Donde florece el amor Capítulo 10
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Capítulo 10

A quella tarde fue Julian quien esperó de pie frente a la vieja cancilla de forja del jardín, y no podía decirse precisamente que la paciencia fuese en esos momentos la cualidad predominante en su estado de ánimo.

Las tardes, y era esta una verdad ya por completo incuestionable, resultaban mucho más agradables cuando Margaret Ashford se encontraba presente.

De hecho, desde que se desperezaban las primeras luces del alba hasta que el sol se desangraba sobre la línea del horizonte, cada nuevo día parecía conducirlo, casi inevitablemente, hasta aquella hora en la que ambos se encontraban en el jardín, tanto para trabajar en silencioso acompañamiento como para conversar acerca de cualquier cosa, aunque nada más se tratara de banalidades —en realidad con Margaret jamás lo eran, puesto que a pesar de su juventud contaba con una sensibilidad y una agudeza de carácter que la convertían en una contertulia entretenida y muy capaz—.

Sin duda la sensibilidad y esa sed constante de conocimiento, amén del eterno viso de curiosidad que veía brillar en sus pupilas en todo momento, eran lo que más admiraba Julian de ella.

Y aquella tarde, comprobar que se retrasaba algunos minutos consiguió ponerlo nervioso.

Prueba manifiesta de su inquietud fueron las constantes visitaciones a su reloj de bolsillo tan solo para comprobar, con inevitable cara de bobo, que únicamente habían transcurrido unos segundos desde la última consulta.

Tan solo una vez la vio aparecer campo a través —bonete de paja trenzada sobre la cabeza, lazada de raso enredada con ligereza y descendida sobre el cuello de cisne, sencillo vestido azulón modelando la delgada figura conforme se adaptaba a sus andares, paso ligero y alguna alegre cancioncilla en los labios— su corazón recuperó la vitalidad que el desasosiego había limitado minutos antes.

Cuando Margaret lo descubrió a la entrada del jardín, el ágil paso que había mantenido hasta el momento se demoró de forma notable. La cancioncilla murió en los labios femeninos. No obstante, su expresión curiosa, ingenua y propia de un alma joven continuó como eterna gala y ornato de su rostro.

—Julian... —susurró ella, sin poder disimular su sorpresa al encontrarlo allí, aparentemente esperándola.

Siempre era Margaret la primera en llegar, por lo que aquella novedad resultaba un tanto confusa.

—Margaret... —saludó él con corrección. Al apreciar el ceño en el gesto femenino, se apresuró a añadir—: Hoy me gustaría proponerle hacer algo diferente, si le parece bien.

Ella parpadeó de forma reiterativa, un visaje perfectamente válido para expresar de forma visible su desconcierto. Así lo manifestaron también sus siguientes palabras:

—Algo diferente... ¿fuera de nuestro jardín?

No pudo Julian definir con exactitud la sensación que experimentó al escuchar aquel nuestro en referencia al jardín. Fue algo semejante a un peso aplastante en el pecho, algo similar a un cosquilleo en las entrañas... y a un regocijo en el alma.

—Me gustaría invitarla a acompañarme a dar un paseo por los alrededores de Garden Hill —explicó él—, sería para mí un honor mostrarle la propiedad.

De nuevo Margaret se obligó a parpadear, esta vez para tratar de asentarse en la realidad y no perderse en desvaríos propios de la confusión y la sorpresa.

—No se preocupe, tan solo recorreremos el exterior —añadió, consciente de que tal vez pasear a solas con él promoviera algún tipo de reparo en una muchacha tan joven.

Él, por supuesto, jamás haría nada que pudiera perjudicarla.

Mantendría como siempre la debida distancia social y en todo momento corrección y respeto hacia una muchacha que, en efecto, respetaba con todo su ser—, no creo que exista falta alguna en pasear por el parque de Garden Hill —y dijo todo esto con absoluta sinceridad—.

Me gustaría de verdad mostrarle el estanque, las fuentes de piedra, las estatuas que adornan la propiedad y los arbustos de boj que el jardinero se encarga de podar concediéndoles formas de lo más estrambóticas.

