Donde habita tu reflejo
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1. Tinieblas
T INIEBLAS
Relámpagos atravesaban los cristales, azotados por una lluvia inmisericorde, y acuchillaban la oscuridad del dormitorio.
Latigazos de luz y sombras se sucedían y revelaban en el rostro agitado de Clara una estela de emociones, ocultas hasta entonces entre los pliegues de la memoria.
Su anciano cuerpo se giró, emulando los movimientos que otro, más joven, hacía en el mundo irreal que palpitaba bajo sus párpados.
Los dedos crispados intentaban apartar las tinieblas que se cernían sobre su yo dormido.
Un murmullo ininteligible escapó de sus labios mientras movía la cabeza de un lado a otro, negando lo que fuera que estuviese ocurriendo en las cavernas de aquella mente rendida a los sueños.
Su voz se alzó para hablarle a los seres con los que se cruzaba por los senderos fantasmales que transitaba en esos instantes:
—Madre... No... no puedo marcharme... —De nuevo cambió de postura en la cama y, tras unos minutos de aparente calma, chilló—: ¡Cuidado! ¡Victoria!
El grito se transformó en un gemido. Clara se acurrucó, tumbada de lado con los brazos presionando su vientre.
El tacto suave de una mano en el hombro la hizo despertar.
Su gesto, aún atrapado en el miedo que, como un sudario tangible y denso, lo cubría unos segundos antes, fue relajándose a medida que tomaba conciencia de dónde se hallaba.
El dolor, no obstante, permaneció al dejar atrás la realidad alternativa del mundo onírico.
Reconoció a Antoinette, a quien más que ver intuía a través de las telarañas que nublaban sus ojos.
—Solo era una pesadilla, querida —susurró esta mientras le acariciaba la frente y recolocaba los cabellos adheridos a ella por el sudor.
—Lo sé... Aunque las imágenes son cada vez más vívidas y las emociones que me producen también. Quizá sea la forma que tiene el universo de compensarme por estar quedándome ciega.
—Quizá —convino Antoinette reprimiendo las lágrimas—. ¿Quieres contarme lo que soñabas?
—No era nada concreto. Retazos de escenas que se entremezclaban sin sentido.
—Has mencionado a tu madre... y a Victoria.
Clara estaba a punto de decir algo cuando una descarga de dolor volvió a sacudirle el estómago.
—Voy a llamar al médico. Ya llevas así muchos días.
Antoinette notó cómo Campoamor, apoyada en un codo para incorporarse, la sujetaba.
—No te preocupes. Además, ahora no tengo tiempo para médicos ni para hospitales.
—¿Cómo que no?
—He de acabar lo que empecé, aunque ya apenas pueda leer... Las malditas cataratas no me dan tregua.
La frustración y el agotamiento la hicieron derrumbarse en el lecho. Parecía estar a punto de romper a llorar.
—Ya habrá tiempo para tus artículos. Ahora lo más importante es tu salud y que te pongas...
—No me refiero a los artículos. Necesito terminar mi historia —la interrumpió con cierta impaciencia—. Por favor.
Antoinette la miró confusa. ¿Podría ser que Clara lo hubiera olvidado?
—Ya escribiste tu historia. ¿Recuerdas? Yo misma la traduje para su publicación.
—No... —Cerró los ojos. Un cansancio súbito, inoportuno, enredaba sus pensamientos—. No es eso... Me refiero a mi vida, la verdadera... La importante.
Volvió a abrir los párpados. Con lentitud hilvanó las palabras:
—Busca en mi escritorio... Allí lo encontrarás.
—¿El qué?
—Todo... léelo.
—Pero, Clara, no hace falta, ya lo miraremos juntas cuando estés mejor. No me sentiría bien fisgando entre tus cosas. Nunca lo he hecho y no voy a empezar ahora.
—Por favor... —insistió sin apenas fuerzas para mantenerse despierta—. Necesito tu ayuda para terminarlo.
Su respiración se hizo más lenta. Antoinette vio cómo los sueños retornaban y se la llevaban adonde no podía seguirla para protegerla.
El escritorio había viajado desde España unas semanas después de la llegada de Clara, enviado por su hermano.
Era, junto con unos tinteros, una lupa y un abrecartas, de las pocas posesiones que le quedaban tras dejar atrás toda su vida.
Había adquirido el mueble, de estilo castellano y fabricado en roble, para su despacho en Madrid.
En él había tres cajones de los que sobresalían unos tiradores de metal.
Antoinette se inclinó y abrió el de arriba.
Encontró varias plumas y sobres, además de las hojas en las que Clara escribía su correspondencia.
Metió la mano para alcanzar el fondo, pero no detectó nada más allí.
En el segundo, reconoció varias de las carpetas en las que guardaba los documentos oficiales, certificados, invitaciones, menciones honoríficas, fotos y otros textos.
