Capítulo 9 #2
¿Cuándo había sido la última vez que alguien le había regalado algo?
Miró entonces la maceta, que Margaret sostenía como si se tratara del tesoro perdido de los Nibelungos.
Para ella era un auténtico tesoro, sin duda.
Julian recibió la maceta y la tomó en sus manos.
Miró la planta largamente, imbuido en sensaciones y sentimientos que iban más allá de la simple gratitud ante un obsequio.
Para él... también lo era.
Volvió la mirada hacia Margaret y, sosteniendo la sonrisa en los labios, habló despacio:
—La cuidaré.
Y acto seguido frunció con ligereza el ceño.
¿Hablaba solo de la peonía?
En realidad estaba convencido de que no, de que su afirmación abarcaba más.
Mucho más.
Abarcaba sus recuerdos.
Su necesaria reconciliación con ellos.
Y especialmente abarcaba aquel vínculo que parecía haber surgido de forma irremediable entre ellos.
Margaret sonrió.
—Sé que lo hará —dijo.
Por alguna razón, el camino de regreso a sus respectivos hogares fue ese atardecer más corto y emotivo que de costumbre.
***
La señora Hartfield, buena amiga de la tía Dorothy, se encontraba todavía en Lavender Fields cuando Margaret regresó del jardín al tiempo que empezaban a declinar las postreras luces del atardecer.
Lo supo antes incluso de cruzar el umbral de la sala de visitación, pues ya desde el corredor se escuchaban perfectamente el tintineo de la porcelana y los murmullos originarios de una conversación femenina.
Además, tío Arnold continuaba pertrechado en la biblioteca, costumbre muy sabia que siempre llevaba a cabo cuando su esposa recibía a su bulliciosa troupe .
Al parecer hacía ya un buen rato que las demás integrantes del grupo habitual de afectas de la tía se habían retirado, pero la señora Hartfield —y, ¿a qué negarlo?
, también Dorothy— parecía muy dispuesta a prolongar la velada un poco más.
Seguramente hubiera surgido alguna jugosa novedad de la que la tía deseaba enterarse cuanto antes y de forma privada, necesidad esta que la señora Hartfield, la mejor distribuidora de murmuraciones que Margaret había conocido jamás, estaba más que dispuesta a satisfacer.
Tras saludarlas a ambas, a la señora Hartfield con una cortesía y a la querida tía con un beso en la frente y un abrazo, Margaret ocupó un asiento ubicado en un rincón discreto de la sala y de ese modo se dispuso a retomar la lectura del que, en los últimos tiempos, se había convertido en su libro favorito: Camilla.
No obstante, y a pesar de su reservada ubicación, apenas acariciada su figura por la luz suave de la palmatoria que iluminaba las páginas de su novela, no pudo Margaret evitar que hasta ella llegaran retazos de la conversación entre las dos mujeres, quienes en un momento dado debieron incluso olvidarse de la presencia de la joven.
—¡Oh, sí, tal y como te lo cuento, querida Dothy!
—apuntaba la señora Hartfield—. Nuestra reciente incorporación a la sociedad rural de Willowford se ha convertido en un incuestionable objeto de deseo, tanto entre el sexo bello como en el sector masculino.
—Se escuchó un suspiro teatral, por exceso de languidez, por parte de la señora en cuestión.
—He oído que más de una matrona le ha echado ya el ojo.
Margaret se esforzaba por mantener la atención firmemente anclada en su lectura, pero los inevitables ecos de aquella conversación llegaban hasta ella como la bandada de estorninos pintos que surca los cielos con gran estruendo y determinación, y de ese modo, mediante su vuelo imparable y su alboroto creciente, atravesaba la coraza de autoaislamiento que ella había procurado erigir en torno.
—¡Pero por supuesto! —Concedió la señora Hartfield—.
Un caballero alto, apuesto, elegante y con buena fortuna resulta siempre un bocado dulce, y muy a tener en cuenta, para cualquier madre que desee arreglar un buen matrimonio para alguna de sus hijas.
—Una risita traviesa, que Margaret identificó como perteneciente a su tía, llegó con debilidad hasta ella—.
¡Este ingrato caballero nos ha mantenido tantos años privadas de su presencia que en estos momentos, cuando se presenta ante nosotros con la planta, cuando menos, de un auténtico héroe de novela romántica, debería asumir que todas y todos nos encontremos tan perfectamente fascinados!
Margaret parpadeó con escéptica urgencia. ¿La señora Hartfield leía novelas románticas? No lo habría imaginado jamás, pero a juzgar por la alternancia de suspiros y la emoción concedida a su discurso era obvio que no le resultaban del todo desconocidas.
Ignoraba de quién hablaban las dos amigas, pero estaba claro que el caballero al que se refirieran corría serio peligro de convertirse en la presa más codiciada a la que abatir en festejos, cenas y reuniones varias a lo largo del verano.
