Donde florece el amor Capítulo 19
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Capítulo 19

M argaret permanecía tumbada boca arriba en la cama, con las manos cruzadas sobre el embozo de la sábana y la mirada fija e inamovible en los elaborados artesones del techo, que formaban una hermosa cuadrícula tallada sobre la estancia.

Mantenía la misma posición en la que había gastado cada día durante su enfermedad.

A diferencia de que en esos momentos se encontraba completamente despierta, con los ojos tan abiertos como los de un búho y la cabeza en absoluta revolución.

No como entonces, cuando el sopor de la fiebre la invadía y el cansancio posterior a consecuencia de esta la mantenía debilitada y somnolienta.

Aunque no por completo privada de los sentidos.

Tumbada boca arriba, despierta, insomne y con el corazón en plena sublevación, se permitió recordar —no podría resistirse a ello en modo alguno, pues de hecho los recuerdos actuaban con autonomía propia y parecían dispuestos a imponerse por sobre cualquier intento de razonamiento o limitación— escenas acontecidas en aquella misma alcoba, encontrándose ella en idéntica posición, días atrás.

Recordó la fragancia suave de las flores que llegó hasta ella en volandas de cada pausada respiración, de cada leve suspiro.

Enredada en la espesa telaraña que conformaban las brumas de su memoria reconoció el olor de las salicarias, de la lavanda, el dulzor del espliego y de la salvia. ¿Cómo resistirse a ello o ignorarlo?

Y por un instante que no supo calibrar, pues el tiempo había dejado de existir en aquel espacio oscuro en el que había permanecido atrapada, creyó encontrarse de nuevo en el jardín, quizá adormecida bajo el nogal, quizá bajo el arco de madera donde se ensartaban las rosas silvestres.

Pero también el sentido del oído había permanecido despierto y capaz, pues, aunque todavía inmovilizada por la telaraña de la inconsciencia, creyó escuchar y reconocer una voz suave y varonil que parecía susurrar en su oído los más hermosos versos que recordaba haber escuchado jamás.

Reconoció la voz de Julian recitando para ella en medio de la negrura y del silencio, y su declamación era tan perfecta, tan sentida y tan mágica que las lágrimas acudieron prestas a congregarse tras los párpados.

Se acordó de ese picor intenso y de la emoción que la embargaba ante el reconocimiento de una voz tan querida y tan profundamente admirada.

Y aunque se moría por abrir los ojos para poder contemplar el hermoso rostro de Julian mientras leía aquellos versos para ella, la imposibilidad de hacerlo la hizo sentirse tan terriblemente desdichada, tan dolorosamente impotente, que el peso sobre su corazón la obligó a sucumbir de nuevo a la negrura.

Se concedió una profunda inhalación para atemperar los nervios —que ante semejantes evocaciones regresaban para continuar atormentándola como lo hicieran en su día— antes de entregarse a una nueva y agitada oleada de recuerdos, a las sensaciones que bullían en su alma y que habían nacido y prosperado en medio de la oscuridad impuesta por su dolencia.

De ese modo, recordó la alegría que hizo cabriolar su corazón ante los informes que Julian le ofrecía del jardín.

Él nunca había sido por demás hablador; por eso, el hecho de comprobar con qué soltura se expresaba a la hora de referir los progresos de sus plantas la hizo en extremo feliz.

Las dedaleras crecían por todas partes...

Su alma rio en ese momento ante la incapacidad de que lo hicieran los labios, pues se figuró al propio Julian tratando de contener la imparable marea de dedaleras, con seguridad también de salicarias y lirios amarillos, que debían propagarse imparables por cada rincón.

Y aunque Julian era un botánico culto y capaz, no alcanzaba tal vez a comprender que la verdadera esencia de un cottage , la verdadera belleza de este obedecía a una naturaleza desordenada donde las plantas crecieran a su libre albedrío para formar parterres de color y aroma.

Ellas mismas debían escoger su ubicación y propagarse con libertad, la única tarea de sus cuidadores era mantenerlas sanas y contentas.

