Capítulo 8
A quella tarde y por vez primera, Julian se despojó de su elegante chaqueta color índigo para permanecer en mangas de camisa.
Ofrecía una imagen sin duda informal y cómoda, pero a la vez curiosa, por novedosa, pues no dejaba de resultar llamativo que un caballero de su condición, siempre bien vestido e impecable en su empaque, se enrollara las mangas de cualquier modo a la altura del codo en un claro tono de cotidianeidad, pero a la vez mantuviera la debida pose rígida y correcta, apreciable a través del chaleco pulcramente abotonado y del impoluto nudo de cravat , siempre perfecto sobre el cuello.
Sin embargo, desde que traspasara la cancilla que daba la bienvenida al jardín, se dio cuenta —no sin agrado— de que aquella jornada iba a resultar muy diferente de las demás y que, al menos durante esa tarde, debía dejar a un lado cualquier vislumbre de formalismo y permanecer bajo las estrictas órdenes de Margaret.
Lo cual, de forma privada, resultaba para él un auténtico placer.
La joven, dando muestras de una divertida resolución, lo había recibido con las manos en las caderas y la naricilla apuntando alto, y con semejante presencia le había dicho —y no le faltaba razón, a pesar de la hilaridad que encerraba su pose— que un buen botánico no debería limitar su saber a los libros ni pertrecharse eternamente detrás de nombres científicos por completo rimbombantes e incomprensibles para la mayoría.
Existía un cierto tono de regañina en su discurso, y a la vez su expresión parecía disculparse tras cada palabra, ofreciendo semejante mezcla una imagen de la joven que sin duda enterneció a Julian y lo obligó a disimular la sonrisa.
—Un buen botánico —insistió Margaret, pretendiendo en todo momento aparentar liderazgo y vehemencia, a pesar de adornarse de rubores, pupilas vibrantes y sonrisas trémulas que dejaban entrever la verdadera docilidad de su carácter—, un buen botánico debía implicarse del todo con la naturaleza que tanto amaba, debía sentirla muy de cerca, introducir las manos desnudas en la tierra y notar su flujo vibrante filtrándose al interior del cuerpo y siguiendo recorrido, conjuntamente a la propia sangre que lo alimentaba, hasta alcanzar el corazón y las entrañas.
Y como él mismo se consideraba, ¿quién sabe si un buen botánico?
, pero al menos sí uno perfectamente entregado a su pasión, en efecto así se encontraba entonces: arrodillado al lado de Margaret, los dos al pie de un enorme rosal silvestre que trepaba voraz por el murado sur, él despejando con las manos las malas hierbas en un amplio círculo alrededor mientras que Margaret, tijera de podar en mano, cortaba las ramitas secas de la rosaleda para permitirle respirar y desperezarse.
Y resultaba maravilloso sentir la tierra fresca deslizándose entre los dedos, y percibir el aroma de la hierba y de las distintas flores que la tapizaban, mezclándose en feliz popurrí para traspasar con deleite sus fosas nasales.
Resultaba maravilloso tocar las hojas, apreciar su textura, su densidad... e incluso pincharse de vez en cuando con las espinas o con algún tallo rugoso.
Esa era la verdadera esencia de un jardín. Eso era lo que había visto desde niño y lo que había concedido aliento a su ser a lo largo de los años.
Observó de forma oblicua a Margaret, procurando no hacer notar su observación.
Ambos trabajaban en silencio, aunque Julian percibía musicalidad en cada uno de los gestos de la joven, quizá y especialmente hasta en la forma pueril en la que la puntita rosada de la lengua asomaba entre los labios en un gesto de concentración y empeño.
Sonrió para sí mismo, contento de encontrarse formando parte, una vez más, de tan deliciosa y apacible acuarela.
Alrededor todo permanecía tranquilo, como tranquilas se encontraban aquellas dos almas en mutua compañía.
Tan solo el alegre cántico de los gorriones o el chillido escandaloso que de vez en cuando lanzaba algún mirlo al cruzar ante ellos en indignado vuelo rasante rasgaba hermosamente el silencio del atardecer.
Julian continuó mirándola de forma furtiva mientras ambos trabajaban.
No era necesario hablar de nada.
Los dos lo entendieron así.
Bastaba con permanecer, con entenderse a través de la quietud y de los silencios, encontrando cómodo lo que para otros seguramente implicaría molestia o nerviosismo.
Y disfrutar de todo ello.
Pero en un momento dado, cuando Julian regresó completamente la mirada y su atención a la tarea de arrancar dientes de león y correhuelas, descubrió tras la cepa del rosal, hasta el momento oculta entre las malas hierbas que él se afanaba en despejar, una pequeña planta de peonía que parecía pretender saludarlo con una hermosa flor fucsia surgida en medio de todas sus hojas.
Julian quedó completamente paralizado.
La boca se le secó en el acto y el corazón comenzó a bombear con una agitación más convulsa de lo habitual.
Continuó en su posición arrodillada, por supuesto, pero sus manos habían dejado de obedecer y su mirada permanecía inmóvil sobre aquella planta cuyo tallo leñoso hablaba de antigüedad y cuya presencia en medio de la maleza revelaba supervivencia.
La recordó.
Así, de repente y nada más verla.
Y rememoró el momento exacto en el que fue plantada.
Una lágrima solitaria, osada, bailó en el arco que la acunaba.
Recordó por quién.
Tragó seco, pero el nudo en su garganta no se deslizaba.
