Donde florece el amor Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Para deleite de su devoto séquito, Margaret degustó por completo su taza de té, y aunque no se animó con ningún acompañamiento sólido, el hecho de que aceptara la infusión tibia supuso una gran alegría para todos.

En ese estado de placidez y complacencia tras los angustiosos días recientemente padecidos, vieron sucederse la tarde, disfrutando de la agradable compañía frente a un confortable fuego que lanzaba de cuando en cuando sonoros chasquidos al aire; la perfecta banda sonora para una velada encantadora.

Y mientras Dorothy hablaba con la naturalidad de siempre, una forma quizá como otra cualquiera para que la buena mujer tratara de aligerar la tensión de los últimos tiempos y acercara al instante la pretendida normalidad, Julian descubría una y otra vez los ojos de Margaret reposando sobre él.

Bastaba que él levantara los suyos para que Margaret descendiera la mirada de golpe y la fijara en las manos enlazadas sobre el regazo, en el suelo alfombrado o en cualquier punto de la sala en realidad, siempre perfectamente escoltada de rubores.

Pero apenas transcurrían unos segundos, allí estaban otra vez aquellos dulces iris canela, observándolo con la misma silenciosa insistencia. Como si lo viera por vez primera.

Y resultaba tan intensa, tan profunda y tan distinta la mirada de Margaret de aquellas otras primeras miradas tímidas que ella le había dedicado en el jardín, siempre adornadas de curiosidad y admiración, que no pudo menos que sentirse, una vez más, completamente desarmado.

Y confuso.

Y temeroso.

Daba la impresión de que Margaret pudiera leer en su alma.

Un alma que él mismo le había revelado el día anterior.

Parecía que aquellos ojos dulces pudieran ya verlo por completo.

A él, al niño que fue y al hombre que era ahora.

Dorothy observaba aquel intercambio de miradas y sonreía para sí.

La vida se abría paso en silencio, del mismo modo pausado y amable en el que se abren paso las yemas de la camelia al final de la estación, ante sus propios ojos y con una inocencia encantadora.

Y era completamente apropiado.

Aquellas dos almas que la acompañaban se complementaban tan intensamente, y con un ajuste tan obvio, que resultaba conmovedor comprobar cómo los principales implicados parecían ser los únicos en no percatarse de ello.

Cuando la visita tocó a su fin y Julian anunció que se retiraba, no sin antes prometer que regresaría al día siguiente, Margaret sorprendió a todos al decir que le gustaría acompañarlo hasta el vestíbulo.

Tía Dorothy señaló que no debía agotarse demasiado el primer día que abandonaba el lecho, pero su insistencia fue muy débil en realidad, pues al fin y al cabo el que deseara acompañar a Northwood hasta la entrada suponía un avance —¡otro más!— en el camino de su recuperación.

Ayudada de un bastón, caminó del brazo de su tía hasta el amplio vestíbulo; una vez allí, Dorothy enarboló la excusa de necesitar dar ciertas indicaciones a una doncella que, muy oportunamente, pasaba por el lugar, para conceder unos segundos de intimidad a la pareja y alejarse con la doncella por una puerta lateral.

Parados bajo el umbral uno frente al otro, sin decirse nada y limitándose, tal y como llevaban haciendo toda la tarde, a mirarse con imperturbable intensidad, resultaba obvio que ninguno de los dos encontraba el coraje necesario para despedirse.

Pero la despedida era algo que debía suceder, y así debía hacerse, bajo la amable promesa de volver a reunirse a la tarde siguiente.

—Estoy deseando sentirme fuerte otra vez para poder salir y visitar el jardín. —El tono suave en su voz encerraba un anhelo evidente.

—Y yo estoy deseando que pueda hacerlo —apuntó Julian—, para ser capaz de disfrutar en su compañía de las lánguidas tardes de agosto bajo la sombra del nogal, escoltados por las fragancias de la lavanda y la madreselva.

Margaret exhaló a profundidad y cabeceó, sonrisa en los labios, evocando en su cabeza semejante escena.

—Confiemos en que pronto pueda suceder, si acaso no le importa a usted acoplarse al paso lento de una inválida...

Por toda respuesta, Julian sonrió con amplitud.

—Será un honor, como lo ha sido siempre, acompañarla, Margaret.

Con una reverencia sutil, y ayudada siempre del bastón, Margaret le ofreció la consabida reverencia a modo de despedida. Julian correspondió con el acostumbrado cabeceo.

Y una vez que se dispuso a traspasar el umbral, cuando ya su espalda se ofrecía al interior de la vivienda y el atrio de Lavender Fields se presentaba ante sus ojos bajo las luces oblicuas del ocaso, las palabras de Margaret, apenas susurradas, llegaron hasta él como la suave fragancia de una flor.

—Me gustaría comprobar el estropicio que ha hecho usted con la adelfa usando mis tijeras de podar...

Al escucharlas, su corazón galopó en la cavidad del pecho como un corcel de batalla en plena contienda.

Él nunca había hablado con Margaret de la adelfa ni de la poda discriminada a la que la había sometido en su ausencia.

Salvo...

Salvo aquella tarde, junto a su lecho, mientras ella permanecía inconsciente bajo el sopor y la debilidad de las fiebres, cuando creyó que no lo oía.

Se volvió muy despacio.

Petrificado.

El corazón ya no diferenciaba latidos, convirtiéndose su sentir en una única y sonora pulsación agónica.

Sus ojos se encontraron de nuevo.

Margaret no desvió su mirada, al contrario: la sostuvo con una firmeza inquebrantable.

En sus labios se deslizó una sonrisa apenas insinuada, como la que mostraría la niña que trata de repente de celebrar su inesperada travesura.