Capítulo 16
C omo no podía esperarse de otro modo, Julian acudió puntual la tarde siguiente a visitar a Margaret.
Y tía Dorothy consintió que se reuniera con ella a solas en la alcoba durante algunos minutos.
¿Qué malignidad podía acarrear semejante concesión cuando la joven se encontraba postrada y él parecía tan sinceramente preocupado por ella?
Aquellas visitas no encerraban picaresca alguna, tampoco una intencionalidad censurable; en realidad, obedecían a una inocencia y a un afecto que resultaban ya por completo imposibles de obviar.
Y por supuesto ella no pretendía obviarlos.
Así pues, esperaría en el pasillo, al otro lado de la puerta entreabierta, en su papel de acompañante silenciosa y discreta ante las visitas de Julian Northwood a su protegida. La reputación de la joven permanecería perfectamente a salvo.
Fuere como fuere, la anciana no precisaba de grandes argumentos para autoconvencerse de acceder a proporcionar cierta intimidad a la joven pareja, y mucho menos contaba con la dureza de corazón requerida para negarle a Northwood una petición que parecía implorada.
El caballero nada había expresado mediante palabras, pero las arrugas de su frente, sus labios apretados y curvados hacia abajo y la postura envarada reflejaban cuanto la anciana necesitaba saber.
Cuando Julian traspasó la puerta de la alcoba, sus ojos volaron raudos y de forma inevitable hasta la silueta postrada de Margaret.
Y al descubrirla de ese modo, tan lejos del jardín y de esa aureola de color y vida que normalmente la acompañaba, el corazón le dio un vuelco.
Y la respiración se suspendió un largo instante.
De ese modo, afligido y ahogado, se concedió unos segundos para observarla desde su posición bajo el umbral.
¡Qué pequeña y frágil parecía! ¡Qué florecilla delicada, rodeada de encajes y raso! ¡Qué distinta semejaba aquella Margaret de la Margaret que había descubierto, cual hada del bosque, en el jardín!
Y, no obstante, seguía viéndose bonita a pesar de la enfermedad...
Su rostro de luna llena continuaba igual de hermoso y dulce, candoroso como el de una muñeca de porcelana, aunque sin duda mucho más pálido que de costumbre y un tanto hundido bajo los pómulos.
No le pasaron por alto tampoco los arcos violáceos bajo los párpados cerrados ni la lividez de sus labios, antaño sonrosados como dos fresas partidas por gala en dos.
Pero el cabello rizado enmarcaba con gracia su cara y, de no ser porque era obvio que se encontraba sumida en un estado de inconsciencia —la anciana lo había informado de que apenas una hora antes de su llegada había soportado un pico elevado de fiebre—, pudiera parecer que dormía.
Plácidamente.
Como un ángel.
Cruzó la estancia para sentarse en una silla que acercó al lecho.
Le agradó encontrar su ramo de salicarias del día anterior dentro de un jarroncito de cristal en una mesita al lado de la cama de Margaret, y ese descubrimiento le arrancó la primera sonrisa.
Con la mirada inamovible en la delicada figura ataviada con un camisón de encajes que el fino embozo de la sábana permitía a la vista, no dudó en depositar cuidadosamente el ramo de ese día sobre la colcha, muy cerca del rostro de la joven.
—Margaret... —habló con suavidad, con el mismo tono que emplearía para dirigirse a ella si se encontraran ambos otra vez en el jardín—, le he traído un ramillete de lavanda y espliego, sé que son sus preferidas —sonrió por segunda vez—, espero que le agradaran las salicarias y los lirios de ayer.
Por supuesto, ella no respondió. Continuaba dormida, sumida en ese limbo de desmayo que secunda los estados de debilidad y calentura.
Julian, quien parecía resignado a esa realidad, continuó conversando con ella, dotando sus palabras de naturalidad y devoción.
—Me he permitido la licencia de traerle algo más —dicho esto, rebuscó en el interior de su chaqueta para extraer un libro formato bolsillo, encuadernado en cuero—, no sabía si había concluido ya su lectura de la señora Burney, pero recordé que le prometí prestarle mi poemario del señor Burns —una sonrisa dulce y condescendiente estiró sus labios por tercera vez—, espero que no le importe que sea yo quien le lea.
Si no le incomoda, le leeré un poema cada día, y cada día también le traeré un ramo de flores de nuestro jardín...
—suspiró con levedad—. Le prometo, Margaret, que vendré cada tarde y que no me moveré de aquí.
Y dicho esto, aunque Margaret continuaba, como era obvio, sin ofrecer reacción alguna, Julian tomó aire y abrió el libro por la primera página.
Tras aclararse la voz, principió a leer con tono claro, suave y pausado.
Desde el corredor, Dorothy escuchaba con lágrimas en los ojos el afectuoso monólogo de Julian y sintió el corazón doblegado de gratitud ante la devoción que apreciaba en cada uno de los gestos del caballero...
