Capítulo 11
J ulian permanecía a medio recostar, apoyada la espalda contra el tronco de un nogal que crecía arrinconado en el jardín, despojado de su chaqueta y ligero de cravat .
Bajo la sombra que proporcionaban las ovaladas hojas encontró refugio y sosiego, por lo que, con los ojos cerrados y la respiración en calma, se permitió fundirse con el paisaje, dejando que la brisa de la tarde meciera sus pensamientos.
A su lado, también sentada sobre la hierba, pero apoyada la espalda contra un tocón de madera que sostenía una maceta rebosante de salvia, Margaret también disfrutaba de la quietud del atardecer y de la agradable compañía.
El silencio entre ellos había pasado a convertirse en aliado, precisamente porque a ninguno de los dos parecía incomodar.
En aquel concreto ella procuraba mantenerse tan quieta como fuera posible, pues le parecía que Julian se había quedado dormido, a juzgar por su inmovilidad y por la liviandad de su respiración.
Sorprendiéndola, y para desbaratar tal suposición, él garabateó de pronto sus pensamientos sobre el lienzo silencioso de la tarde.
—¿Echa de menos su hogar?
Margaret lo miró de hito en hito, asombrada tanto por la pregunta como por el hecho de saberse confundida en cuanto al aparente estado de somnolencia de Julian, pero al ver que él continuaba en su pose relajada, ojos cerrados y expresión en calma, se aquietó, concediéndose un instante antes de responder.
—Bueno —afirmó con una larga exhalación—, echo muchísimo de menos a mis padres y a mis hermanos pequeños —una expresión de añoranza estiró sus labios e hizo centellear su mirada—, estaba tan acostumbrada al alboroto constante, a las risas y al llanto continuos, a los berrinches y a la búsqueda de arrumacos a todas horas, que ahora, en medio de tanta paz y de tanto silencio, me siento un poco... —chasqueó la lengua— extraña.
Y sonrió con esa nobleza casi pueril que adorna de continuo las almas nobles.
—Es natural, ha sido un cambio abismal en su estilo de vida —continuó Julian, todavía en la misma pose—. Sus tíos son personas muy tranquilas, por lo que tengo entendido, yo apenas albergo un vago recuerdo de ellos. Era muy pequeño cuando abandoné Willowford.
Margaret asintió, aunque él no pudiera observar su respuesta puesto que permanecía con los párpados cerrados.
—Son personas maravillosas —dijo con absoluta sinceridad—, yo no podría ni sabría quererlos más.
Tía Dorothy es una mujer muy dulce y cariñosa, y tío Arnold es un caballero muy culto.
Le agradaría a usted... —acto seguido se le ocurrió algo que la hizo sentirse, de pronto, emocionada—, debería venir una tarde a tomar el té, tío Arnold agradecería compañía masculina.
Creo que hace mucho que no puede hablar durante horas sobre botánica o historia sin que alguien termine cambiando de conversación para comentar el último compromiso matrimonial del condado.
Julian esbozó una sonrisa que, a pesar de su levedad, generó dos hoyuelos en sus mejillas.
—Será un auténtico placer.
Margaret, que sonreía también tras su comentario, se enserió lentamente en la contemplación de dichos hoyuelos.
Acto seguido y de forma involuntaria, la mirada se deslizó hasta los labios masculinos, separados en la sutilidad de su sonrisa.
Rauda como el viento, y encarnada como las amapolas bajo el sol de mediodía, desvió la mirada para depositarla, bajo ceño, en el suelo trebolado.
—Volviendo a mi pregunta... —intervino Julian quien, pese a continuar con los ojos cerrados, parecía haber presentido de algún modo la incomodidad de ella y deseaba, una vez más, aligerarla—. ¿Qué es lo que más echa de menos de su hogar?
En su fuero interno Margaret agradeció, como sucedía siempre, la acertada intervención de Julian, la cual la obligaba a pensar en otra cosa más allá de en esos hoyuelos y en esos labios.
—Aparte de añorar enormemente a mi familia sobre todas las demás cosas —se apresuró a formular—, es natural que eche de menos aquello que conozco, tratándose en este caso de lo único que conozco —suspiró a profundidad—.
Nunca antes había salido de Berkshire, así que venir aquí, a Hampshire, supone toda una aventura para mí.
Por primera vez Julian abrió los ojos y ladeó el rostro para una mejor observación. De ese modo apreció el rubor en las mejillas de Margaret, amén de esa sempiterna expresión de inocencia en un rostro de luna llena que sin duda revelaba juventud y candor.
