Donde florece el amor Capítulo 14
66%

Capítulo 14

T odavía no alcanzaba a comprender por qué había acudido en realidad aquella tarde al jardín.

Desde la velada en Lavender Fields creía haber asumido que lo más saludable para ella, emocionalmente, era tomar distancia; sin duda esa sería, a su parecer y entendimiento, la única forma segura de protegerse: debía dejar de ver a Julian Northwood.

Había de alejarse, por tanto, del jardín donde sabía que lo encontraría, del lugar que hasta entonces había sido refugio y bálsamo contra cualquier herida del alma.

Sin embargo, y una vez que la tía Dorothy se entretuvo con sus amigas durante su habitual partida de bridge edulcorada con cotilleos varios, sus pies fueron los que tomaron la iniciativa para guiarla fuera de la mansión y conducirla directamente al jardincito de Garden Hill.

¡Oh, pies traicioneros! ¡Oh, desleal cotidianeidad, que actuaba sobre su ser aun en contra de la penosa voluntad de la pobre Margaret!

Resignada a su escasa capacidad de resistirse al llamado del jardín, se adentró en su quietud con el paso lento y cadencioso de quien necesita realizar un recorrido conocido —y afecto— para sentirse seguro y en calma.

De ese modo, deleitándose en la contemplación de las distintas plantas que ella misma había trasplantado, podado y cuidado, caminó muy despacio sobre el suelo trebolado tratando de no pensar en nada más que en la bonita acuarela que la rodeaba y que, de algún modo, ya formaba parte de su alma y de su corazón.

¿Sería capaz de hacer algo así? ¿Sería capaz de pasear por aquel lugar y ver tan solo naturaleza... y nada más?

Al menos debía intentarlo.

Inhaló profundo y el aroma a humedad procedente de la tierra recientemente regada por la lluvia traspasó de forma agradable sus fosas nasales.

Caricia para sus oídos fue el cántico melodioso de los gorriones y de los jilgueros que saltaban por y desde todas partes, deslizándose a media altura entre el follaje en graciosas cabriolas rasantes.

Los colores fluían desde todos los confines del jardín; desde el múltiple colorido que brotaba de las pasifloras al suave tono de la flor del sauco, pasando por los violáceos vibrantes de las espigas de lavanda y los fucsias de la abundante verónica o las campanillas de la dedalera.

Pero entonces, y de forma inevitable, contempló el nogal bajo cuya sombra amiga Julian y ella habían gastado media tarde sin hacer nada, más que concederse mutua compañía y miradas fugaces.

Recordó la apacibilidad con la que él parecía haberse quedado dormido entonces y cómo ella felizmente se dedicó a velar su sueño mientras disfrutaba de un momento que, temía ahora, jamás pudiera volver a repetirse.

Continuó caminando, esta vez apretando un poco más el paso ante la necesidad de evadir la visión del nogal, pero al instante distinguió al fondo del jardín el pequeño invernáculo, a través de cuyos paneles acristalados pudo contemplar su interior, y de ese modo también aquellos viejos cajones de madera sobre los que ambos se habían sentado durante más de una tarde, leyendo en silencio y compartiendo hermosos momentos que, al parecer, asomaban ahora a su cabeza aun sin ser llamados.

Incluso a pesar de tratar de evitarlos.

Se escudó, tratando de hacer lo mismo que hizo en cuanto vio el nogal: apuró el paso un poco más para intentar huir, pero no se puede huir cuando aquello de lo que huyes ya forma parte de ti.

Así, con devastadora rapidez, el enorme rosal silvestre en cuyo pie crecía la peonía superviviente, y cuyo vástago la propia Margaret había trasplantado a un tiesto para que pudiera acompañar a Julian tras los muros de Garden Hill, surgió ante sus ojos como una suerte de dolorosa aparición.

Torció el gesto en un delator viso de angustia mientras tras el interior de sus párpados enrojecidos se gestaba un horrible picor.

Se llevó una mano a la frente perlada de sudor frío, y trató de serenarse.

No tenía sentido avanzar más rápido, o girar a cada tanto hacia otro ángulo distinto con la pretensión de dar la espalda a aquellos entornos que evocaban momentos, pues todo en aquel jardín le recordaba a Julian de un modo inevitable.

Él era parte, como ella misma, de aquel delicioso paraíso.

Suspiró con largueza, entremezclándose su suspiro con el eco de un liviano gemido.

El sonido de pasos a su espalda, sobre la grava del sendero y las baldosas de terracota, la alertó de que no se encontraba sola.

El corazón principió a martillear con ferocidad ante la certeza de la identidad del recién llegado.

Se volvió despacio para descubrir, como no podía ser de otra forma, que Julian se acercaba a ella con su sempiterna sonrisa en los labios y su penetrante mirada oscura fija en su persona.

Rogó al cielo porque él no pudiera apreciar su desazón física y mucho menos el vergonzoso quiebro que reflejaron sus rodillas al entrechocarse bajo las faldas.

Por fortuna, no descubrió en su expresión nada que lo alejara de su habitual naturalidad y temple, y semejante descubrimiento consiguió de algún modo calmarla un ápice.

