Capítulo 12
C uando días después Julian recibió una invitación para tomar el té firmada por los Percy-Barrow, no pudo evitar esbozar una gran sonrisa.
Margaret no se había olvidado.
Por supuesto, confirmó su asistencia de inmediato.
Aparte de que en verdad deseaba conocer a sus vecinos y actuales protectores de Margaret, en especial al señor Percy-Barrow, sería un completo necio si desperdiciaba la oportunidad de disfrutar de un tiempo en compañía de la joven, en un escenario diferente de su jardín y en circunstancias distintas.
¿A qué negarlo, a esas alturas?
Después de tantas tardes compartidas, de tantas flores, tantos libros, tantas conversaciones y tantos silencios cómplices...
para él resultaba bastante desconcertante imaginar ya sus tardes sin la presencia de Margaret Ashford.
Verla, pasar tiempo con ella, escucharla hablar...
o tan solo mirarla mientras ella canturreaba al trabajar, perfectamente imbuida en su tarea y encantadora en su desconocimiento de estar siendo observada, eran actividades que habían adquirido para él una cotidianeidad que no podía ni quería pasar por alto.
Observarla en un entorno distinto al jardín que los reunió más de un mes y medio atrás resultaría por demás... interesante. Y deseable.
***
Al contrario de lo que había supuesto, los dos integrantes del matrimonio, acompañados por la propia Margaret, le dieron la bienvenida a Lavender Fields y se sentaron con él en el saloncito para disfrutar de lo que se antojaba una gratificante velada vespertina.
Tiempo después Margaret le informaría que su tía había cancelado su sesión de bridge diaria, enarbolando cualquier excusa aceptable, con el fin de poder también ella participar de aquella reunión.
Tal y como Margaret le había asegurado, los Percy-Barrow formaban una pareja maravillosa.
La señora Percy-Barrow, quien se empeñó en que la llamara Dorothy, era dulce y amable.
La cofia que coronaba su cabeza le concedía un aspecto encantador, cercano y amigable, todo esto ayudado por los bucles blanquecinos que asomaban bajo los volantes y por aquella sonrisa perpetua que acentuaba de forma entrañable las arruguitas de sus ojos.
El señor Percy-Barrow, que también insistió en un trato más cercano al referirle su nombre de pila, era un hombre culto que gustaba de conversar acerca de historia, geografía y literatura, e incluso albergaba el hombre ligeros conocimientos de iniciación a la botánica.
Encontró Julian en él a un inclinado contertulio, a uno por demás perfectamente a la altura de cualquier conversación elevada, deseoso de aprender y de intercambiar cuanto él mismo sabía.
Durante un buen rato, con seguridad muchos minutos, tío Arnold y Julian permanecieron por completo imbuidos en su charla, un intercambio en el que Margaret participó gustosa al ser incluida cada tanto por el propio Julian, quien la alentaba a participar.
Semejante deferencia entibió sobremanera el corazón de la joven.
Un gesto tal por parte de Julian le demostraba una vez más que tenía en cuenta sus opiniones y que las valoraba con sinceridad.
Para él no era una simple señorita, un adorno vacuo o esa sombra silenciosa que siempre está presente, pero que siempre debe mantenerse un paso por detrás de cualquier caballero.
Tía Dorothy asistió a esta reciprocidad con gran interés, sonrisa en los labios y mirada chispeante.
Resultaba obvio que la dulce Margaret estaba disfrutando de la velada, a juzgar por su semblante risueño, por las mejillas encarnadas y por la gracia con la que aportaba sus propias impresiones cada vez que le eran solicitadas.
Y Dorothy percibió también especialmente cómo el propio Julian Northwood se ocupaba de solicitar dichas impresiones con gran celeridad, no consintiendo en modo alguno que la joven ocupara el rol de asistente silenciosa.
A la vista de tan adorables acontecimientos, decidió intervenir con sutileza sirviendo ella misma él té.
Su esposo debía perdonarla, y ella se encargaría de ello después, concediéndole algunos arrumacos y la promesa de su tarta de arándanos favorita, pero era hora de dejar a un lado las lecciones de Historia y Geografía y pasar a temas de mayor relevancia.
De ese modo, mientras vertía el líquido ambarino en la porcelana del joven Northwood, aprovechó para dejar caer...
—Señor Northwood, ha de saber usted, si acaso no lo ha notado ya, que todo Willowford se ha revolucionado con su llegada...
Julian la miró con gracia amable, y con gracia amable también, sonrió.
—¡Oh, estoy seguro de que exagera usted, señora! —De forma sistemática envió una mirada a Margaret, quien había refugiado cualquiera que fuera su expresión tras su taza de té humeante.
—No lo crea, joven —aseguró la dama, sirviendo esta vez a su esposo—, hacía muchos años que Garden Hill permanecía cerrada, y resultaba una auténtica lástima —suspiró con cierta teatralidad—. Una casa tan bonita, con un parque tan absolutamente encantador...
Con un cabeceo, Julian agradeció los halagos dedicados a su propiedad.
—Dígame, ¿le agrada Willowford? ¿Piensa establecerse de forma definitiva?