Además —esbozó una sonrisa dulce, tan propia de su carácter siempre amable—, aceptaré encantado sugerencias en cuanto al paisajismo del jardín principal.

En ese punto no pudo evitar Margaret jadear su hilaridad.

—¡Pero si es usted botánico, Julian! —exclamó risueña—. ¿Qué podría aportar yo a todo su amplio conocimiento en esta materia?

—Su sincero punto de vista, Margaret, y una sensibilidad que aprecio mucho. —La miró de forma intensa, sonrisa en los labios—. ¿Me acompaña, entonces?

Margaret tragó seco, paladeando todavía las últimas palabras de Julian.

Y acto seguido cabeceó en asentimiento.

—Será un placer —respondió.

La sonrisa acudió sola a los labios de Julian. A pesar de haber confiado en que aceptaría, descubrir que así era le produjo una satisfacción desproporcionada.

De ese modo, sonriendo con los labios y con el espíritu, adelantó el brazo para instarla a acompañarlo durante el paseo hasta Garden Hill.

***

La caminata por el parque de Garden Hill resultó una sucesión imparable de recuerdos para Julian, a juzgar por su expresión mezcla de ilusión y melancolía, y por aquellas sonrisas nostálgicas que esbozaba cada pocos pasos, entremezcladas con el brillo lánguido que traslucían sus pupilas.

Margaret lo observaba por el rabillo del ojo; otras veces, y sin poder contenerse, lo miraba de una forma más abierta, aprovechando aquellos instantes en los que el caballero parecía abstraerse con la contemplación de determinadas localizaciones.

Y aunque era el mismo Julian de siempre, a Margaret le parecía otra persona distinta. ¿O acaso eran sus ojos los que lo veían diferente?

Se pararon delante de un roble centenario ubicado a la entrada del parque.

En realidad fue Julian quien se detuvo frente al nudoso tronco, vestido parcialmente de hiedra, para elevar la mirada y perderla en la frondosidad verde que se desplegaba sobre sus cabezas ocupando un gran espacio. Margaret, al caminar a su lado, se detuvo a la par que lo hacía él.

—Este viejo roble me trae a la mente muchos recuerdos de mi niñez.

Viejo amigo, centinela del paso del tiempo —explicó Julian mientras alargaba la mano para tocar, a modo de sutil caricia, el tronco arrugado pero todavía fornido—, solía subirme a una de sus ramas, a la que me permitieran mis piernas cortas y mi reducida estatura de entonces, para vigilar la llegada del carruaje de los mercachifles.

Margaret enarcó ambas cejas sintiéndose de verdad sorprendida de escuchar que Julian en algún momento de su vida hubiera podido tener las piernas cortas y estatura reducida, cuando en el presente era alto y fornido como un titán.

—Solían pasar por aquí cada quince o veinte días, aunque a mí el tiempo de espera solía hacérseme eterno. —Esbozó una sonrisa preñada de añoranza—. En mi cabeza parecía que vinieran una vez cada tres o cuatro meses.

Margaret sonrió con condescendencia.

No se reía de él, ¡ni mucho menos!, sino que sonreía al comprender la impaciencia de un niño pequeño en espera de algo que le hacía muchísima ilusión. Ella no había sido muy distinta de él e incluso a sus diecisiete años todavía se doblegaba de inquietud, ansia y nervios en determinadas ocasiones.

—Entonces este viejo roble ha sido testigo silencioso de muchas pequeñas decepciones —señaló ella, observando el ramaje infinito y su señorial frondosidad—, como cada vez que usted esperaba ahí encaramado y el carruaje no aparecía.

Julian cabeceó despacio.

—Pero también ha atestiguado muchas grandes alegrías —afirmó—, como cada vez que escuchaba el silbato del buhonero en la lejanía, mucho antes de vislumbrarse su coche.

Margaret amplió la sonrisa y le dedicó una mirada profunda, consiguiendo entrever en aquel caballero regio al niño que antaño fue.

Continuaron caminando en silencio. Los pajarillos parecían muy dispuestos a acompañarlos durante todo el recorrido. También las fragancias de las madreselvas y el saúco que crecían por y desde todas partes.

—¿Ve esa banca de piedra? —Julian se detuvo para señalar en la distancia un banco que asomaba con dificultad entre dos orondos arbustos de boj.

