39. El último viaje
E L ÚLTIMO VIAJE
En el paseo marítimo había bastantes personas.
La mujer que estaba sentada en el banco tenía los ojos cerrados.
Un color rojizo ocupaba el espacio intangible que cubría sus párpados por efecto del sol.
Inhaló y sintió cómo el frío avanzaba a través de su nariz y bajaba por su garganta, llenándole el pecho de un aroma conocido.
El objeto que sujetaba entre las manos era redondeado y algo rugoso.
Terracota. El tacto la transportó a algún momento del pasado que no lograba rescatar de las cavernas de la memoria, pero que reverberaba con la música que desprenden los recuerdos amados.
Entonces lo supo. Clara le había regalado una lámpara de ese mismo material en uno de sus viajes juntas, cuando regresó de Argentina.
Estaban en Francia, en un pueblecito precioso...
¿Cómo se llamaba? Antoinette abrió los ojos.
Pont Neuf. Una imagen se engarzó con otra y con otras más.
El puente.
El río.
Los paseos por el mercadillo para comprar pan, queso y algo de pescado que luego comerían en el pequeño apartamento que habían alquilado a unos amigos de la abogada Quinche.
Con las instantáneas de aquel viaje regresaron también las risas de ambas, retomadas con avidez tras la separación de diecisiete años.
Aquellos fueron buenos tiempos, a pesar de la inevitable sensación de haberse perdido tantas cosas que podrían haber hecho juntas.
La vida acababa de volver a separarlas. Porque no había sido la muerte. La enfermedad, el dolor, la desesperación y el tiempo que se agota pertenecen a la vida. En la muerte no hay nada sino ausencia.
Acarició la vasija despacio, sintiendo su calidez, que contrastaba con el helado viento.
Se le ocurrió de pronto que, si la frotaba, tal vez cada pequeña partícula de Clara contenida en su interior despertaría de su letargo —que no muerte, porque de algún modo ella seguía allí, presente, entre sus manos— y comenzaría a moverse.
Muy despacio al principio, como el brote minúsculo de una planta que nace en el lecho de la tierra.
Y si sus dedos aumentaran el ritmo, esas moléculas empezarían a girar, formando un pequeño torbellino en la vasija.
Hasta que llegara un instante en el que la tapa se abriría y, de improviso, un personaje surgiría de dentro para materializarse.
Como si fuese el genio de la lámpara. Solo que no sería un hombre, sino una mujer, la mejor de todas, la más querida.
Una genia que le concedería a aquella pobre mortal que la contemplaba con una sonrisa infinita su mayor deseo.
Una promesa.
La de que volverían a verse.
En algún momento.
En algún lugar.
Antoinette vio alejarse el coche sin poder contener el llanto.
En él viajaban Pilar Lois, ahijada de Clara, y su marido.
Llevaban consigo la urna de terracota. El anhelo más íntimo de Campoamor, regresar a España, no había podido cumplirse mientras vivía.
No obstante, si todo iba bien, lo conseguiría por fin, aunque de una forma muy distinta a como lo habían imaginado ella y Antoinette.
Ambas habían hablado muchas veces de lo primero que harían en cuanto se hallasen en San Sebastián.
Las esperaba el ansiado reencuentro con la playa de la Concha.
Y los paseos junto al mar, agarradas del brazo, dejándose besar por la brisa y por el olor de las algas.
Clara la llevaría por los senderos del monte Urgull y después recorrerían las callejuelas de la ciudad, donde, si uno aguzaba el oído, casi podía escuchar todavía los ecos de aquel abril de 1931.
Nada de eso sucedió. El vehículo atravesó la frontera de noche sin las dos ancianas en los asientos de atrás.
Los esposos se turnaron para conducir, de manera que no tuvieran que detenerse apenas.
La situación no era tan peligrosa como cuando Campoamor abandonó España en 1936 y tras sus breves estancias clandestinas.
Sin embargo, si las autoridades franquistas hubieran sabido que aquella mujer, que representaba todo lo que ellos odiaban e intentaban destruir, había regresado, aunque fuese transformada en cenizas, habrían tratado de dispersarlas al viento para que se la llevara el olvido.
No lo consiguieron.
La fortuna sonrió a la madrileña en su último viaje, que la llevó hasta el cementerio de Polloe, situado a apenas dos kilómetros de San Sebastián.
Aunque los muros protegían a quienes reposaban en aquel camposanto, la brisa del mar lograba saltar por encima de ellos y se filtraba entre los árboles y los caminos que flanqueaban las tumbas.
