Capítulo 7
A lo largo de la noche había llovido con una insistencia pertinaz.
La tormenta golpeaba los cristales con el mismo empecinamiento que mostraría un gato confinado en el exterior y deseoso de entrar bajo resguardo.
De vez en cuando un relámpago arañaba la oscura bóveda, imitando, en efecto, el zarpazo de dicho felino encorajinado para, acto seguido, hacer sonar su rugido feroz en la atmósfera, quebrando así de forma rotunda la monótona cadencia de la inclemencia intermitente.
Fue tan solo una vez rebasado el meridiano del día que hubo de escampar; el cielo se abrió ligeramente para dejar pasar por entre sus densas nubes quebradas algún ligero haz de luz y conceder de ese modo una breve tregua —porque prometía serlo— a los moradores de aquellas latitudes, tan acostumbrados al clima húmedo y cambiante que habían aprendido a sobrellevarlo con templanza.
Fue durante ese intervalo de concesión climática que Julian sopesó si acudir o no al jardín, a la que durante las últimas semanas se había convertido, sin pretenderlo, en una cita ineludible.
Todo permanecía mojado; el paisaje se pincelaba con un brillo y una humedad permanente, una ligera bruma etérea reptaba por la atmósfera y se enredaba en la vegetación; las hojas de los arbustos y las ramas de los árboles se doblegaban bajo el peso de las gotas que aún colgaban de ellos, como las perlas cuelgan con notoriedad de los lóbulos de las damas.
Cruzar el campo y adentrarse en la fronda de aquel edén privado implicaría embarrar las botas y, tal vez, arriesgarse a acabar empapado si, tal como amenazaba el cielo y las gruesas nubes que lo abultaban, decidiera derramar su húmedo contenido antes de que terminara la tarde.
No obstante...
No obstante, recordó que la última vez que había llovido de un modo similar, al acudir al jardín al día siguiente, y a pesar de no haber albergado demasiadas esperanzas al respecto, le agradó descubrir a Margaret, tan constante como siempre, arrodillada sobre el campo humedecido para trasplantar sin falta unos bulbos.
Y recordó lo satisfactorio y familiar que resultó para él encontrarla allí entonces.
A esas alturas, visitar el jardín ya no solo le hacía sentirse bien consigo mismo, a modo de privada reconciliación con un pasado arrebatado que durante demasiados años le había supuesto una negra sombra a su alma, sino que debía admitir que el simple hecho de llegar allí y encontrarse con Margaret Ashford, de observarla moverse entre las flores, de compartir el mismo espacio y conversar con ella acerca de todo y de nada a la vez conformaba para él una de las mejores partes del día.
Por eso, y tras calzarse sus Hessian y ataviarse con un frac verde oliva de entretiempo con solapas de terciopelo y coronar la testa con un sombrero cilíndrico, solo por si los hados daban en la flor de enviar lluvia nuevamente, decidió acudir al jardín a la misma hora de costumbre.
Cuando traspasó la cancilla de forja lo primero que hizo, aún de forma inconsciente, fue buscar a Margaret con la mirada, tan habituado como estaba a verla moverse libremente por el jardín, con la soltura de un hada moviéndose por su paraíso privado.
Al no descubrirla por ninguna parte sintió en el pecho un aguijonazo de decepción que lo sorprendió, por inesperado.
Caminó despacio por el lugar, recorriendo el sendero de baldosas que tantas veces habían recorrido juntos y observando con extraña melancolía cada rincón verde. No había rastro de Margaret.
Tal vez, después de todo, no había querido arriesgarse a salir exponiéndose a acabar calada hasta los huesos. Tal vez ella mostraba una sensatez, a pesar de sus pocos años, de la que él carecía.
Después de lo que le semejó una eternidad caminando por el jardín como un alma en pena, se fijó en el invernáculo que se erguía al fondo del recinto.
Se trataba de una pequeña edificación de ladrillo rojo, de más altura que espaciosidad, tejadillo a dos aguas y paredes rematadas con amplios paneles de vidrio y barrotillos divisorios de hierro negro.
La fachada se componía de un arco de ladrillo que enmarcaba la entrada acristalada. En la parte de atrás, y sobre el tejado, sobresalía una pequeña chimenea que su madre usaba para el sistema de calefacción en las plantas exóticas.
Una extraña intuición lo llevó hasta allí, avivando sus pasos con la inercia de la certeza.
En efecto, aún sin traspasar la puerta acristalada, descubrió a Margaret sentada en un rincón, sobre viejos cajones de madera, leyendo absorta, ajena por completo a su presencia, y al resto del mundo, en realidad.
Se permitió, como solía hacer en todos los momentos propicios para ello, observarla un largo instante sin ser visto, y en ese minuto de dedicado estudio visual le agradó reconocer el libro que él le había regalado días atrás, sostenido entre las pequeñas manos de nieve.
Se encontró de pronto, sonrisa boba en los labios, apreciando el bonito y sereno perfil de la joven mientras permanecía entregada a la lectura, y de ese modo adoró la imagen que proyectaba con su ofrenda entre las manos: el vivo reflejo de la ingenuidad e inocencia de un alma pura.
Algún sonido debió de emitir a pesar de su observación forzadamente estática, pues al cabo de un momento ella elevó el rostro y lo vio.
Las habituales rosas escarlata escarcharon las mejillas de la joven y una dulce sonrisa de reconocimiento curvó sus labios hacia arriba.
