Capítulo 14 #2
Un cenador precioso decorado con enredaderas esculpidas en el propio hierro..., pero del que podrían entrelazarse también hermosas glicinias, jazmines olorosos o dondiegos de noche que harían las delicias de quienes disfrutaran bajo su influjo de la tranquila nocturnidad de Garden Hill.
¡Oh, y qué maravilloso sería permanecer allí mismo, como quien forma parte de un maravilloso sueño!
Pero entonces, como si una mano perniciosa apareciera de la nada para barrer a zarpazos la bonita visión efímera que Margaret, inducida por Julian, había invocado, surgió otra imagen, una mucho más potente, nítida... y dolorosa.
¡Insoportable!
Porque Margaret comprendió que estaba observando —¡que Julian le estaba mostrando!— el lugar en el que algún día, tal vez no muy lejano, viviría otra mujer. Ophelia Jones, pudiera ser, o ¿quién sabe? Tal vez cualquier otra.
Pasearía del brazo de Julian bordeando el bonito estanque plagado de garzas y lirios amarillos. Escucharía el sonoro croar de las ranas y contemplaría su rostro en el aquietado espejo que formarían sus aguas.
Y ese rostro, esa mirada feliz y esa sonrisa complacida no serían los suyos.
La sonrisa evocadora que bailaba en sus labios se erradicó de golpe, dando paso a un rictus de labios apretados, lívidos de la impresión. Un severo ceño oscureció su semblante mientras el velo acuoso de las lágrimas que se anunciaban prontas a derramarse empañó sus pupilas.
Tragó seco, pero el nudo en la garganta resultaba inamovible. Casi tanto como el peso agónico que acababa de instalarse sobre su corazón.
Y allí en la lejanía, bajo el cenador que tan solo existía en la imaginación de Julian —¡y ya en la suya!
— una mujer que no era ella contemplaría las estrellas entre los brazos de Julian, quien le enseñaría el nombre en latín de cada constelación, del mismo modo que le habría enseñado ya el de cada especie vegetal plantada en el parque.
Para ella, fuere quien fuere.
Un sollozo sonoro huyó sin permiso entre los labios de Margaret, sobresaltándola ante lo inesperado de su aparición.
Un dolor extraño, agónico, duro e impávido como el rayo que tronza un tronco que se creía estable la traspasó por dentro, orillándola a un abismo al que nunca antes se había asomado y que, entonces, la espantaba ante lo insondable y oscuro de su forma.
Una mano voló al pecho para aposentarse sobre el lugar bajo el que galopaba, agónico, su corazón. La otra mano hizo lo propio a los labios para ahogar el brote de nuevos sollozos.
—Margaret, ¿se encuentra bien? —Julian la vio doblegarse como un pequeño junco sacudido por el vendaval y adelantó un brazo para tratar de sostenerla, pero ella, que sorprendentemente continuó en pie, retrasó un paso para evitar el agarre.
—¡No puede mostrarme esto, Julian! —exclamó, ahogada en sollozos—. ¡No es justo! ¡No puede hacerlo!
Julian no comprendía. Solo alcanzaba a observar con respeto la extraña reacción de la muchacha, que parecía al borde del llanto, temblorosa y agitada, mientras le dedicaba una mirada preñada de dolor.
—¡No puede hacerlo! ¡No! —continuó ella—. ¡Y yo no quiero verlo! ¡No puedo verlo!
Dicho esto, ante la mirada impotente de Julian, Margaret tuvo la prestancia de sujetarse las faldas a puñados, girar sobre sus talones y alejarse de allí tan rápido como pudieron soportarlo sus piernas trémulas y debilitadas por la impresión.
Julian quiso correr tras ella, quiso preguntar, retenerla, intentar hablar con ella para tratar de entender...
... pero por fortuna comprendió a tiempo que no eran aquellos el momento ni el lugar adecuados para hacer tal cosa y que Margaret, tan impresionada como parecía, necesitaría tiempo y distancia emocional.
