libre, sin muros que la amortiguaran en aquel espacio abierto. Volví a mirar a la señorita Bishop a la espera de que riera también su propia broma. No lo hizo.
—A ver si lo entiendo, ¿me está proponiendo que trabaje como espía? Porque no creo que haya venido hasta aquí para ofrecerme un empleo de mecanógrafa.
Esta vez sí se rio mientras negaba con la cabeza. A la luz de la farola distinguí un hoyuelo en el mentón de aquella joven.
—Supongo que la idea que tiene la gente del mundo de los agentes secretos está muy influida por la literatura. En la realidad, todo es mucho menos... glamuroso, aunque no se puede negar que tiene un aire de misterio muy atractivo.
—Pero, señorita Bishop, ¿sabe cuántos años tengo?
—Cumplirá cincuenta en febrero.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Sospechaba que mi edad era el dato menos relevante que conocía sobre mí.
—Por el amor de Dios, no puede estar hablando en serio. Me dedico a la política. Escribo ensayos, doy conferencias...
—Usted ha hecho más por la democracia en su país que nadie.
Es una luchadora. Su inteligencia, su coraje para defender sus ideales en un mundo dominado por hombres e incluso en contra de muchas otras mujeres que no han sabido ver lo que estaba arriesgando por ellas la convierten en una persona muy valiosa.
—Pero ya no soy más que una señora de mediana edad que se ha visto obligada a renunciar a todas sus aspiraciones. De nada me han servido mis logros pasados.
La agente Bishop dio unos pasos, súbitamente cabizbaja, hasta que volvió a detenerse y su voz resonó de nuevo.
—«¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad?
Y ¿por qué no los hombres?». —Me miró con expresión triunfante antes de añadir—: «Yo, Señores Diputados, me siento ciudadana antes que mujer, y considero que sería un profundo error político dejar a la mujer al margen».
Un sentimiento familiar cosquilleaba mi pecho: vanidad. A punto estuve de dejar escapar una sonrisa, pero conseguí controlarme. La dichosa vanidad no me había acarreado más que problemas.
—Sí que tiene usted buenos contactos. Veo que ha leído los diarios de sesiones del Congreso de los Diputados. ¿No me dirá que ha memorizado mis intervenciones?
—Solo algunas partes, las más emocionantes, para mí, de aquel debate épico.
—Fue un combate brutal. Aquellos a quienes creía de mi lado también me dieron la espalda en el último momento.
—Y, aun así, lo consiguió, Clara.
Ahora era yo quien necesitaba caminar para apartarme de aquella mirada penetrante. Me da cierta vergüenza reconocerlo, pero me sentía intimidada.
—Mire, no sé qué pretende. Por mucho que me adule, ambas sabemos que su propuesta es un disparate. A nadie en su sano juicio se le ocurriría reclutar a una mujer de mi edad, sin ninguna experiencia en el mundo del espionaje ni preparación física o los conocimientos necesarios para...
—Precisamente por su edad, por su situación, no despertaría ninguna sospecha. Muchas mujeres de sus características colaboran con nosotros en todo el mundo. Usted es una candidata ideal para ayudarnos a...
—¿A qué demonios pretende que la ayude? ¡Si ya no soy capaz de hacer nada de nada!
—estallé—. Tengo las manos atadas, me he visto forzada a huir con mi anciana madre para evitar la cárcel o la muerte, ya no soy diputada ni tengo cargo alguno...
ni volveré a tenerlo, si es que alguna vez puedo regresar a España.
Mis bienes han sido confiscados... ¿No se da cuenta de que mi vida es un desastre?
No puedo ayudarme ni a mí misma, como para plantearme serle de utilidad a nadie.
—Pero sí lo sería, Clara. Las mujeres como usted pueden actuar como enlaces de otros agentes, averiguar información reservada y vital en determinados círculos a los que nosotros no tenemos acceso.
Y eso nos permitiría, quizá, descubrir los planes del Gobierno franquista y frustrarlos antes de que lleguen a realizarse.
Sabemos que muchos de los países que forman parte del Comité de No Intervención en España están saltándose las reglas y ofreciéndole su apoyo a Franco, enviándole tropas, municiones, incluso aviones de combate.
No solo han roto el pacto Alemania e Italia, pronto se sumarán otros que ayudarán a inclinar la balanza —¿se dice así?
