1. Tinieblas #2
La suerte estaba echada. El familiar nudo que me oprimía el estómago se tensaba más y más con cada paso que daba.
Era consciente de que podría tratarse de una trampa urdida por los canallas que estaban aniquilando mi país y todo lo que siempre defendí, junto con mis esperanzas de regresar allí en un futuro cercano.
No sería la primera ni la última republicana en el exilio que era detenida y deportada a España para someterse a un juicio o, más probablemente, para ser ejecutada sin que nadie supiera jamás lo que había sido de ella.
No obstante, aquel era un riesgo que estaba dispuesta a afrontar.
Ya empezaba a cansarme de mi vida plácida y exenta de emociones en Suiza, alejada de la política, rodeada de gente que me había acogido con mucha cordialidad, pero que carecía de la calidez de mis compatriotas.
Me detuve sobresaltada al oír un ruido por detrás de mí, no muy lejos.
Al girarme, percibí que mi respiración iba mucho más rápida que antes.
Podía escucharla con claridad. Contuve el aliento para cerciorarme de si lo que creía haber oído era cierto.
No se veía nada a una veintena de metros.
Las sombras podrían estar ocultando no a una, sino a varias personas, pero no era capaz de distinguir nada en las densas tinieblas.
Esperé unos segundos y después continué, apretando el paso.
Tras dejar atrás el puente de Bessières, tomé la Rue Mercerie y luego la empinada Rue de Saint-Étienne.
A pocos metros distinguí, a mi izquierda, una calle que descendía hacia el casco antiguo.
Lo lógico habría sido regresar a la zona más transitada de la ciudad y olvidarme de aquel asunto.
En qué estaría pensando... Mi cabeza debía de tener un precio muy sustancioso entre los franquistas.
Y aunque en algún momento llegué a creer la mentira de que la distancia nos protegía a mi madre, a mi sobrina Consuelo y a todos los que tuvimos que abandonar España con el estallido de la guerra, no era verdad.
Los tentáculos de los fascistas podían alcanzarlo a uno en cualquier rincón, por mucho que se escondiera.
No estábamos seguros en ningún lugar de Europa mientras Franco establecía nuevas alianzas con sus camaradas del Eje.
Tenía poderosos amigos en Alemania e Italia, ojos y oídos prestados por naciones extranjeras para atrapar y castigar a sus enemigos.
Mi vida no valía más que la de otros exiliados y sabía que para ellos representaría un triunfo apresarme y llevarme de vuelta para hacer conmigo lo que desearan.
Aun así, no podía evitar sentir curiosidad por averiguar quién me había citado en lo alto de la ciudad, ya fuera para ayudarme o para matarme.
Lo que tuviera que ser sería. Ya estaba harta de huir.
Seguí adelante tan rápido como me fue posible.
El repiqueteo de mi corazón destacaba por encima de todos los demás sonidos.
Cierto era que no estaba en forma, nunca lo había estado.
Ya comenzaba a notar los rigores de la edad y me resultaba complicado subir una cuesta tan empinada como aquella.
Había empezado a jadear y el sudor cubría mis axilas.
Ahí estaba de nuevo ese ruido.
Ya no tenía la menor duda. Alguien me seguía.
El eco ronco de un par de botas jugaba al escondite con el rítmico roce de mis suelas sobre el pavimento.
Sin darme cuenta de lo que hacía, eché a trotar calle arriba, consciente de que no había ningún sitio donde ocultarme de mi perseguidor.
Tropecé y mis manos no lograron impedir el golpe contra el suelo.
Si sobrevivía a esa noche tendría un par de buenas heridas en las rodillas y los leotardos estarían echados a perder. El escozor no iba a detenerme.
Dios, quién me mandaría meterme en la boca del lobo.
La sabelotodo de Clara... Siempre empujando los límites para demostrar que no había barrera que no fuese capaz de derribar, desafiando a mis oponentes, intentando demostrar que tenía razón.
Pues la maldita confianza en mí misma, que otros llamarían vanidad, me iba a costar la vida.
Y no lo lamentaba tanto por mi propia seguridad como por mi madre, que seguía viva solo por complacerme, aunque ya no tuviera el menor interés en hacerlo.
Y por Antoinette, la mujer más buena que he conocido y que me brindaba un cariño y un apoyo inquebrantables.
Cuando llegué a la plaza que rodeaba la catedral vi, a la derecha del mirador, el pabellón Levade, una construcción de madera sustentada por tres columnas.
Sabía que bajo aquel encantador edificio había una escalinata que, quizá, me permitiría escapar.
Sin embargo, antes de aventurarme a descender los resbaladizos escalones, me detuve.
Debía volverme, pese al pánico que me recorría las entrañas y aceleraba mi sangre, bombeándola por las venas como si también intentara huir despavorida.
Inspiré y oí mis propias palabras transmutadas por un temblor que casi las hacía irreconocibles.
—Déjese ver. No le temo.