—Margaret... —Le ofreció el consabido cabeceo de cortesía, adornado con una sonrisa.

—Julian... —Todavía trémula y nerviosa, Margaret respondió con una tímida reverencia.

—Me preguntaba si le agradaría acompañarme a dar un paseo hasta el parque de Garden Hill —soltó él sin preámbulos, sonrisa amplia en los labios y mirada apacible—, la última vez quedó una parte importante sin mostrarle y me apetece mucho hacerlo.

Margaret, quien había alimentado la silenciosa pero pertinaz consigna de mantener ciertas distancias con Julian, no pudo permanecer firme en su empeño a la vista de que él parecía comportarse tan encantador, correcto y amable como siempre. Una punzada de culpabilidad atravesó su corazón.

¿Acaso ella era quien actuaba y se comportaba de forma errada? ¿Acaso exageraba en sus tribulaciones? ¿Acaso todo seguía igual que siempre y solo ella había conjeturado fábulas insensatas en su cabeza?

—¿Qué me dice? ¿Aceptaría acompañarme a ver esa parcela que desconoce?

Se rindió, puesto que no tenía corazón de negarle a Julian una petición tan sencilla y que, a su vez —¿a qué negarlo?

— a ella también le apetecía mucho. Contemplar un amplio espacio verde bien cuidado y dedicado específicamente al estatus de jardín siempre resultaba un auténtico placer para quien amaba la naturaleza en general y las plantas en particular.

—Sí, le acompaño gustosa, Julian —concedió con una sonrisa que reflejaba, secretamente, su rendición.

Julian recibió su consentimiento con muchísimo agrado, y esto se reflejó en el brillo de felicidad que centelleó en sus pupilas y en la sonrisa que formó en sus mejillas los encantadores hoyuelos que Margaret ya había distinguido en más de una ocasión.

***

Julian deseaba mostrar a Margaret, tal y como le había explicado, la parte posterior del gran parque de Garden Hill.

Esa zona, una amplia parcela casi virgen en la que los anteriores propietarios no habían dejado todavía su huella estructural, albergaba los proyectos de futuro de Julian, pues era el lugar que él, como propietario actual de la finca, se encargaría de reestructurar a su gusto y bajo sus ideales personales.

Mientras se acercaban a la parte posterior de la finca, un ligero bulle bulle agitó sus entrañas y avivó su pulso.

Pero no se trataba tan solo de eso: de ofrecerle un paseo entretenido con el que disfrutar otra tarde en perfecta y maravillosa compañía. Existía un secreto anhelo en su propósito.

No solo deseaba mostrar a Margaret una parte importante de la propiedad que no había tenido tiempo de enseñarle en su visita anterior, sino que era su deseo mostrarle el lugar donde él pretendía perpetuar su futuro...

... y de ese modo hacerla a ella partícipe de ese mismo futuro.

Como un niño pequeño que pretende agasajar a su acompañante con una sorpresa que considera encantadora, conforme se acercaban al lugar su nerviosismo y su impaciencia se acentuaron.

Se podía apreciar en el modo en el que se humedecía los labios de forma sistemática o en cómo las manos se retorcían con demasiada insistencia.

Una vez que alcanzaron un punto ligeramente más elevado desde el que se podía apreciar el vasto terreno que se extendía ante sus ojos como un remiendo verde infinito, Julian comenzó a explicar sus proyectos con gran emoción:

—¿Ve ahí, al fondo, esa zona al pie de los dos alisos que crecen emparejados?

—Margaret, siguiendo la indicación de Julian, cabeceó en asentimiento—, ahí pretendo construir un estanque —afirmó ilusionado—, una pequeña fuente natural brota de la tierra, quiero aprovechar su nacimiento para construir un estanque que pueda convertirse en hogar de garzas, gansos y demás especies.

También plantaría lirios de agua y espadañas en sus márgenes.

Margaret observó el lugar señalado y fácilmente pudo recrear en su cabeza la imagen que Julian había pincelado con palabras.

Un estanque grande, casi un lago, en el que las garzas humedecieran sus largas patas y sobre cuya superficie espejada nadaran los gansos y los ánades.

Todo su margen se rodearía de lirios de agua amarillos, quizá de salicarias y seguro que de muchas espadañas.

En las largas y serenas noches de verano se escucharía desde la lejanía el sonoro croar de las ranas que buscarían refugio en sus humedales, también el vibrante canto de los grillos y las cigarras...

Una sonrisa estiró los labios de Margaret ante la concepción mental completa de semejante acuarela.

Animado ante la expresividad sensitiva de ella, Julian continuó poniendo en labios sus esperanzas de futuro:

—También me gustaría levantar un cenador de hierro, uno pequeño, recogido, con un tejado en cúpula decorada con enredaderas talladas en el propio metal; y en la base, columnas que representen también trepadoras en flor en apretado zigzag alrededor de cada pilar.

Margaret lo vio también, tan perfectamente como si Julian lo hubiera pintado para ella a carboncillo sobre un lienzo verde.