Donde florece el amor Capítulo 13
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Capítulo 13

A quella tarde todo parecía muy distinto en el jardín.

No se trataba tan solo de que la noche anterior hubiera llovido con gran violencia en el transcurso de una tormenta en la que los rayos y los truenos fueron los grandes, e impresionantes, protagonistas sobre la negra y aterciopelada bóveda celestial.

Tampoco que la fuerza casi torrencial de la lluvia hubiera quebrado muchos de los brotes recién nacidos en la mayoría de las plantas, que algunas ramas se hubieran doblegado o incluso fracturado y que el suelo permaneciera embarrado y lleno de hojas muertas, grava y tierra removida por todas partes.

Todo eso formaba parte de las variantes de la estación, y a pesar de encontrarse a mediados de julio, teniendo en cuenta la latitud en la que se hallaban, tormentas de verano como la que acababan de padecer resultaban por completo naturales.

Incómodas, molestas, en ocasiones destructivas... , pero naturales.

Cierto que, al estar mojado el campo, también las bancas de piedra y hasta los tocones derribados, no podían sentarse cómodamente como en otras ocasiones, pero hacerlo en la tranquilidad del invernáculo, al amparo de posibles secuelas de la gran tormenta y en un escenario recogido e íntimo, tampoco resultaba un plan desdeñable.

Pero no se trataba de nada eso.

La atmósfera se sentía rara, y no por la humedad del ambiente ni por el peso de un cielo plomizo cuyas nubes parecían preñadas de lluvia y centellas.

Julian comprendió que algo sucedía.

Aunque no fuera capaz de entender el qué.

Bastaba con observar a Margaret durante apenas unos pocos segundos para apreciar su mirada perdida —y no en ensoñaciones, como resultaba habitual—, para distinguir las comisuras de los labios descendidas o la arruguita formada en su ceño —prueba innegable de algún tipo de desazón interna—.

También su pose resultaba un tanto delatora: sentada sobre una caja de madera, espalda perfectamente erguida, hombros encuadrados, manos enlazadas sobre el halda y mirada volada al frente.

No parecía triste.

Ni enfadada.

Tampoco incómoda.

Tan solo... pensativa.

¿En qué pensaba?

¿Tal vez había pasado una mala noche por culpa de la tempestad y ahora se encontraba agotada y falta de sueño?

Podía ser, pero...

—Margaret... —ante el repentino reclamo de Julian, ella se devolvió a la realidad con un parpadeo, fijando en él una mirada, en efecto, distraída—, ¿sucede algo, Margaret? La encuentro más callada de lo habitual.

Margaret, fijos todavía los ojos en Julian, pausó el parpadeo, demorándolo de forma inconsciente para, quizá, acompasarlo con el aquietado ritmo de su corazón y de sus pensamientos.

Desde la velada en Lavender Fields, y de aquella conversación entre tía Dorothy y Julian en la que habían aparecido ciertos nombres —escuchados no por primera vez— y algunas inesperadas —extrañas, indeseadas, incómodas, sorpresivas...

— señales de alarma que alteraron su paz emocional y sembraron su ánimo de inquietud, llevándola a replegarse sobre sí misma como haría una flor ante el presagio de tormenta, era consciente de que algo en ella no estaba bien.

Y no sabía decir qué era.

En su interior borboteaban, como en un caldero rebosante de emociones sin control, grandes dosis de angustia, desazón, incertidumbre y anhelo, obligándola a lidiar con todas estas impresiones a la vez cuando nunca había hecho nada similar ni dado cabida en su interior a semejante desasosiego.

—Me gusta el silencio, Julian —respondió—, usted lo sabe.

Julian la observó durante un largo minuto. A esas alturas podía asegurar que la conocía bastante bien y que le resultaba muy sencillo leer su alma a través de la pureza que vertían sus pupilas, así que en modo alguno pudo creer sus palabras. Aunque le doliera desconfiar de ellas por vez primera.

—También me agrada el silencio —dijo él—, pero cuando es compañero y amigo, no cuando parece actuar como un bastión defensivo.

Margaret sostuvo su mirada y su expresión no varió un ápice.

Ninguna respuesta a sus palabras podría resultar más reveladora para Julian que aquella absoluta carencia de expresión, cuando Margaret siempre había sido vehemente, pura y natural como el arroyo que desciende lleno en primavera.

Al cabo de aquel breve periodo de observación por parte de Julian, Margaret exhaló con holgura, desinflándose por dentro. De ese modo sus hombros descendieron ligeramente y su mirada se inclinó al suelo adoquinado del invernáculo.

—Me encuentro cansada, me temo que he dormido bastante mal...

—dijo al fin, y con esas palabras se levantó de su improvisado asiento, se alisó las faldas sin demasiada atención y por fin devolvió la mirada a Julian.

Sus pupilas no brillaban como solían hacerlo—.

Temo además encontrarme a las puertas de una migraña, por lo que, si me disculpa...

—ofreció una torpe reverencia, por precipitada e inesperada en su formalidad—, creo que es mejor que me retire, Julian.