Toda su blanca superficie permanecía velada por una gruesa pátina de líquenes y musgo—.

En ese banco estudiaba latín y griego cuando era pequeño.

Detestaba permanecer encerrado en casa con la institutriz y solía escaparme para estudiar aquí fuera, en medio del campo.

Margaret regresó la mirada a él y sonrió, enternecida al saber de las travesuras de Julian. ¿Se escapaba de su institutriz? ¿Un hombre tan infinitamente correcto y cortés?

—¿Le gustaba estudiar las lenguas antiguas?

Julian sonrió.

—No puedo decir que me disgustara —afirmó—, los libros siempre han sido refugio para mí.

Lo que me desagradaba era tener que permanecer dentro de casa estudiando mientras la vida parecía transcurrir con impetuosidad aquí afuera.

Por fortuna mi madre empezó a llevarme con ella a su jardincito privado y allí pasaba horas y horas...

de los que fueron los días más felices de mi vida.

Margaret se sintió conmovida. Desconocía Julian, por supuesto, que para ella las horas que transcurrían en aquel jardincito eran también las más felices y agradecidas de sus días.

Continuaron caminando y de nuevo, al cabo de menos de una veintena de pasos, se detuvieron otra vez, pero en esta ocasión delante de un vetusto castaño.

El tronco permanecía horadado en su parte frontal, mostrando lo que parecía ser una cicatriz antigua, oscurecida por el paso del tiempo.

—¿Qué le ha sucedido? —preguntó Margaret—. ¿Le ha caído un rayo?

Julian rompió a reír, y lo hizo con ganas y de verdad. A esas alturas Margaret ya había aprendido a distinguir cuando Julian reía con el alma y no por pura cortesía; y en aquel momento su alma cascabeleaba a través de los labios.

—Algo mucho peor, me temo —explicó entre risas.

Margaret volvió a enarcar ambas cejas, observando a Julian con curiosidad.

—¿Peor que un rayo?

Julian, todavía a medio ahogar por la risa, cabeceó en asentimiento.

—Este pequeño truhán que hoy tiene delante —dijo— consideró que sería capaz, a la experimentada edad de seis años, de construir su propio columpio sin ayuda de nadie más —exhaló a profundidad antes de continuar—.

Tomé prestada el hacha del jardinero, que por cierto levantaba del suelo casi más que yo, me envalentoné...

, y lo demás ya se lo imaginará usted viendo cómo quedó el pobre castaño.

Margaret se llevo una mano a los labios para encubrir la carcajada que le sobrevino. Con la otra mano acarició la vieja tajada rugosa, consecuencia de la insensatez infantil.

—¿Continuó dando castañas?

Julian suspiró con largueza, la sonrisa todavía bailaba con tibieza en sus labios.

—Lo hizo, sí, a pesar de todo. Mi padre aseguraba que terminaría por secarse.

Margaret lo miró y sonrió.

—Pero se equivocaba, pues al parecer sobrevivió.

La mirada que Julian le dedicó se volvió densa y profunda, como si pretendiera con ella atravesarle el alma.

—Los dos lo hicimos.

Ninguno dijo nada más, pues no hizo falta, porque existen silencios que sin duda consiguen llenar los recovecos del alma más intensamente de lo que pueden hacerlo las palabras.

Continuaron el paseo imbuidos en ese silencio que abraza y acompaña, sin pesar y sin ahogar, comprendiendo que en realidad aquel había dejado de ser un simple recorrido por Garden Hill para convertirse, desde hacía un buen rato, en un maravilloso recorrido por la infancia de Julian Northwood.

En efecto, Julian acababa de abrirle las puertas de su pasado para que pudiera asomarse; y, mientras caminaban entre aquellos árboles centenarios, entre bancas vestidas de musgo y fragancias penetrantes, Margaret creyó conocer por fin al niño que un día había habitado aquel lugar y que permanecía aún intacto bajo el exterior de un hombre impecable, culto y correcto.

Y Julian le concedió el privilegio de contemplar todo eso: esa preciosa parte de sí mismo y su ser más íntimo, a través del lienzo vivo que representaban sus recuerdos compartidos.