¡Y qué risa y qué alboroto en su alma y en su corazón cuando recreó la imagen que Julian le había ofrecido de sí mismo, tijeras de podar en mano, tratando de domar a la indomable y desgarbada adelfa!

¡Qué ganas de comprobar de primera mano su pericia y qué lástima no haberlo podido observar durante el proceso!

En contraposición al júbilo experimentado ante tales remembranzas, suspiró a profundidad cuando evocó la mención de él a la peonía que ella le había regalado para que lo acompañara a Garden Hill, y recordó especialmente cómo las lágrimas volvieron a congregarse tras los párpados ante las palabras de Julian mientras refería que la peonía se había convertido en su amiga y confidente.

Y en un momento dado, quién sabía cuánto tiempo había pasado, si tal vez horas, días o acaso una eternidad —en el limbo de inconsciencia y negrura bajo el que permanecía sepultada resultaba complicado calibrar algo tan efímero como el tiempo—, percibió algo que avivó su ser e hizo zumbar su aletargado corazón con idéntico brío con el que un colibrí agitaría sus alas frente a las más hermosa de las orquídeas.

Percibió un leve roce en su pelo.

Creyó al principio que lo había soñado, porque algo así resultaría tan maravilloso que se negaba a admitirlo como real.

Pero al instante percibió un liviano toque en una mejilla, algo muy sutil, como el soplo suave de la brisa en la cara o como el aroma de un dulce recién horneado al sacarlo del horno.

Dos caricias no podían formar parte de un sueño... ¿o sí?

Aún no se había recuperado del impacto que ese breve contacto había supuesto a su alma cuando las palabras de Julian, apenas susurradas, pero tan cargadas de emoción y sentimiento que resultaría imposible no conmoverse de un modo u otro, llegaron hasta ella para sumarse a los briosos latidos de su corazón y acompañarlos en un único compás.

Porque, conforme Julian había hablado, sus palabras la hicieron comprender, con una claridad que superaba a la del sol al amanecer, todo cuanto había pretendido decirle aquella tarde y que ella no había sabido ver.

¡Cuán profundamente equivocada había estado al mal entender sus propósitos!

Nunca había habido otra.

Ni Ophelia Jones ni ninguna otra.

¡Qué necia había sido! ¡Qué completamente boba y niña al desesperarse sin motivo! ¡Qué insensata e imprudente, qué necia y voluble! ¡Qué imagen había ofrecido ante un caballero como él!

Y mientras escuchaba sus palabras, y padecía en afligido silencio su conmoción ante ellas, un nuevo roce en los dedos la obligó a reaccionar, a luchar a manotazos contra la densa telaraña que aún la retenía.

Luchó, peleó y trató de zafarse. Incluso creyó hacerlo en algún momento, pues podría asegurar que logró mover los ojos y los dedos.

No obstante, a la vista de que todo continuaba igual de oscuro y silencioso que al principio, si no más, concluyó que en efecto debió de tratarse de un sueño, de una travesura pérfida a la que la sometían los delirios febriles, o tal vez de una broma pesada por parte del destino.

Nada había sido real, su mente delirante la había engañado. Sus propios deseos, aunque silenciados y secretos, la habían delatado.

Cuando abrió los ojos y descubrió los ramos de flores en la mesita al lado del lecho: las salicarias, la lavanda, la salvia y los gladiolos anaranjados, cuando descubrió también el pequeño poemario de Burns reposando a un lado entre los jarrones, comprendió que no lo había soñado y las lágrimas descendieron por su rostro como el agua brota en cascada de un surtidor.

Imparables.

Comprendió que nunca había permanecido sola.

Que Julian había estado a su lado todo ese tiempo.

La realidad se presentó de golpe ante sus ojos recién desperezados para hacerle entender la única verdad que podía existir: no quería seguir dormida.

Debía hacer algo.

Despertar de una vez.

Dar un paso al frente.

Quería, necesitaba sentirse viva y hacer realidad lo que consideró un sueño.

No podía continuar escudándose tras los silencios y la timidez.

Si Julian se había atrevido a mostrarle su corazón y cuanto en él habitaba, ella debía actuar en consecuencia y atreverse a recibirlo.