Donde florece el amor Capítulo 9
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Capítulo 9

M argaret había aprendido a reconocer el sonido de los pasos de Julian sobre la grava, por eso, cuando aquella tarde escuchó el rumoroso eco a su espalda, los colores de la anticipación y el reconocimiento acudieron a incendiar de golpe sus mejillas.

No se trataba de algo inusual, desde luego, en presencia de Julian Northwood; era consciente de que en todo momento, a su lado, sus pómulos debían resplandecer como dos amapolas bajo el sol estival.

Por fortuna, él era demasiado caballeroso como para decir nada al respecto; y ella, tan incapaz de controlar el estallido de sus emociones, traducidas en delatadoras revelaciones corporales, que había tenido que aprender a resignarse.

Pero en aquella ocasión era diferente.

Una sonrisa traviesa estiró sus labios mientras la mirada volaba rauda y disimulada hasta la maceta de terracota que permanecía justo a su lado, pero medio oculta a la sombra de la pérgola, debajo de las grandes hojas de las alocasias.

Bajo el atisbo de esa sonrisa, que trató de disfrazar replegando con ahínco los labios al interior de la boca, las pupilas centellearon con ese brillo que tan solo el conocimiento de una travesura es capaz de revelar.

No obstante, se obligó a recomponerse con presteza: alisó de forma metódica los pliegues de su vestido, reunió las manos frente al talle y se cuadró con toda la fingida presencia que fue capaz de reunir; debía tratar de mantenerse firme en su determinación y resistir la tentación de revelar sus propósitos antes de tiempo, aunque por dentro la carcomiera la ansiedad.

Julian distinguió a Margaret al pie de la vieja pérgola de madera, tan erguida en su pose, con las manos tan concienzudamente enlazadas frente a la cintura y con un gesto tan extraño en su rostro —¿estaba conteniendo la risa?

— que, en su fingida y pretendida indiferencia, parecía ocultar algún tipo de propósito que Julian no era capaz de determinar.

Parecía estar esperándolo y, aunque pensar algo así al fin y al cabo lo halagaba enormemente, hasta el momento y cada vez que había llegado al jardín había encontrado a Margaret tan perfectamente entretenida en sus tareas que, en aquel instante, verla erguida y a la espera resultaba... sospechoso.

—Margaret... —saludó con un cabeceo de cortesía, pero sin poder evitar mirarla con suspicacia.

Ella, tan joven, tan inocente y tan cristalina como las aguas espejadas de un lago al amanecer, de nuevo replegó con mayor vehemencia los labios al interior de la boca, demostrando con mayor viveza el esfuerzo que realizaba para contener la risa.

—Julian... —le devolvió el saludo con la consabida reverencia, realizada en esa ocasión con una urgencia inusual.

Él continuó observándola con recelo. ¿Qué sucedía? ¿Por qué su gesto era tan extraño? ¿Y por qué esa evidente necesidad de contener la risa? ¿Acaso él se había presentado con un manchón en la cara? ¿Llevaba el cravat mal anudado?

Empezó a sentirse un tanto inseguro, incluso en un momento dado se llevó la mano al cuello con disimulo para comprobar que la lazada del pañuelo se encontraba en su sitio y con la forma correcta.

Todo parecía en orden, así que procuró disfrazar frente a ella la sensación de incertidumbre entreteniéndose en pasear la mirada por el lugar, una forma como otra cualquiera de insuflarse confianza.

Distinguió al lado de la joven una pequeña maceta de terracota cubierta con un trapo húmedo, pero semejante descubrimiento no le despertó un gran interés: Margaret solía esquejar de tanto en tanto y realizar trasplantes con los hijuelos que conseguía reunir de las plantas primigenias.

Observó también que había podado la enorme mata de lavanda cuyas espigas ya hacía días que se habían secado bajo el sol de julio.

—¡Ah, ha podado la lavanda! —apuntó, deseoso de iniciar conversación.

Margaret desvió un instante la mirada hacia la mata de dicha planta, perfectamente recortada, en realidad perfectamente descabezada , aunque tal vileza resultaba necesaria si se pretendía que rebrotara con fuerza sin volverse demasiado leñosa.

—Sí, lo hice antes de que llegara usted...

«Aparte de hacer también otras cosas que descubrirá a su debido tiempo», y este pensamiento la orilló de forma inevitable a una nueva sonrisa traviesa.

A Julian no le pasó por alto este nuevo gesto delator.

—Aprovecharé las espigas para hacer saquitos perfumados con ellas, si le parece bien —apuntó ella, entre risas.

—Claro —concedió él, incapaz de decir mucho más en base a su confusión.

—Creo que habrá suficientes para repartir entre Lavender Fields y Garden Hill, si le parece bien... —insistió, nerviosa.

Julian arqueó una ceja.

—Me parece bien, Margaret, usted sabe que este jardín es tan suyo como mío, todas las decisiones que tome al respecto me resultarán siempre adecuadas.

Ella se permitió esta vez sonreír de forma abierta y sin disimulo.

—Se lo agradezco, Julian, es un auténtico placer cuidar y ver crecer este pequeño paraíso en la tierra —suspiró con largueza—. Y ahora que ha venido, ¿le importaría ayudarme a trasladar unas macetas? Yo sola no puedo.

