Donde florece el amor Capítulo 20
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Capítulo 20

U na incesante lluvia, secundada por una sucesión intermitente de tormentas pertrechadas de rayos y truenos en abundancia, descendió sobre Willowford durante tres días consecutivos, convirtiendo de golpe aquel bucólico rinconcito de campiña en una acuarela humedecida, con sus distintas alternancias de tonalidades verde y marrón, en apariencia diluidas, sobre el lienzo en el que la mano divina las había hermosamente trazado.

De ese modo y debido a la lluvia que no cesaba, Margaret, quien había empezado a recuperar el ánimo y una cierta fortaleza física, se vio imposibilitada —esta vez por el clima adverso— en su deseo de abandonar los muros de Lavender Fields para disfrutar las delicias del exterior.

Ciertamente se moría de ganas por salir a caminar campo a través, de recorrer los senderos de tierra horadados a profundidad por el trasiego de los carruajes, saltando con gracia del elevado caballete verde a las rodadas que descendían a ambos lados; anhelaba poder caminar bajo el suave rumor de los árboles, escuchando el canto del viento entre el follaje y los trinos jubilosos de los pajarillos que allí se guarecían, con los ojos cerrados y los sentidos avivados.

Y ardía en deseos especialmente de regresar al jardincito, a su pequeño paraíso privado, para cuidarlo de nuevo, disfrutar de su esencia y sentir todo cuanto, sabido lo que ya sabía, era consciente de que sentiría encontrándose otra vez tras la mágica belleza que encerraban sus muros de piedra y el ejército de sauces blancos que lo custodiaba.

Pero por lo visto debía mostrar paciencia y resignación, pues tía Dorothy y tío Arnold habían señalado que el jardincito debía de encontrarse a esas alturas, y a causa de la lluvia incesante, por completo impracticable, habida cuenta de cómo se encontraba todo allá afuera, bajo la densa profusión de nubes violáceas y de su imparable llanto.

Albergaba al menos la esperanza de que Julian acudiera a visitarla, tal y como había hecho durante su enfermedad y, de ese modo, pudieran tal vez hablar de todo cuanto habían callado, de todo cuanto ambos maceraban en su interior.

Sabía que existía una conversación pendiente y que ya no guardaba sentido alguno tratar de ignorarla o de posponerla, aunque los nervios la comieran viva ante la sola perspectiva de llevarla a cabo.

Pero debía hacerse.

¿O acaso debían contentarse con ser únicamente amigos?

No cuando su corazón clamaba por algo más grande y más intenso.

Lo había sabido desde el momento en el que, durante la última visita de Julian, no había podido dejar de mirarlo durante toda la tarde, con una intensidad y un anhelo que lo retrataban a sus ojos de una forma en la que, hasta el momento, jamás lo había considerado; y, en particular, lo supo en el mismo instante de la despedida, cuando ella hizo aquel comentario acerca de la adelfa que hubo de demostrarle a Julian todo cuanto sabía y que él no había esperado, tal vez, que supiera.

La mirada del joven entonces habló mucho más de lo que podrían hacerlo las palabras.

Pero, para su sorpresa y completa desilusión, Julian no se presentó mientras perduró la lluvia: tres largos días de ausencia con sus consiguientes noches de desvelo y cavilación.

Parada de pie frente a los amplios ventanales de Lavender Fields, mientras sus tíos permanecían entretenidos en sus respectivos pasatiempos y un generoso fuego crepitaba a su espalda, Margaret dedicó horas completas a contemplar el exterior, con un anhelo en mente y una agonía en su corazón.

Julian no aparecía.

«Tal vez se arrepienta...».

Semejante posibilidad se presentaba de tanto en tanto en su cabeza, aun sin invitación y quizá a causa de los rescoldos que la inseguridad experimentada durante su fatídica visita a Garden Hill todavía pretendía hacerle sentir.

