Donde florece el amor Capítulo 18
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Capítulo 18

J ulian deambulaba por la estancia con el paso urgente y porfioso del demente, cuyo obcecado propósito tan solo él reconoce.

De hecho, si los suelos de la habitación no hubieran sido de madera noble, tal y como lo eran, perfectamente hubiera trazado ya un profundo surco sobre su superficie después de su incansable recorrido llevado a cabo durante la última hora.

El truculento mar de dudas en el que se había visto atrapado en los últimos tiempos acababa de aplacarse por completo para reflejar una superficie lisa y casi del todo espejada.

Pero la ausencia de oleaje no concedía sosiego al espíritu de Julian.

¡Ni mucho menos!

Ya no albergaba dudas, tampoco desconfianzas.

Cierto.

Había revelado sus sentimientos a través de una declaración que, si bien no había obedecido a la ortodoxia esperada en una declaración tradicional, sí resultó lo suficientemente clara, sincera y sentida como para revelar en pocas palabras aquello que había nacido y crecía en su corazón con la rotundidad de un brote nuevo que horadaba la tierra para emerger hacia el sol.

Con ello se había liberado.

Era lo que pretendía.

Y esa misma tarde, habida cuenta de lo que le había dicho al despedirse en el vestíbulo de Lavender Fields, Margaret había demostrado poseer más información de la que él había esperado.

Su mención a la adelfa no dejaba lugar a dudas.

¿Habría escuchado también su confesión durante aquella última tarde de inconsciencia?

Quizá no palabra por palabra, puede que se sintiera demasiado débil para mantenerse atenta a cada una de ellas, pero seguramente sí habría atendido lo suficiente para entender su alma ya por completo revelada.

Ya no había lugar a dudas, ni en un corazón ni en el otro.

—¡Oh, cielo santo bendito!

Comprender esto lo llevó a paralizarse de golpe en medio de la sala, alzar la mirada al frente y observar por un eterno segundo algún invisible átomo flotante que se balanceara en el haz oblicuo de luz plateada que se colaba por entre los pliegues de las cortinas, aprovechando la presencia de la diosa Selene en la atmósfera nocturna.

—¿Qué vas a hacer ahora, Julian? —susurró al vacío que lo rodeaba, y que engrosaba los claroscuros de la biblioteca en la que llevaba encerrado desde que regresara de Lavender Fields—. ¿Qué demonios vas a hacer?

En respuesta, la imagen de Margaret se presentó en su magín, llenándolo todo, ocupándolo todo.

Sus ojos color canela, grandes y siempre abiertos a la curiosidad y al descubrimiento, lo miraban con fijeza. Aquella tarde transmitían una emoción distinta, por enigmática y desconocida.

Su rostro de luna llena, su hoyuelo en la barbilla, las pecas que salpicaban su nariz revelando su amor por la vida al aire libre... y esos rizos traviesos que se liberaban continuamente de la opresión de las horquillas y del refugio impuesto bajo el bonete.

Recordó la osadía —necesaria para su alma— de enroscar su dedo alrededor de uno de aquellos rizos, a modo de sutil caricia, y la forma en la que prolongó la terneza acariciando después los pómulos de porcelana.

Una sonrisa sistemática estiró los labios de Julian ante el recuerdo afectuoso que le ofrecía semejante evocación; pero la evocación enseguida acudió acompañada por la imagen en movimiento de la joven mientras caminaba por el jardín con la ligereza de una ninfa, o mientras se arrodillaba con absoluta disposición, las manos hundidas en la tierra y la sonrisa en los labios en tanto trasplantaba bulbos, y desde esa posición elevaba la mirada hasta el Julian que la observaba siempre atento y admirado, aquel Julian que se deleitaba con las manchas de tierra que apreciaba en el bonito rostro femenino y que la volvía más hermosa de lo que los polvos de arroz podrían volver a cualquier encumbrada señorita...

... y la sonrisa poco a poco declinó hacia un suspiro.

Porque acababa de comprender —o tal vez hacía ya tiempo que lo había comprendido en realidad, tan solo no había sido capaz de admitirlo con plenitud en su entendimiento— que sus paseos por el jardín ya no bastaban.

Tampoco era suficiente agasajarla con flores cada día, tratando de realzar el vínculo que hasta entonces habían compartido.

Ya no bastaba con leer en silenciosa compañía en el invernáculo.

Ni con planificar juntos las futuras ubicaciones de plantas, árboles, fuentes o estatuas...

Aquella amistad tan profundamente enraizada en su alma ya no resultaba suficiente.

Y tampoco resultaba ya alentador pensar en la posibilidad de que se quedara en Willowford al terminar el verano en lugar de regresar a su Berkshire natal, si el lugar escogido para quedarse era Lavender Fields.

Ya no.

No bastaba con soñar despierto, con limitarse a anhelar.

Había llegado el momento de actuar.

De dar un paso al frente.

De atreverse a sostener por vez primera aquella hermosa rosa entre los dedos, en lugar de conformarse con admirarla desde la distancia.

Tragó seco.

Apretó los puños a los costados e inhaló a profundidad por la nariz.

La decisión estaba tomada.