—¿Nunca antes había salido de su pueblo en Berkshire? —insistió con sincera sorpresa—. ¿Nunca?
Margaret replegó los labios al interior de la boca y exhaló por la nariz. Por supuesto no apreció burla en el tono de él, por lo que su asombro resultaba del todo genuino.
—Nunca —admitió—. ¡Y fíjese, ahora me encuentro incluso en otro condado!
¡Qué afortunada viajera soy! —Acto seguido rompió a reír al principiar a pronunciar su explicación—.
Me temo que soy como ese niño que esperaba a los buhoneros encaramado al roble; lo que a él le parecía una eternidad de tiempo de espera, en mi caso supone una distancia descomunal pese a, quizá, no serlo.
—No pudo evitar Julian, ante un comentario tan íntimo y emotivo, observarla a profundidad, como si al hacerlo de un modo tan intenso pretendiera leer en su alma y mostrarle la suya a través de los espejos que la miraban—.
Siempre consideré Hampshire tan lejano como la luna a pesar de tratarse, tal y como muestra el atlas de tío Arnold, de un condado vecino.
—No olvide que el tiempo de espera infinito existía tan solo en la mente impaciente de aquel niño.
—Se movió para acomodarse sobre un codo y permanecer ladeado hacia ella—.
En realidad todo era mucho más sencillo y cercano de lo que él pensaba.
Asimismo, Margaret, las distancias no resultan tan insalvables cuando se asumen con tranquilidad y perseverancia.
Ella bajó la mirada y sonrió con humildad. Después de escuchar ese comentario, esperaba que Julian no la considerara adoleciente de una carencia manifiesta de tales cualidades.
No sabía por qué, pero desde hacía días empezaba a preocuparle mucho la imagen que pudiera ofrecer ante Julian.
Temía parecer demasiado joven, demasiado impulsiva, demasiado inexperta, o boba o necia tanto en sus pensamientos como en sus procederes... precisamente delante de la persona cuya opinión había comenzado, sin darse apenas cuenta, a importarle tanto.
***
Julian fue el primero en moverse de su posición recostada bajo el nogal, y aunque continuó asentado bajo su sombra, esta vez se limitó a sostener una postura sedente; todavía la espalda se apoyaba contra el plateado tronco, las piernas se doblaban a la altura de las rodillas hasta formar un montículo y los brazos permanecían, uno ejerciendo de pilar, perfectamente firme contra el suelo, el otro doblado con holgura sobre las rodillas.
Margaret, que se había mantenido en una posición más erguida durante todo ese tiempo, y a la vista de que desde su nueva disposición Julian contaba con una amplia percepción de su figura, se limitó a alisar los inexistentes pliegues de la falda y eliminar una a una las briznas de hierba que hubieran podido quedar enganchadas en la tela.
Durante un rato estuvo absorta en esta tarea, para acto seguido dedicarse a contemplar la puntera de las botinas que asomaban bajo las enaguas.
Un mirlo se entretenía saltando a su alrededor y a cierta distancia, al parecer por completo indiferente a la presencia de ambos, y algunas mariposas amarillas agitaban sus alitas de talco al revolotear de flor en flor.
El ambiente era por demás tan idílico como de costumbre en aquel pedacito de Edén sobre la tierra, máxime teniendo en cuenta la estimada compañía que ambos se regalaban el uno al otro y aquellos agradecidos minutos de silencio que, una vez más, descendían sobre ellos como suave y ligero velo; un silencio que jamás resultaba ahogante u opresor y que ambos entendían y aceptaban sin la nula necesidad de rellenarlo con palabras.
No obstante, y como la tarde y la reunión pronto tocarían a su fin, fue Julian quien decidió rasgar el amable velo de quietud para sustituirlo por las palabras adecuadas con tal de aligerar aquello que albergaba en su interior y lo mantenía en tensión desde hacía días.
—Dijo usted que lo que más añoraba de su hogar era su familia —formuló con gesto sobrio. Su expresión de pronto contrita amenazaba con delatar sus pensamientos privados. Margaret lo miró fijo—. No especialmente un espacio físico, una construcción o un paisaje...
Ella, mostrando un ligero ceño ante el desconcierto que le acercaban aquellas palabras, cabeceó muy despacio en asentimiento.
—Así es —manifestó, observando todavía suspicaz a su amigo.
Julian se concedió unos segundos para sopesar sus siguientes palabras. Cuando las exteriorizó, tras humedecerse un poco los labios, su mirada permanecía enlazada con firmeza en las genuinas pupilas femeninas.