— en la guerra civil española. Tenemos informantes que intentan cortar esas comunicaciones, pero casi todos nuestros agentes se encuentran bajo el radar del Eje.
Siempre estamos a la búsqueda de nuevos colaboradores, desconocidos por el resto de los servicios de inteligencia, con contactos muy útiles en varios países.
Usted, señorita Campoamor, sería muy valiosa por sus conexiones con España y las que tiene en Francia e Inglaterra.
Y, por supuesto, ahora en Suiza, donde sabemos que se están creando alianzas que no solo afectarán de un modo terrible a su país, sino a toda Europa.
—¿A qué se refiere?
—Sospechamos que lo que está ocurriendo en España es una especie de ensayo para lo que Hitler ya ha comenzado a organizar en todo el continente.
La creación del Eje Roma-Berlín es solo el principio de algo mucho más grande.
No hay tiempo que perder. Si no actuamos ya, estaremos envueltos de nuevo en un conflicto bélico a nivel mundial.
No hace falta que le recuerde lo que significó la Gran Guerra.
—Por supuesto que no tiene que recordármelo. Dudo que usted, con su edad, tenga la memoria tan llena de aquel horror como yo... —Callé, consciente de la animosidad que contenían mis palabras—. Discúlpeme, estoy bastante nerviosa y...
—No se preocupe, Clara. Pero, por favor, considere mi propuesta como...
una segunda oportunidad para usted. Para poder llevar a cabo todo lo que ya no se le permite hacer en España, para contribuir en la lucha contra los totalitarismos que amenazan la seguridad mundial.
Tal vez incluso podamos acelerar el final de la guerra y lograr que no ganen quienes pretenden destruir la libertad y transformar este mundo en un lugar hostil y peligroso para muchas personas.
Entre ellas las mujeres. —Se detuvo sin apartar sus ojos de los míos—.
No me dé una respuesta ya. Dígame que lo pensará al menos.
Tomé aire para ganar un poco de tiempo. En mi cabeza bullían todo tipo de ideas, de hipótesis, de deseos frustrados.
La verdad era que aquella mujer había conseguido tentarme.
La posibilidad de abandonar una vida ociosa, comparada con mi existencia anterior, de formar parte de algo tan alineado con mis principios de solidaridad y lucha por los derechos humanos... Sin embargo, sabía lo que debía decir.
—Lo lamento mucho, señorita Bishop, pero ya tengo una respuesta y es no.
Ahora mismo necesito trabajar por mi país de otra manera, desde la política.
Y solo puedo hacerlo junto con otros compañeros exiliados.
Necesitamos unirnos y convencer a los países más poderosos, no solo a su remilgado primer ministro, sino también a quien maneja los hilos en Estados Unidos, de que los golpistas capitaneados por Franco no merecen una posición neutral.
Los líderes extranjeros no pueden seguir observando cómo matan a mis compatriotas y destruyen una sociedad y un Gobierno que, aunque no eran perfectos, sí eran legítimos.
Si nadie nos ayuda, no podemos esperar en silencio a que todo quede reducido a cenizas.
Lucharemos con la palabra y sin escondernos.
—No me queda más remedio que aceptar su negativa, Clara. Pero, si cambia de opinión...
—No lo haré, se lo aseguro.
—Lo entiendo, pero nunca se sabe lo que puede ocurrir. Y si llegara el momento en que necesitase contactar conmigo por cualquier motivo, hable con alguna de las camareras del café Lavaux. Siempre tenemos a colaboradoras trabajando allí y pueden localizarme de inmediato. ¿De acuerdo?
Sin siquiera responder, le ofrecí mi mano a modo de despedida. Después, di media vuelta y emprendí el camino de regreso. No llegué a confesarle la idea que, desde hacía semanas, estaba tomando forma en mi mente: la decisión de marcharme de Europa.
De manera que así fue como Clara había vivido aquel día que Antoinette recordaba bien, porque a la mañana siguiente descubrió que su propia existencia estaba a punto de cambiar.
Pensativa, dejó el montón de hojas sobre el escritorio.
Sabía que era de suma importancia para Clara que se ocupase de esos textos, si bien urgía más averiguar qué le estaba provocando los dolores en el vientre.
Un mal presentimiento le nubló el gesto mientras intentaba decidir si ignorar lo que le había pedido o llamar al médico.
Se asomó al balcón y su mirada se perdió en la lejanía, al fondo de la empinada calle, donde el lago Lemán relucía bajo las montañas.