Donde florece el amor Capítulo 15
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Capítulo 15

C uando Margaret despertó, se encontró tumbada en su cama.

Según le contó tía Dorothy, quien la recibió en su despertar con su sempiterna sonrisa amable y una caricia en la cabeza para acomodarle los rizos sobre la frente, una doncella la halló desfallecida en el suelo de la alcoba, casi obstaculizando la puerta, cuando procedía a avisarla para la cena.

Entre varios sirvientes consiguieron llevarla hasta la cama, donde la dejaron dormir, bajo supervisión.

Y de hecho durmió sin despertarse hasta el día siguiente, por lo que tía Dorothy atribuyó simplemente su debilidad a un cansancio extremo. ¡Había trabajado tan duramente en el jardincito de Garden Hill!

No obstante, con aquel nuevo día no se reveló viso alguno de recuperación física; el cansancio continuaba latente, por más que Margaret se esforzara en disimularlo; también el desánimo y la inapetencia, pues con una sonrisa de disculpa en los labios, tratando siempre de restar importancia a su proceder para no preocupar a sus ancianos tíos, dejó casi intactos el desayuno y la posterior comida.

Por la tarde, en lugar de acudir al jardín, se quedó en casa, recogida discretamente en un rincón de la sala mientras la tía jugaba al bridge ; y de ese modo, entre claroscuros y casi hundido su menudo sayo en el sillón orejero, trató de concluir la lectura de Camilla.

Pero a pesar de restarle muy pocas páginas para el final, no fue capaz de avanzar ni un solo párrafo desde donde lo había dejado. Releía la misma frase una y otra vez sin poder concentrarse y hasta el sencillo gesto de sostener en alto el libro parecía cansarla.

Dorothy la observaba de forma furtiva y la apreciaba cada vez más pálida, cada vez más debilitada y taciturna. Le ofrecieron hojaldres de miel, ponche de huevo y golosinas varias, pero Margaret rechazaba con amabilidad todos y cada uno de estos ofrecimientos.

No obstante, cuando la anciana preguntaba, preocupada por cuanto observaba, la joven insistía en que se encontraba bien, tan solo un poco cansada tal vez, y que, seguramente, el día siguiente sería mejor y le apetecería hacer más cosas.

«Debe de encontrarse en verdad exhausta, pobrecilla —concluyó, obligándose a tranquilizarse ante la porfía de la propia Margaret referente a su bienestar—, quizá en realidad estoy exagerando — tía Dorothy en verdad no creía en esto, pero se forzaba a convencerse de ello—, tal vez no se trate de nada que no pueda arreglarse con consomés de pollo y vino dulce... », insistía para sí.

Con semejante consigna impuesta por ella misma, y por las afirmaciones de la propia Margaret, Dorothy, bajo un ceño fruncido a severidad, callaba, pero en el fondo sospechaba que algo no iba bien.

La querida Margaret parecía descender de forma precipitada hacia un abismo de deterioro.

Por infortunio, las sospechas de tía Dorothy resultaron acertadas, pues al cuarto día y tras una noche de agitado insomnio, apareció finalmente la fiebre.

***

El doctor personal de los Percy-Barrow acudió presto a la llamada de tío Arnold y, tras permanecer durante sus buenos treinta minutos examinando a la joven Margaret, el galeno determinó que la muchacha padecía «unas fiebres infecciosas a consecuencia de haber sufrido una profunda impresión emocional que sin duda ha debilitado notablemente sus fuerzas».

Procedió a realizarle una sangría y, acto seguido, tratar de tranquilizar a los ancianos, asegurándoles que si bien la muchacha se encontraba muy débil, también era joven y en tales circunstancias las recuperaciones solían aventajar con creces a los casos más desventurados.

Tan solo restaba esperar y confiar en el designio divino.

Se retiró tras añadir que si apreciaban algún cambio en la paciente lo mandaran a avisar de inmediato, fuere la hora que fuere. En caso contrario, acudiría a visitarla en un par de días.

De ese modo, Margaret pasó las siguientes horas alternando momentos de inconsciencia —durante los cuales no faltaron delirios, temblores y una exagerada sudoración— con episodios de lucidez y esperanza de una pronta recuperación, todo ello siendo abrazada de forma permanente por una gran debilidad física.

Siguió sin ingerir nada sólido, más allá del caldo de pollo que la anciana se esforzaba en acercarle a los labios, pero Margaret apenas consentía en humedecerlos antes de volver a sucumbir a la inconsciencia.

Al día siguiente y para sorpresa de Dorothy, Julian Northwood apareció en Lavender Fields.

Portaba un bonito ramo de flores silvestres entre las que destacaban las salicarias y los lirios amarillos, y en su rostro una viva expresión de inquietud.

—¡Señor Northwood, qué sorpresa! —A pesar de pretender sonar alegre y despreocupada, una profunda desazón fue evidente tanto en el tono como en el gesto de la anciana—. No esperábamos su visita...

Julian carraspeó. Posiblemente lo que la anciana trataba de hacerle entender, aunque con sutileza y palabras suaves, era que Margaret no deseaba recibirlo.

Habida cuenta del modo en el que finalizó su último encuentro, días atrás, resultaba del todo comprensible, si bien su corazón se negara a comprenderlo.