Como descubrió Julian en ella una clara intención de pausar la lectura y levantarse de su improvisado asiento, se apresuró a dar un paso al frente y adentrarse también en el invernáculo.
—¡Oh, no deje de leer, por favor! ¡Y no se levante, se lo ruego!
—exclamó. Margaret se obligó a permanecer sentada, aunque por la insistencia con la que trató de alisar ficticios pliegues en su falda, quedaba manifiesto su nerviosismo—.
No deseo interrumpir su lectura en modo alguno.
—Ella separó los labios con intención de decir algo, pero Julian continuó con su explicación—.
No sabía si la encontraría hoy aquí, en realidad con este tiempo tan incómodo...
—meneó la cabeza para enfatizar su apunte—, pero igualmente no pude resistirme a acudir al jardín en procura de su habitual quietud para leer también un rato.
—Adelantó un brazo para mostrar el ejemplar que portaba en la diestra—. Como ve, he traído mi propia lectura.
Los ojos de Margaret volaron raudos al libro que Julian sostenía. Una chispa de emoción, mezclada con curiosidad, centelleó en sus pupilas.
—¿Qué va a leer?
Él sonrió, feliz de reencontrarse con ella, una vez más, en una materia común.
—Robert Burns —explicó—, en una primera edición de sus Poemas .
Margaret jadeó, asombrada.
—Le gusta la poesía... —No era una pregunta.
—En realidad leo todos los géneros —admitió él con humildad—, pero sí, disfruto con la poesía cuando no resulta demasiado forzada o afectada.
Ella cabeceó con rapidez, concordando.
—Cuando no usa un lenguaje artificioso...
Julian esbozó una sonrisa tan amplia como complacida.
—En este poemario —explicó, contento de contar con una contertulia sinceramente entusiasta—, el señor Burns ensalza las labores cotidianas de los campesinos escoceses, alaba la naturaleza y los seres pequeños que habitan en ella, de hecho hay inclusive un poema dedicado a...
—¡Un ratón! —completó Margaret.
Y ambos rieron e inclinaron la mirada al tiempo, cohibidos, al darse cuenta, una vez más, de su profunda conexión emocional.
—Veo que conoce la obra del señor Burns...
Encarnada y agitada, Margaret sonrió con timidez.
—He leído algunos de sus poemas, aunque no todos ellos —admitió.
—Cuando termine su lectura actual, puedo prestárselo —dijo Julian, elevando el libro en su mano—. Por cierto, ¿está disfrutando de Camilla ?
Margaret regresó la mirada a Julian y cabeceó en asentimiento.
—Así es —afirmó—, resultan muy entretenidas las tribulaciones matrimoniales que asume la protagonista, aunque me temo que comete continuos errores que no hacen más que alejarla de aquel a quien admira...
—Y de nuevo descendió la mirada, replegando con rapidez los labios al interior de la boca al darse cuenta de la magnitud real de cuanto acababa de decir.
Hablar de matrimonio, siendo ella una jovencita en edad de desposar —en realidad con los mismos años que la propia Camilla— y Julian un caballero soltero, de buena familia y con un carácter muy similar al de Edgar, el pretendiente de Camilla, no podía ser prudente o sensato en modo alguno.
Y desde luego resultaba un poco demasiado comprometedor.
—Suceden muchas cosas en torno a la trama principal, me temo... —añadió Margaret, apurada y azorada, tratando de restar importancia a lo anteriormente dicho.
—Bueno, si no recuerdo mal —añadió Julian, eternamente diplomático y armonizador—, Camilla era una muchacha joven e inexperta que tan solo debía madurar para encontrar la estabilidad sentimental, nadie debería juzgarla o censurarla por el tiempo requerido en su aprendizaje a la hora de alcanzar la madurez de mente.
Es normal que se equivoque o que actúe de forma irreflexiva —exhaló a profundidad, tranquilo, no obstante—.
Las personas, me temo, al igual que las plantas, necesitan su tiempo, algunas demoran más que otras —Margaret elevó despacio la mirada ante semejante comparación—, ninguna rosa florece el mismo día en que se despereza de su yema.
Las personas tampoco deberían verse obligadas a hacerlo.
Margaret suspiró bajito.
Admiraba la inteligencia de Julian y su facilidad para hacer que todo resultara tan sencillo, tan cómodo y tan fácil de entender.
Cada vez que ella se ponía nerviosa, cada vez que temía haber hecho algo mal o haberse comportado con negligencia, ahí estaba Julian quitando importancia al asunto, asomando su sonrisa tranquilizadora y deslizando la atención hacia una orilla diferente.
Y, por supuesto, eso fue lo que hizo a continuación.
—¿Le parece que me siente cerca de usted y continuemos ambos leyendo en armoniosa compañía?
Margaret boqueó, pero demoró todavía un rato en contar con la presencia de carácter necesaria para poder articular palabra. Se limitó, pues, a asentir con un cabeceo.
Y así, de ese modo, Julian tomó asiento sobre un pequeño cajón a los pies de Margaret y se dispuso a leer.
En apariencia, tardó apenas unos minutos en sumergirse completamente en los versos del señor Burns.
Margaret necesitó disponer de un poco más de tiempo para regresar su atención completa a Camilla , pues las circunstancias presentes y toda la información recién obtenida la habían turbado lo suficiente como para permitirle una evasión literaria satisfactoria.