No le dio apenas tiempo a reaccionar, pues, ágil como el viento y fugaz como un suspiro, cruzó por delante de él para abrir la puerta del invernáculo y abandonarlo con paso precipitado.

Julian permaneció inmóvil unos segundos observando la caja de madera que había sido asiento para Margaret y que ahora permanecía vacía.

Observó la puerta que ella, en su precipitación, había dejado entreabierta, y un ceño fruncido a severidad ensombreció su mirada.

Era la primera vez que Margaret abandonaba el jardín antes de tiempo.

Era también la primera vez que una desazón semejante ocupaba de pleno su corazón.

***

Confinado entre los claroscuros de la biblioteca de Garden Hill, Julian permanecía pertrechado en su sillón frente a un fuego cuyas ascuas apenas pulsantes anunciaban su pronta desaparición.

Se encontraba en mangas de camisa, con el chaleco completamente desabrochado y en una posición del todo indolente. El cuello de la camisa aparecía aflojado y desabotonado hasta medio pecho, las piernas se alargaban laxas frente a los últimos rescoldos de la chimenea.

Hacía un buen rato que los lacayos se habían retirado, bajo su mandato, y él continuaba allí sentado, mirando las cenizas y las brasas, pero sin ver nada en realidad, con un vaso de brandy en la mano y los pensamientos muy lejos de allí.

O tal vez no tanto.

En realidad, aposentados en la mansión vecina.

¿Qué había sucedido aquella tarde?

¿Por qué Margaret —la dulce Margaret que conociera al inicio de la estación cálida y que había entrado en su vida con la tibieza de los rayos del sol para templar un alma que hasta el momento había permanecido en hibernación— se había mostrado silenciosa y ausente, lejana y distraída en su compañía?

¿Por qué de pronto la situación parecía haber cambiado tanto, hasta el punto de orillarlos a ambos a dos abismos diferentes y muy muy distantes entre sí?

Decenas de veces habían compartido silencios amables entre los dos mientras se dedicaban a la jardinería, mientras leían cada cual un libro o simplemente mientras se deleitaban escuchando el melodioso cántico de los gorriones u observaban el zigzagueante vuelo de los abejorros entre las espigas de lavanda.

Pero aquella tarde habían permanecido ambos imbuidos en un silencio extraño, por novedoso, sin hacer nada en realidad.

Ella con la mirada perdida en el vacío, en la nada, tal vez en verdad engullida por la inmensidad de sus pensamientos..., mientras que él tan solo había sido capaz de mirarla a ella para tratar de leer, como antaño, su alma a través de aquellas pupilas tan infinitamente cristalinas.

En aquella ocasión, no obstante, los ojos de Margaret permanecían velados por una extraña bruma que le impidió discernir su interior, mostrando su alma por vez primera como la superficie de un lago que, de pronto, aparece enturbiado por las algas ascendidas desde las profundidades.

Él jamás intuyó la posibilidad de la existencia de tales algas.

Ya había podido apreciar algo de este extraño cambio durante su visita a Lavender Fields cuando, de encontrarse todos en un ambiente cómodo donde Margaret participaba activamente de la conversación, riendo y brindando su opinión, de pronto ella hubo de silenciarse; sí, de golpe...

limitándose a permanecer a partir de un determinado segundo como una hermosa buganvilla que, al no encontrar dónde sostenerse ni quién la guíe, decide enrollarse sobre sí misma y mantenerse en un estado de letargo.

Ausente y apartada de quienes la rodean.

Trató de comprender qué había cambiado..., pero no hubo de encontrar respuesta.

Y eso lo torturaba.

Sentía que, de algún modo y por algún motivo que escapaba a su entendimiento, estaba a punto de perder algo que había llegado a considerar imprescindible para la felicidad de sus días.

A su amiga.

A su compañera de tantas tardes de verano en el jardín.

A Margaret.

Y aquella certeza se le hacía insoportable.

Podía perderla, sí, y no solo por la posibilidad de que, al final del verano, regresara a Berkshire con su familia.

En el fondo de su ser, también en la superficie, albergaba el deseo, o la necesidad, de que no se marchara. Quería que se quedara.

Aunque el hecho de que lo hiciera en Lavender Fields tampoco calmaba su alma.

Envió un largo trago a su bebida hasta vaciar el vaso.

¿Qué demonios quería en realidad?

Permaneció algunos segundos insustanciales observando el recipiente vacío mientras sentía el ardor del alcohol descendiendo por su garganta y abrasando sus entrañas.

En el mar de confusión en el que navegaba, no sabía con certeza qué quería o qué necesitaba.

Lo que sí sabía era que no podía permanecer de brazos cruzados ni limitarse a continuar en un estado de inutilidad bebiendo sentado frente a un fuego exiguo mientras su ser por entero se debatía.

Debía hacer algo.

Debía encontrar el camino a través de la bruma repentina que mantenía a Margaret oculta a sus ojos y, de algún modo, llegar hasta ella.

Porque no tenía sentido aferrarse al jardín que los había mantenido unidos hasta entonces si existía la más mínima posibilidad de perder a Margaret.

Ese refugio, sin ella, había dejado de bastarle.