Ante la realidad que encerraban tales informes, no pudo impedir la aparición de la sonrisa torcida, e in crescendo , que curvó sus labios.
—Entiendo que la señora Jones sea una de las principales interesadas, habida cuenta de que tiene tres hijas en edad de desposar...
Margaret amplió la sonrisa con condescendencia ante el comentario de su tía.
—Así es —afirmó la señora Hartfield—, de hecho ella misma ha mencionado en alguno de sus corrillos más íntimos que espera firmemente ver a su hija mayor, Ophelia, comprometida con dicho caballero antes de que dé comienzo la caza del urogallo. [2]
Un jadeo escéptico cruzó la atmósfera aquietada de la sala.
—Lo tiene todo muy bien organizado, al parecer.
—Cualquiera en su lugar trataría de hacer lo mismo, querida Dothy —continuó la señora Hartfield—, porque mi Julia y mi Madeline se encuentran ya felizmente casadas, de lo contrario yo sería una de las primeras en procurar que alguna de ellas terminara convertida en la nueva señora de Garden Hill.
No pudo Margaret evitar levantar la cabeza de golpe ante la mención de dicha residencia familiar.
Un ceño fruncido a severidad acudió de inmediato a ensombrecer el tono avellana de su mirada, al tiempo que el corazón, en un acto por completo ajeno a la voluntad de su propietaria, principiaba a percutir con violencia, llevándola a experimentar una incomodidad difícil de explicar.
Cerró el libro al instante, sin ocuparse de dejar un marcador entre las hojas, y consintió que se deslizara de sus manos hasta el regazo, olvidado allí como la hoja que cae del árbol para permanecer solitaria en el suelo.
—Ahora que Julian Northwood ha regresado a Willowford con la clara intención de establecerse de forma definitiva —la señora Hartfield, desconocedora de las emociones que aquella conversación había desatado de golpe en su oyente involuntaria, continuó dando rienda suelta a su lengua afecta a murmuraciones—, teniendo en cuenta que se trata de un acomodado terrateniente y que Garden Hill es una de las mejores mansiones del condado —aquí se tomó la licencia de pausarse un segundo para inferir un tono de confidencia a sus siguientes palabras—, aunque después de tantos años cerrada seguro que necesita una buena reforma y sin duda ese toque con el que tan solo una mujer puede mejorar la decoración de una gran casa —carraspeó para continuar en un tono normal—, y considerando que el señor Northwood es un hombre altamente apuesto, atractivo y elegante, dudo mucho que termine soltero la estación cálida.
Margaret se encontró mirando al frente, a algún invisible átomo flotante en realidad, puesto que nada veía más allá de las imágenes que aquellas palabras acercaban a su sesera.
Hasta el momento nunca había pensado en Julian en un aspecto netamente romántico, y mucho menos con la consideración que le atribuían tanto su tía como la señora Hartfield.
Para ella Julian era su amigo, su socio en el cuidado de un jardín que él, con mucha amabilidad, había accedido a compartir con ella a pesar de su invasión inicial.
Era tan solo Julian; un botánico erudito al que admiraba sin cuestión, un amante de las plantas, de la literatura y de la naturaleza en sí misma. Ese amigo que le había regalado un libro y que estaba dispuesto a prestarle más.
No era el señor Northwood, un terrateniente de fortuna y notable abolengo, y no era, ni nunca había sido, ese soltero en disposición —o necesidad— de buscar esposa que mencionaban las dos damas presentes. Al parecer, el mejor partido del condado y el objetivo de media comarca.
Parpadeó con inquietud, obligándose a creerse sus propios pensamientos, aunque todo lo que decían la señora Hartfield y tía Dorothy se alejaba muchísimo del tono inocente y despreocupado de estos.
—Te apuesto lo que quieras, querida Dothy, a que antes de que termine el año asistiremos a la celebración de un matrimonio tras los muros de Garden Hill —sentenció la señora Hartfiel.
Margaret tragó seco y no pudo evitar escuchar la respuesta de su tía adorada.
—No voy a apostar contra la evidencia, querida, puesto que estoy convencida también de que, de alguna forma, así será.
Todavía ceñuda, confusa y contrariada, se obligó a parpadear para regresar a la realidad, a su realidad, y para ello trató de buscar refugio en un lugar seguro.
Recuperó el libro del regazo e intentó retomar la lectura, pero ya ni recordaba en qué página se había detenido.
Abrió por una cualquiera al azar...
... y se vio en la obligación de leer hasta tres veces la misma frase sin ser capaz de asegurar si ya había estado allí o era una escena totalmente nueva, pues los ecos de la reciente conversación de la que había sido testigo involuntaria seguían resonando de forma obstinada en su pensamiento.