Donde florece el amor Capítulo 6
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Capítulo 6

—Ú ltimamente pasas mucho tiempo en el jardín de Garden Hill.

—Tía Dorothy realizó el comentario de pasada, mientras sostenía la mirada en las anaranjadas lenguas de fuego que bailoteaban en la chimenea, frente a sus pies elevados sobre un pequeño escabel.

En la diestra, su copita de vino de naranja.

No pudo Margaret evitar tornarse ligeramente encarnada ante tales palabras, a pesar de que, ciertamente, no apreció reproche alguno en el tono de la querida y dulce anciana.

En realidad sonaba como un apunte trivial lanzado al aire en un momento de relajación como el que, al igual que cada noche, solían concederse en la apacible sala de estar, después de cenar, instante en el que cada cual enumeraba a los demás lo que había supuesto su día.

Se miró los dedos un instante y tragó áspero.

No existía reproche en el tono de la querida tía Dorothy, pero Margaret no pudo evitar sentirse un tanto culpable.

La verdad era que, desde hacía ya semanas, acudía cada día sin falta —a excepción de cuando el clima se volvía tan nefasto que impedía abandonar la mansión— al pequeño jardín que había descubierto por casualidad y al que había dedicado tanto cariño y tanto entusiasmo como si fuera propio; y no solo por la belleza que lo impregnaba, aun cuando permaneciera abandonado y oculto por décadas, sino en gran parte por la romántica y trágica historia que albergaba.

El hecho de haber conocido después a Julian Northwood y descubrir que resultaba una persona tanto o más fascinante que su jardín puede que también hubiera influido un poco.

Seguramente tía Dorothy estaba al tanto de que Julian acudía con idéntica asiduidad a su vergel; y aunque Margaret, en su ingenuidad y nobleza juvenil, jamás había barajado la posibilidad de estar incurriendo en falta o de comportarse con impropiedad, tal vez a oídos de la anciana tía hubieran llegado murmuraciones y censuras variadas por el hecho de que su joven pariente, bajo su tutela y celo, se reuniera de forma habitual con un caballero soltero, y en ausencia de carabina, por más señas.

¡No quería en modo alguno comprometer a sus tíos!

—Si lo desea, querida tía, puedo dejar de ir allí, o espaciar mis visitas tanto como usted considere prudente.

Y aunque dijo esto con la cabeza inclinada y las mejillas encarnadas como dos soles, no pudo dejar de ver cómo la anciana volvía el rostro de golpe en su dirección.

—¡En absoluto, mi querida niña! —exclamó tía Dorothy—. Te ruego que no tomes mis palabras como un reproche, porque no lo son.

Margaret se concedió respirar con cierto alivio.

—Estás a nuestro lado y a nuestra entera disposición todas las horas del día... y las de la noche —añadió la señora Percy-Barrow con gesto dócil y mirada empañada de afecto—, siempre pendiente de nosotros, dos ancianos aburridos y cansados...

—¡No, tía, no diga eso ni en broma! —expresó Margaret, llevándose ambas manos al corazón.

Adoraba sinceramente a aquella noble pareja, y a fe suya que de aburridos tenían muy poco.

Siempre aprendía mucho de cualquiera de los dos; tío Arnold era como un libro abierto, rebosaba cultura y curiosidad por cada poro de su piel, y tía Dorothy le enseñaba constantemente trucos y ofrecía consejos que cualquier jovencita debería conocer, estimaba, para su vida futura.

Siempre se reía en su compañía, especialmente con la tía Dorothy, quien era dicharachera y amable a rabiar.

¿Y cansados? Sin duda poseían tanta energía como dos veinteañeros.

—Querida Margaret, tu tía lleva razón —intervino tío Arnold desde su habitual sofá orejero, todavía sosteniendo un viejo atlas entre las manos—, siempre eres amable y paciente con nosotros, no te importa que repitamos las mismas cosas veinte veces —en esa ocasión miró con intención a su esposa, ganándose un gesto de burla por parte de esta y una sonrisa condescendiente por parte de Margaret—, tú siempre nos das afecto y comprensión.

Tu compañía es un rayito de luz en la antaño penumbra de esta casa.

Margaret agradeció el cumplido encarnándose más, pero realmente dudaba que aquella casa hubiera vivido jamás en penumbra.

Imposible esperarla en torno a dos caracteres tan maravillosos y dóciles como los de los Percy-Barrow, además de disfrutar, de forma habitual, de la presencia de las amigas de la tía, que acudían a jugar a las cartas o simplemente a chismorrear; jamás habían permanecido sitiados o abandonados por la sociedad.

—Además —continuó la tía—, solo te ausentas durante el tiempo en el que yo me reúno con mis amigas y el señor Percy se encierra en la biblioteca.

En realidad es el único momento de privacidad y evasión emocional del que dispones y, bajo mi punto de vista, no podías haberte buscado un pasatiempo más inofensivo y adorable que recuperar un viejo jardín abandonado por sus propietarios. Nada hay de malo en ello, querida.