—Entonces... si algún día las circunstancias de la vida la llevaran a otro lugar... ¿cree que conseguiría sentirse en casa?
El ceño femenino se acentuó. También lo hicieron el estado de confusión y el ejército de hormigas que, de pronto, empezó a corretear por el vientre de Margaret e incluso pareció precipitar el movimiento del corazón.
Tragó seco.
¿Albergaba algún doble sentido aquella pregunta?
Julian no era un caballero de dobles sentidos y mucho menos alguien que pretendiera confundirla con sus apuntes; jamás lo había sido porque, de hecho, ella no había conocido antes a un hombre tan noble, caballero y correcto como él, así que ¿por qué se sentía tan confundida después de escuchar aquellas palabras?
¿Podía ayudar a su confusión la mirada penetrante que parecía muy capaz de leer cada línea de su alma?
Exhaló a profundidad y trató de expresarse con toda la entereza de carácter que fue capaz de rescatar entre el maremágnum de sus emociones.
—Bueno, estoy segura de que podría vivir en cualquier entorno donde la naturaleza se encontrara presente —y al hablar de algo tan verdadero no pudo evitar por un instante dejar a un lado la confusión que la ocupaba para expresarse con todo el ardor y la ilusión que tal certeza encerraba—, allí donde los campos se contemplaran infinitos, tal vez solo partidos por vallados de piedra o madera, allí donde los árboles formaran ejércitos libres y extensos, donde los sonidos de la naturaleza imperaran sobre el ruido que genera la humanidad...
Julian no pudo evitar contemplar fascinado la expresión de Margaret al exponer su realidad. Realidad que, por cierto, también era la suya.
Observarla con ese brillo en la mirada, con esa sonrisa apenas esbozada y esos ligeros rubores de emoción en sus mejillas llenas... consiguió enternecerle el alma y hacerla rebosar de sensaciones e impresiones a cada cual más fascinante, por desconocidas.
¡Qué hermosa acuarela representaba en sí misma!
Porque en Margaret no solo era admirable su belleza serena, fresca y libre de artificios. Hacía mucho tiempo que había comprendido que lo más admirable en ella eran su sensibilidad y su inocencia.
—Estoy segura también de que no resistiría vivir en una ciudad grande, llena de humo, carruajes, grandes edificaciones pegadas la una a la otra...
—replegó los labios al interior de la boca y, así, jadeó una sonrisa—, nunca he visto nada de eso, claro, pero los libros retratan con similar fidelidad la campiña que las grandes urbes.
Julian le dedicó una sonrisa condescendiente. Quería saber más.
—Entonces, está segura de que podría sentirse plenamente feliz en cualquier otro lugar diferente de su Berkshire... —No era una pregunta, aunque lo semejara.
Margaret ladeó la cabeza para observarlo con curiosidad, pero nada dijo. Una vez más, su silencio actuó a modo de respuesta.
—Willowford es un lugar hermoso —apuntó Julian de pronto—, sus campos se despliegan hasta más allá de donde alcanza la mirada humana, sus bosques de alisos y robles forman auténticas legiones, y aquí el murmullo del viento entre el follaje y los cantos de los pájaros componen la más auténtica de las sinfonías.
Durante muchos años creí que ninguna parte volvería a parecerme un hogar.
Últimamente empiezo a pensar que quizá me equivocaba, que este ha sido siempre el verdadero hogar.
Dicho esto se levantó del suelo con un único y brioso movimiento, se sacudió las posibles briznas de hierba de los pantalones y, acto seguido, tendió su mano a Margaret, quien había observado todo este proceso en silencio y con estudiada fascinación.
Ella permaneció inmóvil durante algunos segundos, incapaz de reaccionar y contemplando la mano que él le ofrecía.
Después, muy despacio, alzó la suya y consintió que sus dedos descansaran sobre la palma de Julian.
Era la primera vez que existía ese tipo de contacto físico entre ellos, pero, de alguna forma, lo percibió como el gesto más natural y lógico del mundo, como si el universo entero pretendiera revelarle que estaba bien y que debía suceder así.
Julian cerró la mano con suavidad y firmeza y tiró de ella para levantarla con facilidad, como si Margaret fuese una pluma; y él, el vigoroso cierzo de la tarde.
Fue un contacto brevísimo, completamente inocente y respetuoso; sin embargo...
... sin embargo, Margaret sintió que aquella sencilla ayuda había alterado algo diminuto y silencioso en su interior.