Julian miró a Margaret, quien permanecía con la cabeza un tanto inclinada y aquellos perpetuos —y encantadores— rubores encendiendo sus mejillas.
—Me gusta mucho Willowford —confirmó. Y a pesar de que la joven, debido a su pose inclinada, no podía ser consciente de la inalterable mirada del caballero fija en su persona, tía Dorothy sí se percató de ella—, debo reconocer que a mi llegada tan solo pretendía hacerme cargo de la propiedad y comprobar su estado después de tantos años de ausencia y abandono, pero la verdad es que en este momento considero con firmeza la posibilidad de establecerme aquí.
Willowford siempre ha sido mi hogar y en estos momentos, más que nunca, lo considero el único hogar en el que podría establecer mi futuro.
Tía Dorothy cabeceó, sonriente. Margaret se humedeció los labios, encarnada y especialmente silenciosa.
—¡Es una gran noticia, señor Northwood! —exclamó—. Una casa tan hermosa agradecerá volver a tener una señora que la gobierne.
—Y la tendrá, confío, en algún momento; si el Señor me concede semejante bendición —respondió Julian.
—¡Oh, claro que se la concederá, señor Northwood! —señaló Dorothy—, un caballero de su edad y condición debe siempre asentar raíces en un buen lugar... y con buena compañía. No podría ser de otra forma.
Julian sonrió con benevolencia a la anciana.
—Por supuesto —apuntó—, tan solo espero encontrar a la persona adecuada para hacerlo posible.
Rauda como un suspiro y escarchadas sus mejillas como ascuas prendidas, Margaret se llevó la taza a los labios y demoró tras ella un trago en exceso largo.
Sentía el corazón en la garganta y la sangre pulsando en las sienes, amén de un calor abrasador quemándola desde dentro, ascendiendo por su escote para sentarse de forma agobiante en su cuello y en su rostro.
Ya había presenciado una conversación similar, semanas atrás, parapetada tras las páginas de un libro.
Una conversación en la que la señora Hartfield y la querida tía la habían empujado, seguramente de forma inconsciente y sin pretenderlo, a considerar por vez primera a Julian como el futuro esposo de alguien.
En esos momentos se veía obligada a atestiguar una escena muy parecida encontrándose el propio Julian delante... y viéndose ella en la obligación de actuar con naturalidad.
¿Podía hacer algo así? ¿Actuar con naturalidad? ¡Cielo santo, y qué caliente estaba aquel té! ¡Cómo le ardían las mejillas y cómo la ahogaba la gasa que velaba su escote!
En su estado de extravío e incomodidad física debió de desoír parte de la conversación entre su tía y Julian, quienes al parecer, y desconocedores de su turbación, habían continuado con su intercambio; cuando se regresó a la realidad, tan solo atinó a escuchar de forma fugaz el nombre de Ophelia Jones.
Y la respuesta de Julian a cualquiera que fuese la mención:
—Sí, he conocido a los Jones hace poco y considero que su primogénita es una joven perfectamente amable.
No dijo más.
Una respuesta correcta e irreprochable, como no podía ser de otro modo tratándose de Julian.
No obstante, en lo que restó de velada, Margaret fue incapaz de volver a decir ni una sola palabra, y ni siquiera de elevar la mirada de su servicio de té.
***
Cuando Julian se despidió, Margaret se retiró a su alcoba.
Tan solo había podido ofrecerle una torpe reverencia sin mirarlo a los ojos, mientras tras los párpados, que escocían sin compasión, se atropellaban un sinfín de lágrimas prestas a derramarse.
No sabía qué le estaba sucediendo, o qué era aquello que sentía bullir en su interior, pues nunca antes había experimentado nada similar.
Si fuera poeta podría describir sus emociones como una combinación de tristeza, angustia, miedo y desazón.
Si fuera artista pintaría dentro de su ser una desbocada galerna de olas infinitas y viento feroz, y a sí misma se representaría como un navío en serio riesgo de naufragar en medio del desaforado oleaje.
Siendo amante de las plantas como era, tan solo podía sentir el pinchazo de las espinas de las rosas ensartándose en torno a sus entrañas.
Porque aquella tarde había considerado lo que ciertamente era ya una realidad: Julian podía casarse.
Y sería justo.
Pues era lo que al fin y al cabo se esperaba de un caballero soltero.
Se casaría... y dejaría de acudir cada tarde al jardín.
Tendría una esposa.
Formaría una familia.
Y su rutina cambiaría.
La de los dos.
Garden Hill dejaría de ser su rinconcito compartido.
Ya no habría tardes enteras en compañía.
Ni paseos por el jardín.
Ni conversaciones bajo el nogal.
Tampoco agradables lecturas en el invernáculo.
Todo esto sería ofrecido a otra persona.
Él desaparecería para siempre de su vida.
Ella perdería lo que había considerado permanente.
¿Cómo había podido ser tan necia, tan niña y tan boba?
Julian nunca le había pertenecido, al igual que no pertenecía tampoco en exclusiva a Garden Hill.
Julian pertenecía a un mundo mucho más amplio del que procedía ella misma, y ese mundo lleno de señoritas casaderas y matronas casamenteras... podía arrebatárselo.
Y esa certeza, por algún motivo, le resultaba insoportable.