Tragó seco Margaret de nuevo y esta vez se atrevió a preguntar:

—¿A pesar de que el señor Northwood acuda también... de vez en cuando? —Se volvió un punto más bermellón ante esta mentirijilla, pues en verdad no se atrevió a afirmar que Julian asistía tan a diario como ella.

Si la tía había captado el inofensivo embuste, nada demostró en su gesto.

—Es el propietario legítimo, lo natural es que acuda o, de lo contrario, ofrecería la imagen de un caballero absolutamente negligente con su heredad —fueron sus palabras—, la señora Hartfield nos ha referido que ya ha contratado a todo el personal de servicio necesario para asistirlo y sacar adelante Garden Hill.

El jardinero de la propiedad es el que se encarga de recortar la hierba un par de veces por semana en el jardincito, ¿no es verdad?

Margaret cabeceó. Así era. Un jardinero y su ayudante se encargaban de que la hierba imitara la apariencia de una alfombra trebolada; por lo demás, el enderezamiento de tallos, el cuidado de los brotes nuevos y las podas permanecían, por petición de la propia Margaret, bajo su cuidado y supervisión.

—Me alegra que decidiera regresar a Garden Hill; en realidad nunca debió marcharse.

No sirve de nada tratar de esconderse o de escapar de los malos recuerdos —sentenció con rotundidad, devolviendo la mirada a las lenguas de fuego danzarinas— porque de ese modo lo único que se consigue es que te acompañen adondequiera que vayas, dentro de tu cabeza y en las profundidades de tu alma.

Margaret evocó la imagen de Julian a la sombra de aquella sentencia y no pudo evitar sentir un ligero contrapeso sobre su corazón.

—Por supuesto, él no pudo hacer otra cosa —continuó divagando en voz alta la anciana—, era un niño cuando su padre se lo llevó a Londres, pero estoy segura de que la señora Northwood, con todo cuanto amaba a este lugar, y en especial a su querido jardín, se hubiera sentido terriblemente triste con la partida de su familia —debió de comprender la inflexión nostálgica aplicada a sus palabras, pues acto seguido se enmendó elevando el tono con una sonrisa—, estoy segura de que el joven Northwood sabrá devolver a Garden Hill la gloria de antaño.

Volverá a llenarse todo de luz, color y alegría —miró a Margaret un instante—, y brotes nuevos.

***

Durante la eternidad que encierra un segundo, Margaret prendió la mirada en el vaivén de los bucles castaños que descendían sobre la frente de Julian mientras este se inclinaba hacia un enorme arbusto de espliego y sostenía sus espigas entre los dedos con la delicadeza de quien sostiene un auténtico tesoro.

Margaret lo observaba fascinada, y no imperaba en su gesto una inclinación que poco o nada tenía que ver con un romanticismo vacuo, sino en realidad con la sincera admiración que cualquier mente razonable le dedicaría a un intelecto notable.

Julian Northwood, en efecto, había demostrado, con el correr de los días, disponer de una gran cultura, amén de un carácter tranquilo y juicioso, pues, si bien era un caballero serio y formal, no ofrecía en modo alguno la imagen de severidad y arrogancia que suele atribuírsele a estos grandes personajes.

Y de la que ellos, por supuesto, se muestran encantados de hacer gala y ornato.

Julian conocía mucho de todo aquello que precisamente más fascinaba a Margaret: la naturaleza y la literatura, y no por ello asumía un rol de vanidad o altivez, sino que se mostraba encantado de compartir sus conocimientos con ella.

De hecho esa misma tarde, cuando ambos se encontraron una vez más en el jardín, Julian se dedicó a enseñar a su encantada acompañante los nombres científicos de las plantas principales que adornaban aquel lugar.

Margaret prestaba una atención imperturbable, no solo por tratarse de información que le interesaba de verdad, sino porque ningún otro profesor hubiera podido mantener su concentración tan intacta como podía hacerlo Julian Northwood.

—Y he aquí, señorita Ashford —dijo el joven, dedicando a su acompañante una mirada dulce y una sonrisa encantadora—, el espliego, Lavandula latifolia , un pariente cercano de nuestra querida lavanda común.

Margaret, ruborizada de pronto al ser sorprendida por el propio Julian mientras lo observaba en plena fascinación en lugar de prestar atención a sus enseñanzas, se apresuró a deslizar la mirada hacia las espigas violáceas.

Julian se percató del gesto, imposible no hacerlo cuando la urgencia era tan notable y los rubores tan vivos, y lo asumió con una sonrisa amable.

—No debemos confundir ambas especies, aunque sean parientes —continuó, tratando de restarle importancia al atropello de su compañera—, pues si uno se fija tan solo un ápice descubrirá grandes diferencias entre ellas.

Margaret se humedeció los labios para tratar de involucrarse en la conversación.

—Es cierto —comentó, todavía con voz débil y ligeramente nerviosa—, el espliego tiene las hojas más anchas, y sus espigas, también más frondosas, cuentan con un aroma más intenso.

—Así es —concedió Julian, perpetuando su sonrisa—, el aroma de la lavanda es mucho más fino y floral.

