Capítulo 17
C uando Julian acudió a Lavender Fields aquella tarde, escoltado por un viento agitado que parecía conceder alas a sus pies —alas que en modo alguno precisaba, pues sabía a ciencia cierta que no existía otro camino que quisiera recorrer— y sobre su cabeza una densa capota de nubes gruesas, violáceas y casi tangibles, supo que su visita no sería como aquellas últimas.
La señora Percy-Barrow lo esperaba en el vestíbulo con una sonrisa radiante ensanchando su anciano rostro y un halo de impaciencia y nerviosismo adosado a cada uno de sus movimientos.
Aquella sonrisa inquieta, perdurable y trémula, y aquellos ojos chispeantes, amén de los ademanes intranquilos, pusieron a Julian sobre aviso.
No obstante, lo alertaron para bien, pues de tratarse de algo aciago, la anciana no consentiría en sonreír de ese modo y conducirse con semejante brío.
—¡Señor Northwood, tenemos excelentes noticias! —exclamó, confirmando las sospechas de Julian—. ¡Margaret se ha despertado esta mañana bien temprano y no ha vuelto a cerrar los ojos!
Julian solo pudo exhalar una profunda bocanada de aire que se fundió con su sonrisa. Sin duda, ciertamente, aquella era la mejor noticia con la que podían recibirlo.
—¡Es una gran noticia, señora, sin duda!
—Ha tomado un poquito de caldo de gallina y un vasito de reconstituyente, y el buen doctor, que acudió hoy a visitarla, recomendó que se levantara de la cama, que, después de las recientes fiebres, permanecer recluida en un espacio con la atmósfera tan cargada no le resultaría saludable para una pronta recuperación.
Seguía Julian sin poder decir gran cosa, de tan liberado y feliz como se sentía, de tan inflamado como notaba su pecho en base a la dicha que lo invadía. Los cielos lo habían escuchado.
En medio de su felicidad tan solo atinaba a sonreír con la misma perpetuidad que había apreciado antes en la anciana, y a hacer rodar en las manos el ramo de rosas silvestres que conformaba su ofrenda diaria.
—Se ha levantado de buena gana, aunque ha necesitado ayuda después de todo este tiempo postrada —la señora concluyó su explicación con un suspiro entre sonrisas, para añadir acto seguido—: Lo espera a usted en la sala —acercó una mano hacia el costado para indicarle el camino a seguir por el corredor—, puede usted adelantarse, si gusta; me reuniré con los dos en cuanto ordene el servicio de té.
Y con una reverencia, sin esperar repuesta alguna por parte del caballero, la anciana cruzó el vestíbulo para desaparecer por una puerta lateral.
Julian se demoró algunos segundos en reaccionar, pues comprendía que había mucho que asimilar en la información recibida y muchas emociones que gestionar a consecuencia de ella.
Una vez que su mente volvió a engranar con cierta sensatez, siguió las indicaciones de la señora y enseguida encontró la sala, pues de todos modos recordaba perfectamente su ubicación desde aquella primera reunión con los ancianos, obedeciendo a la invitación de la propia Margaret.
Al pensar en ello le semejó que habían transcurrido muchos meses desde que se produjera.
Todo parecía tan lejano en el tiempo...
Descubrir a Margaret en su propiedad, presentarse ante ella y entablar amistad, crear entre los dos una rutina que se convirtió en esencial con el paso de los días, la primera visita a Lavender Fields, el desafortunado episodio en el parque de Garden Hill, la enfermedad de Margaret, sus visitas diarias, su desespero infinito, la revelación-confesión-asimilación de sus propios sentimientos...
Se detuvo un instante bajo el umbral, sin atreverse a traspasarlo, pues desde su ubicación descubrió de pronto la silueta de Margaret, sentada en un sillón frente al fuego.
La joven no se había percatado todavía de su presencia y miraba las llamas danzantes con una sublime expresión de apacibilidad retratada en su rostro.
Recogía el cabello en un rodete bajo sobre la nuca del que se desprendían, como ya era habitual, algunos rizos oscuros que enmarcaban su rostro, y se ataviaba con un sencillo vestido de manga larga estampado con florecillas en color beige .
El corazón de Julian se encogió ante tan hermosa y venerada visión y, sin darse cuenta, se encontró apretando con demasiada firmeza el ramo entre las manos.
Se alegraba enormemente de que todo hubiera salido bien, de que Margaret se recuperara y volviera a la vida después de haberla contemplado durante tantas tardes inmóvil.
Después de haber temido lo peor.
Tragó seco.
El corazón golpeaba en su pecho como un mazo contra un cepo de madera.
Porque en medio de su alegría albergaba una preocupación, seguramente pueril, pero que en esos momentos lo inquietaba: ¿cómo debía actuar ante Margaret a partir de ese instante y tras haberle revelado su alma? ¿Cómo debía comportarse cuando había hecho una confesión tan sentida y tan sincera?
Cierto que ella había permanecido inconsciente durante sus visitas y, por supuesto, también permaneció en ese estado cuando él se desprendió de su corazón para mostrárselo en la mano, aún prolijo en latidos.