Trataba entonces de serenarse, de bracear en medio de la marejada de dudas e incertezas que la rodeaban para mantenerse a flote y asomar la cabeza por sobre la superficie del agua.

Y respirar.

No podía volver a caer en el mismo error, no podía pecar de boba y malpensar otra vez. No, cuando había escuchado la más perfecta explicación de labios del propio Julian.

«No seas necia, Margaret, él ya ha hablado y tú lo has escuchado...».

Pero, precisamente porque conocía el carácter sensato, reservado y prudente de Julian, las dudas regresaban a su cabeza una y otra vez para continuar atormentándola, aunque con un enunciado un poco diferente en esa ocasión:

«Quizá, y tras haberlo madurado con el correr de los días, se arrepienta de lo que dijo en su momento. Quizá sus palabras obedecían entonces a la compasión que le inspiró mi enfermedad. Quizá se precipitó en base a un exceso de sentimiento y ternura... quizá...».

Desde su posición frente al fuego, y aunque parecía entretenida con el baile cadencioso de las llamas y la somnolencia que esta provocaba, tía Dorothy permanecía perfectamente atenta a la actitud lánguida de Margaret y a la decepción que reflejaba su mirada —aunque ella siempre se esforzara en disimularla— ante la ausencia de Julian Northwood.

A pesar de haber dado muestras de una entereza formidable, y de una gran fortaleza a la hora de superar su reciente enfermedad, era obvio que Margaret no dejaba de ser una muchachita y que vivía y sentía todo con gran intensidad. Como debía de sentirse la vida, al fin y al cabo.

Dorothy podía leer a través de ella con suma facilidad, de tan trasparente y sencilla como era aquella joven, y sabía que su corazón había elegido, quizá sin haberlo esperado o pretendido, pero una vez alcanzada dicha elección, resultaba imposible no rendirse a ella.

Por otra parte, era obvio también que el joven Northwood bebía los vientos por Margaret, así que, ¿qué había de malo en tratar de ayudar a dos corazones indecisos, a riesgo de que acabaran perdiéndose en un océano de bruma a causa de un exceso de prudencia o indecisión?

Sería solo un leve empujoncito por su parte para acercar los caminos de dos almas que, ya por sí mismas, caminaban la una en dirección a la otra, pero que por caprichos del destino parecían haberse tomado demasiado tiempo en el proceso.

Determinó que, a la vista de la inacción de los últimos días, desafiaría a la lluvia y daría un paso al frente para acercar a aquellas dos almas inseguras.

***

Julian, al contrario de lo que pudieran haber pensado tía Dorothy o la propia Margaret, no había permanecido inactivo, y mucho menos atrapado en el mar de dudas en el que, erróneamente, lo habían situado.

Durante esos tres días en los que la lluvia imposibilitó el regreso de Margaret al jardín, tal y como la joven había manifestado que era su deseo, Julian se impuso a la climatología adversa para acudir él mismo cada día al lugar, aun a pesar de la lluvia incesante que lo calaba hasta los huesos y entorpecía sus pasos, para prepararlo a conciencia en pos de recibir a la muchacha.

¡Por supuesto que había estado tentado a acudir a Lavender Fields a diario!

De hecho se moría de ganas y de desespero por volver a trazar cada día, ¡decenas de veces al día!

, aquel camino que sus pies ya conocían de memoria y que su mente trazaba incluso con los ojos cerrados, pero se obligó a razonar que cada hora dedicada a visitar a Margaret sería una hora menos dedicada al jardín que deseaba entregarle.

De ese modo, sereno, entretenido y equipado de ilusión, se ocupó de despejar y barrer la hojarasca y los pétalos empapados que ensuciaban el sendero de terracota, se cuidó de podar o tutorear algunas ramas que la lluvia había vencido e incluso con una azada abrió canales para que el agua estancada corriera y no encharcara el campo.