Margaret apreció la repentina inmovilidad de su compañero y, tratando de comprender a qué obedecía esta, imitó de inmediato la dirección que habían tomado sus ojos.
No hizo falta mucho discernimiento ni una ingente disposición de lucidez mental para entender el significado real que el descubrimiento de aquella planta debía de haber supuesto para él.
Si bien era obvio que casi todas las especies en aquel jardín habían sido plantadas por la señora Northwood —otras las había llevado la propia Margaret desde Lavender Fields— muy pocas habían podido salvarse en el proceso de adecentamiento del lugar, pues la mayoría, en un intento de sanearlas, habían sufrido una poda fulminante o permanecían a la espera de rebrote.
La esperanza de resurgimiento se encontraba presente, pero todavía faltaba un pequeño trecho para llegar a ella.
Sin embargo, aquella peonía, por su tamaño reducido, casi enano, y precisamente a la vista del grosor de su tallo, revelaba que no era una planta joven y que, no obstante y a diferencia de las otras especies, había mostrado una resiliencia asombrosa al mantenerse viva en medio del abandono.
La había plantado la señora Northwood, seguramente con Julian a su lado, y aquella bendita planta había soportado el paso y el peso de décadas... y había resistido.
—¡Oh, qué hermosa peonía! —Las palabras brotaron solas de entre los labios femeninos.
Por el rabillo del ojo observó la reacción de Julian a su apreciación, pero este permanecía imbuido en sus pensamientos, con la mirada fija en la planta; y la mente, a buen seguro, suspendida en sus recuerdos.
Y posiblemente no fueran recuerdos amables para él.
La propia Margaret notó la punzada en su corazón, y en efecto dolía.
Y si le dolía a ella, que nada sabía ni conocía de la magia real de aquel jardín, no podía imaginar cuánto debía atormentar a Julian el peso de los recuerdos.
Mirándolo, comprendió que por una vez debía ser el tablón que rescata, y no el náufrago que se ahoga.
Inhaló profundo por la nariz y trató de transmitir serenidad a través de sus palabras:
—¿Sabe? Me parece fascinante cómo algunas plantas pueden abrirse camino entre la desolación que las rodea, o a pesar de ella.
—Observó la reacción de Julian y, al no hallar nada en su semblante impertérrito, se humedeció los labios para proseguir—: Pueden parecer tremendamente frágiles y desvalidas en medio de la inmensidad de la naturaleza, seguramente muy pocos apostarían por ellas si debieran hacerlo; al fin y al cabo...
¿a quién le importa una simple planta existiendo los robustos robles?
Julian parpadeó para devolverse a la realidad siguiendo la voz de Margaret. Por fin apartó la mirada de la bonita peonía para fijarla en aquella joven de cabello desordenado bajo el ala de su sombrero de paja, de ojos brillantes y pómulos manchados de tierra.
Satisfecha de haber apartado de él, al menos por el momento, las brumas que lo envolvían y amenazaban con cegarlo, continuó:
—Ha sobrevivido al paso del tiempo, a la soledad, al olvido... ¿y sabe por qué? Porque es más fuerte de lo que nadie cree y porque aquí —con un gesto de sus manos enguantadas abarcó el aire en torno a ellos—, entre estos vastos muros de piedra, se encuentra al fin y al cabo su hogar. Y lo sabe.
Julian la miró con largueza. Y su corazón golpeó con la misma vehemencia de minutos antes, solo que en esa ocasión su bombeo feroz no acarreó dolor, sino una ternura infinita.
Porque se dio cuenta de que Margaret no hablaba ya tan solo de la peonía.
Hablaba de él.
Se obligó a esbozar una sonrisa para reflejar que todo estaba bien, que su alma se había serenado después de un breve paseo por el valle de sombras que suponía para él recordar ciertos momentos pasados, pero el brillo nostálgico en sus ojos, e incluso la levedad de su sonrisa, evidenciaron una gran emoción contenida.
Margaret replegó los labios al interior de la boca y forzó una sonrisa a su vez. La mirada brillosa también la delataba.
—Lo sabe —dijo Julian por fin—, efectivamente lo sabe. —Y tampoco él hablaba de la planta ya—. Este es su verdadero hogar, lo ha sido durante años —regresó la mirada a la peonía—, por eso se esforzaba en brotar cada primavera, aunque nadie estuviera aquí para contemplar su progreso.
Margaret asintió.
—Y el año que viene, estoy segura, tendrá muchas más flores que regalar. Y esta vez, seguro que sí habrá testigos de su evolución.
Por respuesta, Julian le regaló una sonrisa, una absolutamente libre de apreturas dolorosas.
Despacio, dejándose envolver por el apacible silencio que todavía los abrazaba a ambos, devolvió la mirada a su antigua tarea para continuar apartando con delicadeza las últimas malas hierbas que rodeaban la peonía.
Margaret no dijo nada.
Se limitó a su vez a reanudar la poda del rosal, procurando que ninguna espina alcanzara los nuevos brotes y que las ramitas secas no arrebataran claridad a los retoños.
Sobre el jardín descendía ya la luz dorada del atardecer.
Un gorrión saltarín se posó un instante sobre el muro de piedra, observó a los dos jardineros arrodillados y, satisfecho quizá de hallar el viejo rincón nuevamente lleno de vida, emprendió el vuelo para perderse entre las ramas de los sauces.
Ninguno de los dos volvió a romper el silencio.