, aunque seguramente ni él mismo fuera consciente todavía de la grandeza de cuanto encerraban.
***
Julian depositó con sumo cuidado el tercer ramo sobre el lecho, esta vez uno compuesto por flores de salvia entremezcladas con cosmos de un tono fucsia vibrante, a un lado del cuerpo inmóvil de Margaret.
Le agradaba comprobar cómo sus ofrendas florales eran cada día colocadas en un jarrón con agua fresca, y aunque las flores de los primeros días ya no aparecían tan lozanas, el hecho de que las mantuvieran allí, resistiendo todo el tiempo que fuera posible, fue un gesto muy importante para él.
De ese modo Margaret contaba en su alcoba con un pedacito de jardín que Julian acercaba a diario para ella.
Y de ese modo también entendía que a los ancianos parientes de Margaret les agradaban sus visitas.
Antes de entrar a la alcoba, la señora Percy-Barrow le había señalado que los periodos de fiebre se habían reducido, Margaret ya pasaba más tiempo con la temperatura normalizada e incluso los lapsos de consciencia se habían incrementado.
Al parecer, y según el doctor había informado esa misma mañana tras su evaluación, la infección parecía estar remitiendo. No obstante, debían mostrar paciencia, pues su cuerpo todavía luchaba para tratar de restablecerse.
Era natural, pues, que permaneciera mucho más tiempo letárgica que despierta, al menos hasta que se fortaleciera lo suficiente como para acometer una rutina regular. Consideró Julian que con aquella información la anciana pretendía solicitarle paciencia ante el estado adormilado de su protegida.
Desconocía la buena mujer, tal vez, que Julian estaba más que dispuesto a mostrar toda la paciencia del mundo en lo que a Margaret se refería.
Una vez más acercó la silla a la cama y, antes de prepararse para leerle un nuevo fragmento del poemario, se permitió dirigirse a ella para acercarle novedades que, a buen seguro, la hubieran hecho muy feliz de haberse encontrado despierta.
—Creo que le gustará saber, Margaret, que la salvia ha dado muchas flores nuevas, de hecho he recortado algunos tallos para traérselos hoy y que pueda comprobar por usted misma su abundante floración, aquello parece a estas alturas un auténtico océano violáceo...
—La sonrisa acudió a los labios ante su propia broma.
Se pausó un instante sin apartar de ella la mirada, como si de algún modo esperara una respuesta que no se produjo—.
Las dedaleras crecen por todas partes e incluso me he permitido usar sus tijeras para podar algunas ramas desbocadas en la adelfa.
Confío en no haber hecho nada irreparable, pero...
¡a este paso el arbusto que dejó usted acabaría muy pronto convertido en un auténtico árbol!
—Perdurando la sonrisa y el tono hilarante, suspiró.
Margaret no reaccionaba. Su expresión era de completa placidez, sus pómulos ya no se contemplaban tan lívidos y hasta sus labios imitaban la tersura sonrosada de las fresas.
Lo peor, por fortuna, parecía haber quedado atrás, pero eso no restaba importancia a la aflicción que lo embargaba cada vez que observaba a Margaret, a la ingenua y espontánea Margaret, como un lirio replegado antes del anochecer—.
Por cierto, la peonía que me regaló ha asomado ya su primera flor.
—Su sonrisa encerraba ahora un dolor latente—.
Se ha convertido en mi pequeña confidente tras los muros de Garden Hill.
«En mi amiga, en ausencia de la única amiga con la que contaba hasta el momento».
Con un nuevo suspiro y la sonrisa todavía en los labios, inclinó la mirada hacia el libro que sostenía en las manos. Había un claro brillo de resignación y lamento en sus pupilas.
Lo abrió en procura de la página donde lo había dejado el día anterior y, tras insuflarse arrojos a sí mismo aspirando una profunda bocanada que exhaló a continuación con sonoridad, principió a leer.
Desde su obligada posición de centinela moral en el corredor, tía Dorothy inclinó la mirada a sus manos enlazadas sobre el regazo y forzó una sonrisa de labios apretados, consciente de la respetuosa devoción y la nobleza de los sentimientos que aquel joven caballero mostraba hacia la dulce y muy querida Margaret.
***
Regresó Julian otra tarde más a Lavender Fields, esta vez con un hermoso ramo de gladiolos anaranjados anudados con bramante.
Su rostro rezumaba alegría, pues se había cruzado en el atrio con el galeno y este le había referido noticias muy esperanzadoras respecto a Margaret.
Al parecer, la joven había pasado las últimas veinticuatro horas sin atisbo de fiebre, e incluso, durante el breve espacio de tiempo en el que había abierto los ojos, había ingerido un poco de caldo de gallina.
Muy poco, a decir verdad, apenas un par de cucharadas, pero no dejaba de ser una maravillosa noticia después de todo. Y un gran avance en su enfermedad.