Y cuando llegaba hasta el panteón de la familia Monsó Riu, removía, juguetona, las flores depositadas allí y susurraba un nombre.
Clara.
San Sebastián, 1978
La anciana atravesó el arco, coronado por una cruz, dos ánforas y una inscripción que rezaba: «Pronto se dirá de vosotros lo que suele ahora decirse de nosotros. ¡Murieron!».
Caminaba a paso lento, aunque decidido. Sabía a dónde se dirigía.
Recorrió las calles delimitadas por cipreses centenarios de aquella necrópolis en la que convivían la muerte y la belleza.
Mausoleos de múltiples estilos arquitectónicos, capillas, cruces, nichos, ángeles dolientes y símbolos de la mitología vasca se extendían por doquier a lo largo del terreno, distribuido en diferentes niveles.
Lo único que interrumpía el intenso silencio eran los graznidos de las gaviotas, mensajeras del cercano mar, que atrajeron la atención de Victoria.
Su mirada regresó al suelo. Debía ir con cuidado.
La edad no perdonaba y lo último que le faltaba era una mala caída.
¿Qué diría Louise, que se había opuesto a que realizara un viaje tan largo sola, si tuviese un estúpido accidente?
Cuando encontró el panteón, donde destacaba la decoración de una cruz con un sudario, se acercó. Una súbita congoja trepó por su pecho al leer el nombre de su amiga al pie de la enorme lápida donde figuraban los difuntos de la familia Monsó.
—Aquí estamos, una vez más, mi querida Clara, aunque en esta ocasión no creo que discutamos —dijo de pronto en voz alta. No había nadie alrededor, de modo que prosiguió con calma—: Eso sí será una novedad, aunque te diré que echo de menos nuestras conversaciones.
»No quería marcharme de España sin pasar a verte, a hablar contigo una última vez.
Necesitaba decirte que el libro fue todo un éxito.
Lleva ya un montón de ediciones y ha sido traducido a varias lenguas...
Anne se ha convertido en una escritora de éxito.
Dejó su trabajo en el periódico y ahora se dedica solo a eso...
, ah, y a cuidar de su preciosa niña. ¿Adivinas cómo se llama?
Eso es... Cecily. Habrá cumplido seis años, si no me equivoco.
Anne volvió con James, ¿te acuerdas de él? Y, por lo que sé, son muy felices.
»También estuve con Antoinette. Se conserva bien, sigue siendo muy activa. Conocí a su hermana Gertrude. Al parecer, las dos se hacen bastante compañía, así que no te preocupes por ella.
»En cuanto a mí, ya me ves... No soy más que una vieja.
Pero aún tengo mucho que decir, como te imaginarás.
Y ese es el motivo por el que este viaje será el último que haga a España.
Ya casi nadie se acuerda de mí... sí, me han hecho varios homenajes y entrevistas, muchas personalidades han posado en fotos conmigo, pero, en realidad, no les interesa lo que yo piense, ni tampoco la República y quienes nos exiliamos.
Se ve que ya no toca. Hay que seguir adelante y dejar paso a las nuevas generaciones, dicen...
En fin, he venido para presentar mi libro, Cuatro años de mi vida , que es como lo han llamado ahora.
Y me vuelvo a Nueva York. A casa... Nunca pensé que diría eso, cuando mi hogar siempre estuvo aquí.
»Pero no te preocupes por mí, aunque me oigas quejarme.
No estoy triste ni hundida. Al contrario, tengo tantos recuerdos valiosos atesorados en mi mente que nunca me faltarán motivos para sonreír.
Y en muchos estás tú, diputada Campoamor.
Así que me marcho contenta. Nosotras ya aportamos nuestro granito de arena para convertir este brutal mundo en un lugar un poquito mejor.
O tal vez no... Lo que importa es no conformarse, intentarlo una y otra vez.
Y aspirar a más, como hicimos tú, yo y muchos otros de los que nadie se acuerda ya.
»Pese a todo, esta aventura ha merecido la pena, ¿no crees?
Se inclinó y depositó sobre la lápida una rosa envuelta en una cinta con los colores de la bandera republicana.
—Hasta que volvamos a encontrarnos, querida amiga, ya sea en la luz o en la oscuridad. O quizá en ese espejo donde nos vimos de verdad por primera vez. Allí, donde habita tu reflejo.
Nuestro reflejo.