Pero ¿acaso en medio de las brumas de la inconsciencia habría podido llegar algo a sus oídos, un eco vago tal vez, o la confesión completa de sus sentimientos? ¿Sabría ella algo de cuanto él había hablado? ¿Era consciente de lo que él estaba sintiendo?
En medio de tan atropellada sucesión de pensamientos y dudas, algún ruido o movimiento debió de hacer para que Margaret lo percibiera tal vez por el rabillo del ojo, pues en ese instante ladeó el rostro en su dirección.
Sus miradas se encontraron para enlazarse en la eternidad que encierra un segundo.
Por fortuna para el corazón colapsado de Julian, la reacción de Margaret al descubrirlo fue la de ofrecerle una dulcísima sonrisa.
—Julian... —susurró en tono suave, tal y como susurrarían los ángeles si tuvieran que manifestarse ante un humilde mortal.
Se obligó Julian a reaccionar, a riesgo de presentarse a sí mismo como un auténtico necio o como un individuo patético.
Sonrió, pues aunque se sentía profundamente inquieto, no podía actuar de otro modo ante ella, más que con la sonrisa en los labios y la ternura en la mirada.
—Margaret, ¡qué alegría encontrarla restablecida!
La joven sostuvo su plácida sonrisa, y también continuó con la mirada prendida en Julian.
—Entre, no se quede ahí... —pidió, y acto seguido señaló un asiento cerca de su sillón—. Siéntese a mi lado, se lo ruego.
Julian obedeció.
De inmediato le ofreció el ramo de rosas, que Margaret recibió ampliando la sonrisa y regalándole la visión de sus propias rosas estallando en las mejillas. ¡Cuánto había añorado Julian la adorable contemplación de aquellos rubores adornando de forma constante el bonito rostro cereza y leche!
Margaret acercó el ramo para hundir el rostro en él y aspirar a profundidad su fragante aroma.
—Son nuestras rosas... —suspiró con deleite.
Pareciera que el universo no tuviera a bien ofrecer tregua para el corazón de Julian, pues la referencia de Margaret a nuestras rosas volvió una vez más a desarmarlo. Y acto seguido, a sumirlo en un intenso arrebato emocional.
—Me alegro muchísimo de verla bien, Margaret —dijo, consciente de estarse repitiendo en cuanto decía, o de imitar al necio del que pretendía alejarse—, me había asustado tanto... —Y calló de golpe.
Calló, con el corazón en feroz aleteo, porque palabras similares habían sido las empleadas para iniciar la tarde anterior su discurso revelador.
No obstante, Margaret no pareció reaccionar con reconocimiento ante dicha mención, por lo que Julian, al cabo de un breve lapso de tensión y contención del aliento, se permitió un pequeño relajo.
—Lamento haberlo asustado, Julian —dijo la joven, ajena a las turbulencias emocionales de su acompañante.
Y durante algunos segundos ambos permanecieron en silencio, con las miradas enlazadas y las sonrisas prendidas en el alma y el corazón del otro. Segundos que abrazaron la eternidad y los mantuvieron anclados en una mutua, sentida y silenciosa observación.
Fue Margaret quien, con una sonrisa apenas perceptible, se animó primero a romper aquel silencio que ninguno de los dos parecía dispuesto a abandonar, para regresar al valioso momento presente.
—Estas rosas son preciosas, tan bonitas que parece que la madre naturaleza las hubiera esculpido en porcelana. —Volvió a aspirar su aroma y sonrió.
—En verdad lo son, y han brotado muchísimas a lo largo de esta semana —informó Julian con una sonrisa, deseoso de aligerar la tensión que sentía (¿solo él?) flotando en el ambiente—, le agradará saber que ya cierran por completo el arco de madera sobre el que se sostenían.
—Deben de formar un lienzo precioso —suspiró, con el rostro aún entre los suaves pétalos.
Entonces alzó despacio la cabeza para mirar a su acompañante—.
Muchas gracias por las flores que me ha traído a lo largo de todos estos días; las he visto en mi alcoba y tía Dorothy me dijo que habían sido ofrenda suya, que venía usted cada día con un ramo para mí.
—Silencio. Suspiro prolongado—. No tengo palabras...
Julian cabeceó, agradecido. Temblaba como un junco verde.
—Usted no necesita palabras... conmigo... no las necesita —respondió con una sonrisa. Y de nuevo un silencio extraño, por intenso y vinculante, se instaló entre los dos. Tras una respiración profunda, añadió—: Si usted no podía acudir al jardín, lo natural era que el jardín acudiera a usted...
—Y por supuesto usted no podía dejar de acercarlo a mí. —Lo miró con la misma extraña intensidad sostenida desde el inicio de la conversación, y Julian notó cómo las precarias defensas que todavía se esforzaba en mantener en pie descendían silenciosamente.
***
Tía Dorothy se reunió con ellos poco después, perfectamente escoltada por un completo servicio de té en el que no faltaban las pastas de sésamo y mantequilla o los emparedados de pepino.