Julian dirigió la mirada inmediatamente a la pequeña maceta cubierta a los pies de Margaret.

—¿A esa maceta, se refiere?

Margaret siguió la mirada de él e inmediatamente sintió que se ruborizaba más intensamente.

—¡Oh, no, esa no! Esa es pequeña, no pesa nada... —Y de nuevo sonrió con amplitud, como si su apunte se tratara de algo demasiado obvio como para que Julian lo pasara tan por alto—. Hay tres o cuatro tiestos grandes en el invernadero, con nuevos esquejes, que me gustaría sacar a la luz del sol.

Todavía imbuido en un mar de sospechas, Julian cabeceó en asentimiento.

—Claro, vamos a ver cuánto ha crecido hoy la familia vegetal.

Algo no le cuadraba en el comportamiento de Margaret.

Lo que fuera que parecía ocultar, en todo caso, no debía de ser demasiado malo, a juzgar por su expresión de perpetua travesura y por aquella sonrisa que se forzaba en esconder.

Aparte de que, a esas alturas, creía poder asegurar que conocía bastante bien el carácter de Margaret Ashford, tanto que la mayor parte de las veces bastaba con una sola mirada para intuir lo que bullía dentro de aquella cabecita soñadora y lo que albergaba aquel corazón sensible y noble.

Sin embargo, en aquella ocasión, el alma cristalina de Margaret parecía esconderse tras el brillo pícaro de su mirada y el rictus travieso de su sonrisa.

Durante un buen rato se ocuparon trasladando las mencionadas macetas desde el invernáculo hasta otra zona más luminosa del jardín.

Luego recorrieron el lugar en un relajado paseo, mientras Margaret lo ponía al tanto del estado actual de las plantas que habían sobrevivido a la limpieza.

Algunas ya habían asomado nuevos brotes, exultando vida; otras parecían tomarse su tiempo, pero enviaban señales esperanzadoras a través de sus hojas todavía vigorosas y sus tallos fuertes; y algunas pocas no habían sido capaces de sobrevivir a un descuido de décadas.

Cuando la tarde tocó a su fin y Julian señaló que debía regresar, pues existían ciertas obligaciones que lo reclamaban en Garden Hill, Margaret se detuvo a su lado, bajo la cancilla de entrada.

—¡Oh!... ¡Casi lo olvido! —exclamó, llevándose ambas manos a los labios.

Ante la atónita mirada de Julian salió corriendo hacia el interior del jardín.

La vista del joven se aferró a cada uno de sus pasos, de ese modo la vio detenerse bajo la pérgola de madera, inclinarse y coger algo del suelo con ambas manos. De nuevo regresó corriendo hacia él y Julian reconoció entonces la maceta que había visto a su llegada, cubierta con un trapo.

Solo que en esa ocasión permanecía destapada, revelando una pequeñita planta de hojas verdes.

Margaret se detuvo ante él, agitada y excitada a causa del ejercicio reciente.

—La peonía se encuentra fuerte —explicó risueña— y ha sido posible dividirla sin que sufra daño alguno —se encogió de hombros en un gesto pueril tan propio, de aquellos que, una vez más, enternecieron a Julian—, sería una pena desperdiciar un retoño, así que pensé que tal vez le gustaría llevárselo a Garden Hill.

De ese modo... también florecerá allí para usted.

Julian no fue capaz de decir nada.

Alternaba como un bobo la mirada de la maceta que albergaba la nueva peonía a una emocionada Margaret, quien parecía estudiar su reacción con ojos brillantes, mejillas encarnadas, aliento escaso y sonrisa en los labios.

Semejaba una niña compartiendo con un amigo su mejor golosina.

Se obligó a tragar saliva para intentar deslizar el nudo que, de pronto, se había formado en su garganta.

Su mirada permanecía prendida en la diminuta y, en apariencia, frágil peonía, mientras las emociones confluían en su interior como fluyen las corrientes subterráneas de agua, de forma silenciosa pero profunda, esculpiendo a su paso un sensitivo paisaje en los márgenes de su alma.

Él era su amigo y aquella planta era la preciada golosina que aquella alma pura y sensible había decidido compartir amablemente con él.

Ajena a las tribulaciones internas de Julian, Margaret pateó el suelo con impaciencia, reflejando el ceño fruncido en un rictus ansioso, pero la sonrisa en los labios, lo que demostraba que su inquietud no obedecía a una señal real de alarma, sino a un gesto que revelaba cierta hilaridad.

—Julian Northwood —exclamó de pronto, y su reclamo lo devolvió de golpe a la realidad—, ¿quiere hacer el favor de sostener esta maceta de una vez o se va contentar con observarla de lejos para toda la eternidad?

Estas últimas palabras fueron sin duda las que le arrancaron la sonrisa definitiva.

Porque estas palabras eran muy similares a las que él mismo había empleado cuando ella parecía incapaz de reaccionar ante su regalo, en aquella ocasión en la que se presentó en el jardín con el libro de la señora Burney para ella.

Sus ojos se prendieron de forma inevitable en las anhelantes pupilas de Margaret.

Y su corazón dio un vuelco.

¿En verdad era consciente de lo que sucedía?

¡Margaret le estaba haciendo un regalo!

¡A él!