Quería hacerlo por ella. Para ella. Para que a su regreso tras la enfermedad lo encontrara tal y como lo había dejado. Para que aquel rinconcito se convirtiera en una pequeña pero importante parte del hogar que él quería ofrecerle.

Y cualquier inclemencia resultaría aceptable con tal de ver sonreír feliz a Margaret... a su lado.

La última tarde de trabajo, en la que el cielo pareció conceder una pequeña tregua a los infelices mortales que moraban bajo su cúpula grisácea, accediendo a resquebrajar su gruesa moldura nubosa para permitir el paso de tenues rayos de sol, Julian recibió una visita inesperada en el jardín.

Procedía de Lavender Fields, aunque no era Margaret.

La señora Percy-Barrow apareció sola, abrazada por un chal de lana ligera que rodeaba sus hombros y protegida la cabeza por un sombrero de tela que cubría la cofia de seda. En la mano, por precaución, portaba un paraguas que mostraba sobre su superficie restos de humedad.

No había esperado visita, por lo que el hecho de ser sorprendido por una dama, con la ropa mojada, sucia y pegada al cuerpo, en informales mangas de camisa remangadas a la altura del codo, despojado de chaqueta y chaleco, con el pelo revuelto, las botas manchadas de barro hasta media caña y el pantalón por completo echado a perder, no era algo que resultara del agrado de su vanidad, después de todo.

Pese a ello, supo recomponerse a tiempo para ofrecer la debida reverencia de cortesía con toda la dignidad que fue capaz de hallar en su interior.

—Señora Percy-Barrow —saludó—, ¿cómo se ha aventurado usted a salir a pasear con este tiempo? —Al momento se cuadró, tenso—. ¿Ha ocurrido algo? ¿Margaret... —de nuevo se corrigió con urgencia—, la señorita Ashford...?

La anciana lo miró un instante, consciente una vez más de un lapsus que resultaba perfectamente delator, en parte y precisamente por la premura concedida a corregirlo.

Julian Northwood se encontraba tan completamente empapado como un ganso recién salido de su estanque.

Miró la anciana en derredor y comprendió de una vez el motivo de su ausencia durante los últimos tres días: había estado trabajando —¡él mismo, un caballero, sin intermediarios!

— para arreglar el jardín. La comprensión la invadió de golpe para arrancarle una gran sonrisa.

—¡Oh no, no se preocupe! Todos gozaban de perfecta salud cuando abandoné Lavender Fields —se apresuró a añadir, para tranquilidad del caballero—.

Salí a realizar una visita de caridad y decidí pasarme por aquí...

—una sonrisa traviesa estiró sus labios—, como hace tantos días que nos mantiene usted privadas de su compañía...

quería comprobar si se encontraba bien. —Le dedicó una mirada fuerte y cargada de intención—. Temí que se hubiera asustado usted.

Julian exhaló con profundidad. Una sonrisa acudió también a sus labios mientras sostenía la mirada de la anciana, captando en el acto su insinuación. A continuación se llevó una mano a la nuca para apretar con fuerza y tratar de aliviar la carga de sus cervicales.

—No soy un hombre que se asuste con facilidad, señora —señaló.

La anciana recibió la respuesta ampliando su sonrisa y cabeceando en asentimiento.

—Me alegra saberlo, señor Northwood.

Julian señaló con el brazo a su alrededor.

—He estado... un poco ocupado, me temo.

—Ya lo veo —acto seguido, manteniendo su intención—, y estoy segura de que a Margaret también le encantaría verlo. El doctor ha indicado que le haría bien empezar con los paseos cortos y... no hay mucha distancia desde Lavender Fields hasta aquí...

No dijo más. No hizo falta.

Julian comprendió.

—Le esperamos con gusto, señor Northwood, venga tan pronto como le sea posible. —Manteniendo la sonrisa, la anciana le dedicó una reverencia a modo de despedida.

Julian cabeceó la suya y permaneció inmóvil mientras reseguía con la mirada los pasos de la mujer.