Aunque le doliera el alma verla en semejante estado de desespero, la dejó ir, resignándose a contemplar su huida con la misma emotividad y sentimiento de quien observa el vuelo indeterminado y zozobrante de un gorrioncillo rescatado que es liberado en plena naturaleza y se aleja... se aleja.
***
Margaret llegó a Lavender Fields completamente desbordada por las lágrimas, que empapaban su rostro acalorado en un claro reflejo de su desazón interior.
En efecto, había realizado todo el trayecto de regreso a plena carrera, o al menos a todo cuanto pudieron soportar sus piernas trémulas en base al nerviosismo.
Quizá fuera debido a esto último, o al esfuerzo exigido durante un ejercicio tan extremo, que una vez que alcanzó la residencia de sus tíos se vio obligada a detenerse en el atrio y sostenerse contra la balaustrada que escoltaba la escalinata principal, con tal de no desfallecer.
Tal cosa era lo que sentía que estaba a punto de suceder.
Aparte de una notable carencia de oxígeno en su cuerpo, que reaccionaba a la reciente exigencia física mediante jadeos y resuellos ahogados, sentía la cabeza a punto de estallar, la visión nublada y el pecho aplastado por un peso excesivo que no ayudaba en la recuperación respiratoria.
Una mano voló al agitado escote para asentarse sobre el lugar exacto bajo el que bombeaba el corazón, pero la agitación que notó bajo los dedos era tal que sintió miedo, pues en vez de palpitaciones espaciadas sentía un único y feroz zumbido desorbitado.
Demoró unos segundos en entrar a la vivienda; necesitaba recomponerse, respirar y mostrar una cierta entereza, pero a pesar de haberse concedido un breve lapso para ello, no pudo entrar sino fue tambaleándose.
Tuvo que sostenerse de nuevo, utilizando paredes, ménsulas, balaustres y cuanto soporte encontrara en su camino, con tal de sostenerse y no desfallecer.
Pero el martilleo en las sienes no se reducía, la visión no clareaba ni el peso en su pecho se aliviaba.
Por fortuna ni tía Dorothy ni tío Arnold asomaron en ningún momento para descubrirla en una posición tan completamente desvalida e impropia. Tampoco, o al menos eso le pareció a ella, ningún sirviente se percató de su humillante aparición.
Asistida por las propias paredes de la vivienda, por el sobrio pasamano y por las puertas cerradas que encontraba a su paso en el corredor, consiguió alcanzar su alcoba para encerrarse en ella.
Una vez en la intimidad de esta, conforme hubo cerrado la puerta tras de sí, apoyó la espalda y la cabeza en el tablero y se dejó resbalar hasta el suelo. Sentía que no podía más. Un dolor físico intenso la traspasaba por completo.
¿Qué acababa de suceder?
No era capaz de definir lo que le pasaba, pues sentía tanto, tan intensamente y todo ello tan a la vez, que no era capaz de soportarlo.
Julian, Julian... acababa de pintar ante sus ojos, con la vivacidad y el realismo de un auténtico maestro, lo que sería su futuro.
El suyo. El de él.
Un futuro que compartiría con cualquier otra mujer —según había mencionado la señora Hartfield en su día, seguramente esto sucediera antes de que terminara el verano—, y Margaret tan solo atinaba a entender que no estaba preparada para soportar semejante realidad.
Conforme estos pensamientos desfilaban con rapidez por su cabeza, los sollozos huían con sonoridad entre los labios. Las manos acudieron raudas para tratar de silenciarlos y de ese modo acabaron humedecidas por los regueros imparables de lágrimas que surcaban el rostro de luna llena.
El dolor en el pecho se volvió agudo y pareciera que fuera a traspasarla de adelante a atrás, pues en un momento dado la espalda empezó a resentirse mediante pinchazos que le arrebataban el aire.
Las punzadas en las sienes resultaban también insoportables... y de ese modo supo que, en efecto, no iba a ser capaz de soportarlas.
Los párpados se cerraron lentamente, llenando su presente de oscuridad.