Donde florece el amor Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Cuando depositó el ramo de gladiolos al lado de Margaret, manteniendo su habitual contención y la delicadeza implícita en cada uno de sus gestos en todo cuanto a ella concernía, se permitió una licencia que, de haberse encontrado despierta, seguramente no se hubiera atrevido a realizar: acarició un rizo castaño que descendía en suave cascada por la sien derecha para reunirse con la ensortijada marea en el hueco que formaba su cuello contra la almohada.

Una vez liberado el bucle, y en lugar de retirar la mano, se permitió acariciar con los nudillos los elevados pómulos y perfilar después el contorno de una mejilla con el cuidado y la delicadeza del beato que se atreve a tocar por vez primera la adorada figura de su deidad.

Acto seguido, recuperó la mano para reunirla sobre la cubierta del libro con su compañera; y al hacerlo de ese modo, recuperó también el dominio de sí mismo.

Había sido un toque fugaz, apenas una breve terneza hacia quien despertaba en su ser una ternura infinita e indescriptible, pero para el corazón de Julian, que aleteó brioso como un colibrí en torno a su preciosa florecilla, semejante liviandad supuso un soplo de vida en medio de la incertidumbre de los últimos tiempos.

Acababa de tocar a un ángel, y aquel leve contacto lo ayudó a mantenerse a flote en medio de la tempestad.

Acercó la silla al lecho y durante algunos minutos se limitó a mirarla en silencio.

Entregado.

Devoto.

Resignado a la realidad de sus sentimientos.

Leal a ellos.

Incapaz ya de silenciarlos.

—Margaret... —tras susurrar su nombre, inclinó la mirada para perderla en la suavidad nívea de aquellas manos indefensas enlazadas sobre el embozo.

Deseó tocarlas, deseó apresarlas entre las suyas y besar uno a uno los nudillos de nieve, pero por supuesto no se atrevió más que a rozarlas con la mirada—, el jardín la echa mucho de menos...

— elevó la mirada para reposarla esta vez en el rostro hermoso y dulce de la joven durmiente—, los dos lo hacemos, Margaret.

Recordó las lágrimas de la muchacha aquella fatídica tarde y tuvo que silenciarse de golpe, pues sus propias lágrimas, mostrando una impresionante empatía, acudieron prontas a opacar su mirada.

Raudo como un suspiro, apretó con fuerza los párpados con el propósito de aplastarlas y contener la explosión de emoción que parecía dispuesta a comprometerlo.

Y continuó recordando, esta vez, la expresión agónica de la joven y la certeza, mucho más agónica todavía, de haber sido él, de algún modo que no alcanzaba a comprender, el causante de tales lágrimas, y un profundo ahogo se instaló en su pecho.

¿Por qué había huido de él a la carrera? ¿Por qué apreció dolor y desespero en los bonitos iris canela? ¿Qué había hecho para disgustarla tantísimo?

No podía callarse por más tiempo; necesitaba liberarse por fin de dudas, temores e incertezas, y solo podía hacerlo ante ella.

Margaret no lo escucharía, pero a él le bastaría con poner en sus labios sus sentimientos más privados y profundos, con liberarlos de la opresión a la que los había sometido en el confinamiento de su alma, para sentirse vivo, libre, y entender lo que, por entonces, todavía no era capaz de descifrar.

—Margaret... —si iba a expresarse a través del corazón no tenía sentido escudarse en formalismos; por tanto, decidió tutearla—, no creo que ni remotamente alcances a comprender cuán profundamente me has asustado.

—No sonaba a recriminación ni mucho menos, era el dolor del alma reflejado en palabras—.

Cuando la señora Percy-Barrow me habló de tu enfermedad, de esta fiebre horrible que te mantiene postrada en el lecho...

—jadeó, abrumado por la realidad de sus emociones—, por un instante yo retrocedí al pasado y me sentí como el niño asustado que era entonces.

Porque una vez más temí perder a quien... se había vuelto tan importante para mí.