Aún agitada, Margaret volvió la mirada hacia su costado para detenerla en la frondosa mata de largas espigas de flores verticales que estallaban en un vivo tono azulado.

—¿Cómo se llama en los libros la espuela de caballero? —preguntó, inclinándose sobre una de las espigas de la citada flor para aspirar su fragancia sutil.

— Delphinium elatum —respondió Julian enseguida.

Margaret se enderezó para dedicarle una nueva y larga mirada fascinada.

—¿Cómo puede recordar tantos nombres... y todos ellos tan complicados?

Julian sonrió en amplitud y aquel gesto hizo cascabelear el joven corazoncito de Margaret.

—Resulta sencillo recordar aquello que nos gusta. —La mirada de él, de pronto, se tornó más profunda y penetrante de lo esperado, provocando en Margaret que, al sentirla sobre su persona, todo su cuerpo se vistiera de piel de gallina.

—Es usted como un libro abierto— murmuró con cierto sofoco.

—¡Qué suerte entonces que mi interlocutora habitual sea una gran amante de los libros!

Margaret exhaló un jadeo e inclinó la mirada para abandonarla en la puntera de sus botinas, reunidas en punta y asomando bajo el ruedo de su falda.

Consciente de la tribulación que sus palabras habían causado en la joven, Julian trató de enmendarse en el acto.

—Por cierto, ¿ha empezado ya el libro?

Margaret balbuceó, pero no consiguió formular ninguna palabra.

Elevó la mirada y la detuvo sobre aquellas pupilas calmosas que, de algún modo, consiguieron templarla. También ayudó la amable y dulce sonrisa de Julian, siempre dispuesta en sus labios.

—Sí —dijo al fin— agradezco mucho el detalle que ha tenido conmigo, pues tenía muchas ganas de leer Camilla, señor Northwood.

Julian sostuvo aquella mirada fresca y vibrante, siempre despierta y preñada de entusiasmo. Los ojos descendieron involuntariamente hasta sus labios, ligeramente entreabiertos para dar paso a una respiración agitada, pero se obligó a elevarlos enseguida para reencontrarse con la mirada de Margaret.

—Es lo menos que podía hacer por usted después de lo que ha hecho por este jardín. —Ladeó ligeramente la cabeza en un gesto que pretendía resultar informal y cercano—. Aunque, a riesgo de parecer un tanto exigente, me gustaría hacerle una nueva petición, señorita.

Margaret lo miró esta vez con ceño. Un ceño gracioso que enterneció a Julian, pues manifestaba la notable ingenuidad e inocencia de su propietaria.

—¿A mí? ¿Qué podría hacer yo por usted, señor Northwood?

Julian afianzó su sonrisa e intensificó su mirada.

—En primer lugar, olvidarse de formalismos —apuntó. Margaret parpadeó sorprendida—, creo que a estas alturas podría dejar a un lado el señor Northwood y llamarme Julian, ¿no le parece?

Ella balbuceó de nuevo como pez arrojado fuera del agua, pero no fue capaz de decir nada.

Comprendió Julian, otra vez, que debía haberla turbado, por lo que se apresuró a buscar una alternativa a su sugerencia.

Una idea acudió de inmediato a su mente, y la comprensión de dicha idea lo obligó a ampliar su sonrisa hasta orillarla al borde de la carcajada.

—Digamos que señor Northwood es mi nombre científico —apuntó con gracia—, del mismo modo que Lavandula latifolia es el del espliego.

—Frunció el ceño, achicó los ojos y ahuecó los labios para componer una expresión cómica—.

Pero le aseguro que al espliego, entre sus amigos florales, no le gusta nada que lo llamen por su designación universal en latín.

Puedo garantizarle, como su botánico de confianza, que prefiere cien mil veces que lo llamen espliego, a secas.

No pudo evitar Margaret esbozar una sonrisa generosa, que procuró al principio reprender replegando los labios...

, pero el gesto de Julian resultaba tan teatral, y su idea tan graciosa, que no pudo reprimirla por mucho tiempo.

Acabó liberando entre los labios un cascabeleo natural que, a oídos de su interlocutor, sonó como la corriente fresca de un arroyo en primavera.

—¿Le parece bien?

Margaret cabeceó con rapidez, todavía sonriendo.

—Pues a partir de ahora seré Julian para usted, mi buena amiga floral. —Y terminó la chanza con una inclinación de cabeza a modo de salutación formal.

Todavía demoró Margaret unos segundos en reaccionar al gesto, pero cuando fue capaz de recomponerse, le ofreció al caballero la debida reverencia de cortesía.

—Solo si usted me llama Margaret —añadió ella—; si no recuerdo mal su enseñanza de hoy, Bellis perennis , o señorita Ashford, también resulta demasiado sobrio entre amigos de las flores.

Julian se sorprendió de la pronta respuesta de ella, señal de una agudeza mental de la que no había dudado en absoluto, y contestó repitiendo el cabeceo y ampliando su sonrisa.

—Por supuesto, Margaret.