—Yo... —y se silenció un instante, pues fue consciente del tono balbuceante que acudió a secundar sus palabras.

Ceño fruncido a severidad, tomó aire por la nariz, lo retuvo algunos segundos en los pulmones y acto seguido trató de expresarse con la requerida dignidad— espero no importunarlos con mi presencia, señora Percy-Barrow, pero lo cierto es que...

—pausa para suspirar y ordenar sus pensamientos, aquellos que debían ser puestos en los labios— lo cierto es que no pude evitar sentirme preocupado por Margaret...

—se corrigió de inmediato, consciente de su desliz—, ¡...

por la señorita Ashford! Hace días que he acusado su ausencia en el jardín que tanto disfruta de cuidar y visitar, y pues...

De nuevo se silenció, obligado por la congoja que acudió de inmediato a sellar sus labios.

Inclinó la mirada hacia el colorido ramo que hacía girar con nerviosismo entre las manos y que había pretendido que actuara a modo de disculpa o reconciliación, y la emoción cerró de forma definitiva su garganta.

La visión de aquellas flores, hermosas en su sencillez, que tantas tardes había contemplado y admirado en deliciosa compañía acudía a atenazar su elocuencia y su capacidad de expresión.

De ese modo, y por suerte para el valor de su dignidad, calló que durante todo aquel tiempo había acudido puntual al jardín con intención de reunirse con ella.

Cada tarde.

De cada día.

Había esperado con infinita paciencia hasta que las postreras luces del atardecer descendían de forma oblicua sobre los sauces blancos, y la certeza de que Margaret ya no acudiría se hacía palpable.

Había padecido su dolorosa ausencia, que sin duda se volvía más penosa en compañía de todas aquellas cosas y rincones que habían sido felizmente compartidos, y dicha ausencia le había llevado a comprender de golpe, como quien recibe un puñetazo inesperado en la boca del estómago y se ve obligado a lidiar con ello, todo lo que ya resultaba por completo inevitable.

Compadecida sin duda ante el padecimiento silencioso del caballero, entendiendo en base a dicho silencio mucho más de lo que podría entender si el joven Northwood lo hubiera expresado con palabras, la veteranía y la sensibilidad de tía Dorothy la llevaron a comprenderlo todo.

—Señor Northwood, Margaret —utilizó su nombre de pila a propósito, pues no le había pasado por alto ¡ni mucho menos! el hecho de que Julian había obrado del mismo modo segundos antes— se encuentra indispuesta.

Julian elevó la mirada del ramo de flores para aposentarla en la anciana. Sus pupilas centelleaban de preocupación bajo un ceño fruncido con severidad.

Aspiró una profunda bocanada antes de poder expresar su angustia:

—¿Indispuesta?

Recordó el dolor que apreció en el gesto de Margaret aquella última tarde, y el modo en el que le recriminó, envuelta en la certera promesa del llanto, que no deseaba ver todo cuanto le mostraba, para acto seguido alejarse de él a la carrera. Como un pajarillo herido.

—Sufre de fiebres infecciosas —aclaró tía Dorothy—, el doctor de la familia la ha visto hoy, le ha aplicado una sangría para tratar de limpiar el malestar de su cuerpo...

Julian no podía asegurar si la señora había continuado hablando, pues él había dejado de escuchar en ese preciso instante.

Tan solo era capaz de comprender, y todo ello con doloroso entendimiento, que Margaret se encontraba enferma y que permanecía postrada en el lecho, a merced de las fiebres.

Su mente retrocedió de inmediato a un pasado lejano para acercarle la visión de su propia madre tumbada en su cama, sumida en la inconsciencia, pálida y temblorosa, sombreados sus párpados cerrados con la violácea sombra de la ojera, mientras él no había podido hacer nada por ella... , más que llorar desde la distancia.

Tragó seco.

Entonces era un niño, no había podido ni sabido reaccionar a tan horrible circunstancia. Incluso su padre lo había alejado de la alcoba materna, pues un chiquillo de tan corta edad, había dicho entonces, no debía atestiguar determinadas circunstancias.

Ahora era un hombre.

Nadie podría alejarlo.

—¿Qué puede hacerse por ella? —Tales palabras acudieron a sus labios para ser expresadas con firmeza y rotundidad—. Si existe algo que yo, en lo particular, pueda hacer...

Dorothy lo miró compadecida. Y agradecida por su sentir.

—Nada, señor. Salvo esperar. Se encuentra todavía muy débil, pero confiamos en que se recupere. El doctor confía también en ello.

Julian exhaló con largueza y sonoridad. A continuación, ceño fruncido con severidad, cabeceó en asentimiento y le entregó el ramo a la anciana.

—Por favor, entréguele estas flores, las he recogido personalmente para ella...

en el jardín. — S u tono, que había flaqueado al principio, recobró firmeza—.

Solicito su consentimiento, señora, para visitar a la señorita Ashford a partir de mañana y hasta que se recupere del todo...

—la firmeza mostrada pareció quebrarse por un instante para susurrar apenas sus siguientes palabras—, se lo ruego...

Dorothy lo observó en silencio, y la sonrisa sincera y emotiva que estiró sus labios apretados fue sin duda su mejor respuesta.