Tragó seco, pero alcanzada aquella difícil sima, no tenía sentido detenerse y flaquear.

—He pasado demasiados días intentando averiguar qué hice mal aquella tarde como para empujarte a reaccionar del modo en el que lo hiciste.

Te juro que he repasado cada conversación...

y sigo sin encontrar la respuesta. —Un jadeo pausado resultó necesario para aligerar el peso que oprimía su alma—.

Solo recuerdo tus lágrimas, Margaret, solo recuerdo tu huida desesperada.

¿Qué hice mal? ¿De qué forma te he ofendido?

—Exhaló por la nariz, necesitado de redención—.

No sé si hago mal al hablarte de este modo, con la sinceridad como ornato de mis palabras, pero llegados a este punto ya no puedo callarme más.

Necesito que entiendas por qué insistí en que me acompañaras a Garden Hill y qué propósito encerraba aquella visita guiada.

—Llegó el momento de tomar aire y obviar cualquier atisbo de duda o nerviosismo—.

¿Recuerdas que te dije que quería construir un estanque?

—Una sonrisa lánguida estiró sus labios—.

No era el proyecto imaginario del estanque lo que quería enseñarte.

Tampoco el cenador. Lo que quería mostrarte era mi plan de futuro para la vida, Margaret —se silenció y bajó la mirada—, y con quién deseaba poder compartirla.

Los sentimientos que lo embargaban eran tan intensos que sentía que le faltaba el aire. En busca de respiro y liberación, exhaló a profundidad su interiorizado desespero.

—Margaret... —movió la cabeza en negación para volver a mirarla de nuevo—, nunca podría imaginar a nadie más habitando ese paisaje... y mucho menos imaginaría a otra persona habitando mi corazón.

El silencio selló de nuevo sus labios, y sus palabras quedaron suspendidas en el aire, como el eco vano de un suspiro.

Incapaz de contenerse en medio de la tormenta de emociones que lo sacudía por dentro, tomó arrojos por fin para acariciar con ternura los nudillos de Margaret, asentados sobre el embozo de la sábana.

—Solo ahora comprendo que tal vez mi proceder no estuvo a la altura de lo que esperabas, puesto que tal vez nada esperabas en realidad y tan solo fui un iluso.

Perdona, en ese caso, a este iluso y perdona su necedad.

Perdóname por sentir tanto y tan profundamente, y perdóname si fui la causa de tu enfermedad.

Preferiría mil veces ser yo quien estuviera postrado.

No hubo reacción alguna por parte de la bella durmiente y, por supuesto, Julian ninguna reacción esperaba ya.

Tan solo precisaba confesarse ante ella, redimirse si algo había hecho mal, revelarle la profundidad de sus sentimientos —y reconocerlos a la vez ante sí mismo— y rogarle al cielo, y a la propia enferma, fuerzas para sanar.

—Margaret, si por alguna gracia del destino puedes escucharme, me atrevo a pedirte un pequeño favor: mejórate, Margaret, o, de lo contrario, ni Garden Hill ni nuestro pequeño rinconcito de paraíso tendrán sentido alguno para mí.

Jamás podría volver a recorrer esos lugares si tú no estás para acompañarme.

De nuevo tragó seco para esta vez tratar de aligerar el nudo que se había instalado en su garganta.

Un intenso picor tras los párpados anunció el colofón a tantas emociones contenidas y por fin liberadas en medio del silencio de una alcoba en penumbra.

Parpadeó con rapidez para ahogar, una vez más y bajo el peso de las pestañas, el desbordamiento de lo que podría fácilmente derivar en un llanto arrollador.

Para tratar de serenarse y centrar sus pensamientos, devolvió la atención al libro que, a modo de salvaguarda, sostenía entre las manos. Parpadeó para clarear la visión y abrió por una página, por una cualquiera, para comenzar a leer con voz débil y pausada.

Julian no lo vio, pero un levísimo espasmo se reveló en el entrecejo de Margaret, mientras que uno de sus dedos, aquel cuyos nudillos había acariciado Julian, tembló apenas.