Tragué saliva. De pronto, percibí un movimiento a mi izquierda, bajo el pórtico de entrada al templo.
Alguien acababa de salir de detrás del muro.
Así que eran dos las personas que me habían preparado la emboscada.
La que había revelado su presencia avanzaba despacio hacia mí.
La oscuridad todavía no me permitía verle la cara.
Lo primero que surgió de las sombras, al situarse más cerca de la farola que relucía a unos metros, fueron un par de zapatos y de piernas.
El pantalón sobresalía por debajo de un abrigo oscuro cuyas solapas quedaron a la vista a medida que aquel hombre se aproximaba.
Un sombrero de ala ancha seguía manteniendo oculto su rostro.
La incertidumbre, y también el miedo, por qué no reconocerlo, terminaron con las últimas provisiones de valor que me quedaban.
Me hallaba a merced de unos extraños y, aunque gritara con todas mis fuerzas, nadie podría ayudarme.
Había caído en la trampa. Debían de estar relamiéndose, saboreando su victoria sobre la incauta que los observaba aterrada, por mucho que fingiera tener el coraje de enfrentarme a ellos.
De enfrentarme a la muerte.
Una voz deshizo el misterio y me sorprendió por su inesperada dulzura. El castellano en el que se dirigió a mí poseía un acento que no me resultó del todo desconocido.
—Ya sé que no me teme. No esperaba menos de usted, señorita Campoamor.
Por fin se descubrió y creí reconocer algo familiar en su rostro, si bien aún no podía distinguirlo con claridad y, mucho menos, acordarme de dónde había visto a aquella mujer.
—¿Quién es usted?
—Como le dije en el mensaje, nos conocimos en París hace cuatro años.
Se acercó, supongo que para que pudiera verle la cara. Calculé que no llegaría a los treinta y sus ojos, que bajo la luz de la farola daban la impresión de ser azules, destilaban ironía. De algún modo, pude imaginarla hablando en inglés de otros temas... No, no lo estaba imaginando; lo recordaba.
—Cecily... —dije sin convicción.
—¡Eso es, Cecily Bishop! Su memoria es excelente.
—Sonrió y me ofreció una mano para que la estrechara—.
Nos presentó Antoinette Quinche. Fue muy inspirador escucharla hablar en aquella conferencia.
No pudimos intercambiar muchas palabras, había tantas mujeres deseando acercarse a usted... , pero supe que volveríamos a vernos.
—Sí, ahora la recuerdo. Formaba usted parte de la delegación británica, si no me equivoco. Y hablaba tan bien español porque..., déjeme ver..., sus padres la llevaban de vacaciones a... ¿Benidorm?
—Altea —me corrigió.
—Eso es...
—Amo el español, cómo suena, lo que evoca para mí. Y su país... es maravilloso, lleno de belleza. Fue una época muy feliz. Después, con el «pasaje» de los años, dejamos de viajar. Pero he intentado no olvidar su idioma.
Una vez resuelto el enigma de su identidad, se hizo un silencio incómodo.
Aún no sabía por qué había sido convocada en un lugar tan solitario y a una hora de lo más intempestiva.
Algo no encajaba. ¿Sería posible que aquella extraña, en apariencia alguien de mi pasado, una conocida, hubiera llegado hasta mí utilizando mi amistad con Antoinette como cebo para asesinarme?
A esas alturas, nada podría sorprenderme.
Y como si leyera mis pensamientos, volvió a hablar:
—No tema, Clara. Conmigo no corre peligro.
—Hizo un gesto que sirvió de señal para que un hombre, que había permanecido escondido en la oscuridad de las escaleras, bajo el pabellón, subiera los últimos peldaños hasta quedar a la vista.
Casi al mismo tiempo, otro individuo, el que debía de haberme seguido por las calles de la ciudad, surgió por detrás de los muros de la catedral—.
Las dos estamos a salvo. Estos compañeros nos protegen.
—¿Y quiénes son ellos? Mejor dicho, ¿quién es usted? Porque es obvio que no me ha citado aquí en calidad de amiga.
Pese a la tensión que, con toda probabilidad, asomaba a mi rostro —no era para menos, dadas las circunstancias—, en su cara seguía brillando una sonrisa cálida.
—Trabajo para el MI6.
El servicio de inteligencia británico. Durante el tiempo en el que fui diputada me había esforzado por estar al tanto de la política de mi país, así como de todo lo que ocurría a nivel internacional.
Me informé sobre las instituciones que funcionaban a la luz de los focos, pero también acerca de las que palpitaban bajo un manto secreto que extendía sus redes por todo el mundo.
—No comprendo. ¿Qué interés puede tener el Gobierno británico en mí, en una exiliada española?
—Usted no es una simple exiliada, Clara. Conocemos perfectamente la gran labor como diputada que llevó a cabo en defensa de los derechos de la mujer y los muchos juicios que ha ganado como abogada.