El cajón más cercano al suelo le reveló un voluminoso montón de folios escritos a mano.
A simple vista se observaba que estaban divididos en cuatro paquetes.
Tres de ellos habían sido atados con un cordel aterciopelado cada uno.
El primero era rojo, el siguiente amarillo y el último morado.
Antoinette sonrió al reconocer los colores de la bandera republicana.
En cuanto al cuarto paquete, nada lo sujetaba.
Echó un vistazo por encima y le pareció otro tipo de material, donde abundaban anotaciones dispersas de distinta extensión.
Decidió esperar y preguntarle después. Sin embargo, cuando estaba a punto de volver a guardarlo todo, una frase, escrita en la primera página de los papeles rodeados por el cordel amarillo, atrajo su atención: «La primera vez que caminé por las calles de Lausana, un sol tímido apenas conseguía abrirse paso entre las nubes».
Sus ojos se desplazaron por la hoja con avidez.
Lo que Clara explicaba en esa parte debía referirse a los meses posteriores a su llegada a Suiza huyendo de la guerra en España.
Notó la emoción florecer en su pecho al visualizarla narrando hechos que para ella era importante dejar por escrito.
Se acomodó en la silla y comenzó a leer.
La primera vez que caminé por las calles de Lausana, un sol tímido apenas conseguía abrirse paso entre las nubes.
Por entonces, a finales de 1936, no imaginaba cuánto echaría de menos el azul intenso del cielo que había dejado atrás al partir hacia el exilio.
Solo años después, comprendería que la añoranza de mi vida pasada y los recuerdos serían el equipaje más valioso que podía llevar conmigo durante el largo periplo iniciado en Madrid.
Aquella parte de la ciudad, que tan bien conocía, me pareció muy distinta de noche y sin apenas gente por las empinadas calles.
Había tenido que inventarme una excusa para que Antoinette no sospechara nada al verme abandonar la casa.
Le conté que una conocida nuestra, una intelectual francesa muy interesada en la literatura española, me había citado para hablar de un libro que estaba escribiendo sobre el tema y para el que necesitaba que la asesorara.
Antoinette me hizo prometer que cogería un taxi y, así, el asunto quedó zanjado.
Después de dejar atrás la estación de tren, me dirigí a paso ligero hacia la zona más elevada de la ciudad.
Debía estar en la catedral a las ocho y media, aunque a falta de diez minutos para la hora todavía me quedaba un buen trecho.
Mis zapatos, de suela baja, que son los que siempre he preferido, resonaban con un eco que la humedad, adherida a los adoquines, multiplicaba entre los muros de los edificios.
Aunque el abrigo me protegía las piernas hasta los tobillos, un frío intenso ascendía por debajo de mi falda y atravesaba mis tupidos leotardos.
No dejaba de preguntarme si habría hecho bien aceptando la invitación de alguien que ni siquiera se había dignado a poner su nombre en el mensaje que un chiquillo me había entregado el día anterior.
Me encontraba en Lavaux, una cafetería de amplios ventanales que solía frecuentar, donde reinaba una tranquilidad que me permitía leer y hasta tomar notas para mi biografía, en la que trabajaba desde hacía unas semanas.
Cuando solo llevaba allí unos minutos, un muchacho entró y vino directo hacia mí.
Fue visto y no visto. Se acercó a mi oído y, en un francés bastante cerrado, confirmó si yo era mademoiselle Campoamor.
Al verme asentir, miró a su alrededor como si intentara asegurarse de que nadie nos observaba.
Después, con gesto de alerta, de miedo incluso, depositó en mi mano un sobre.
No tuve tiempo de reaccionar. Para cuando quise averiguar quién lo enviaba, ya se había marchado.
Mis ojos recorrieron el local. Nadie parecía estar prestándome atención, de modo que abrí aquel misterioso sobre, en el que encontré la siguiente nota manuscrita en castellano.
Señorita Clara Campoamor:
Me dirijo a usted para hacerle una propuesta que podría resultarle útil en su lucha contra las injusticias que están teniendo lugar en España.
Sé que la libertad es una de sus aspiraciones, más teniendo en cuenta las circunstancias que la obligaron a abandonar su país.
En estos tiempos convulsos, en los que no sabemos quién podría estar vigilándonos, he preferido contactar de este modo y no cara a cara.
Le adelanto que nos conocimos en París en 1932, cuando viajó allí para contarle al mundo su tenaz defensa del derecho al voto para las mujeres españolas.
Su extraordinaria hazaña al lograrlo me impresionó enormemente.
Con la esperanza de que decida aceptar esta invitación, le propongo vernos mañana viernes a las ocho y media de la tarde en el mirador que hay junto a la catedral.
Le ruego que no le hable a nadie de este mensaje y que acuda al lugar sola. Toda precaución es poca.
Firmado,
Un amigo