Capítulo 5
D urante la noche había estado lloviendo.
No en grandes cantidades ni con una fuerza demencial, pero, tal y como solía acontecer en aquellas latitudes, sí en forma de persistente sirimiri; y de ese modo la densa cortina acuosa que descendió de la bóveda celestial consiguió empañar el paisaje y penetrar en la tierra con una intensidad muy superior a la de cualquier aguacero feroz.
El hecho de que el jardín hubiera sucumbido a la humedad, imitando la apariencia completa de una acuarela abandonada bajo la lluvia, no impidió que dos almas recientemente asiduas a frecuentarlo volvieran a reunirse bajo su amparo una tarde más.
Julian observaba cómo Margaret se ocupaba en trasplantar bulbos de estrella de belén en una zona nueva con la intención de alargar el parterre de donde habían surgido las plantas primigenias.
La joven, en absoluto embeleso durante la tarea, asomaba la puntita rosada de la lengua en un extremo de los labios mientras dibujaba una suave arruga en su entrecejo.
Permanecía de rodillas sobre la hierba, como tantas veces la había contemplado antes Julian, y poco o nada parecía importarle ensuciar la falda con el pasto humedecido o empapar los guantes al manipular tierra húmeda.
Julian adoraba todos y cada uno de estos gestos, tan pueriles y a la vez tan entrañables, inequívoco reflejo de la concentración de la muchacha en una labor que a él le resultaba fascinante en sí misma.
En un momento dado, incapaz de continuar mirando en silencio, allí de pie a su lado como un pasmarote ineficaz, se aventuró a poner en labios sus pensamientos.
—¿Puedo preguntarle, señorita Ashford, por qué le gusta tanto la jardinería? Parece realmente feliz entre plantas, macetas, bulbos y esquejes.
Margaret enterró el último bulbo y apretó la tierra en torno, asegurándose de que permanecía firme y enhiesto tras el trasplante.
—Y lo soy, señor Northwood —dijo, sonriente—, realmente me hace muy feliz dedicarme a cuidar lo que la naturaleza nos brinda.
Julian la miró unos segundos en silencio, dejándose engullir por el peso de sus reflexiones, en ese instante todas ellas de sincera admiración hacia la joven.
—La mayoría de las señoritas que conozco prefieren ocupar su tiempo con varas de tela y chucherías.
Margaret amplió la sonrisa.
—Ya ve que no todas. —Hizo ademán de erguirse, gesto ante el que Julian, raudo y caballeroso desde su posición aventajada, le ofreció su mano.
Margaret, por timidez y prudencia, dudó un instante, pero finalmente aceptó la ofrenda como lo que realmente era: una atención caballerosa. Los gruesos guantes de jardinería que cubrían sus manos impidieron un contacto directo y personal, limitando el gesto a una deferencia cortés.
Una vez de pie a su lado, sostuvo la mirada del caballero y se humedeció los labios con retraimiento al tiempo que sostenía en ellos una sonrisa trémula.
—Soy la primogénita de siete hermanos, hija de una humilde familia de arrendatarios, por lo que no sé demasiado de lujos y banalidades —manifestó, y aunque un ligero rubor de modestia tiñó sus mejillas, no existía vergüenza o degradación en sus palabras—.
En casa disponíamos de una pequeña parcela donde crecían muchas flores, a menudo sin orden ni concierto y sin ni siquiera haber sido sembradas —una sonrisa nostálgica estiró sus labios en remembranza de aquel terrenito familiar—; mi madre empezó cuidándola, procurando distinguirla de un simple terreno de labranza, pero comprenderá usted que con seis hijos pequeños no podía dedicarse a ella como debería. Yo tomé encantada el relevo.
—Y por lo que veo se le da muy bien.
Esta vez un vivo tono escarlata escarchó con disimulo en los pómulos femeninos.
—Pronto empezaron a crecer por todas partes lirios amarillos, gladiolos, dedaleras, gordolobos...
—la sonrisa femenina continuó in crescendo —, resultaba un auténtico espectáculo de color y fragancias adentrarse en aquel modesto vergel surgido entre toscos vallados de madera y permanecer allí todo el tiempo que se me permitía.
—Seguro que era usted una cuidadora magnífica, a juzgar por lo bien que ha hecho prosperar este jardín.
Margaret inclinó la cabeza en un gesto de sincera modestia y gratitud.
—Había una buena base, señor Northwood.
—Y unas manos muy aplicadas, señorita Ashford.
Ella continuó sometida a la feroz coloración de su rostro.
—He aprendido en base a lo que mis padres, ambos, me han ido transmitiendo con el paso del tiempo —dijo— y en gran medida también fijándome en lo que las propias plantas me decían.
¿Sabe? Uno puede comprender, si observa con atención la posición de las hojas, su coloración o la tersura de los tallos, lo que necesitan o dónde prefieren ser trasplantadas.
La admiración en la mirada de Julian le concedió a su pupila un brillo chispeante.
—Créame, señorita Ashford —señaló—, no todo el mundo puede verlo por mucho que observe, se lo aseguro.
Con una sonrisa cohibida, asimiló Margaret el halago. Fue su turno entonces de preguntar.
—¿Y usted? ¿De dónde le viene su amor por las plantas? Me atrevería a suponer que a la mayoría de los caballeros de su posición no les interesa demasiado nada de lo referente a ellas.
Julian exhaló con largueza.
—La mayoría prefieren dedicar su tiempo a los perros, a los caballos o a los carruajes de sus cocheras, es cierto —admitió—, pero al igual que dijo usted antes: no todos encajamos en ese patrón.
—Durante algunos segundos se miraron en silencio y entre sonrisas—.
En mi caso es muy probable que mi madre fuera la impulsora de mi inclinación temprana.
—De pronto empezó a caminar muy despacio, sin rumbo, simplemente avanzando sobre el suelo trebolado mientras revelaba su alma a través de la palabra dicha.
Margaret lo siguió en silencio—. Pasé muchas tardes, a veces incluso días completos, en este jardín, correteando entre las flores mientras mi madre les dedicaba su tiempo. También aprendí de ella.
Continuaron caminando en silencio algunos minutos más por entre los macizos de lavanda y los serpenteantes riachuelos de narcisos, sorteando el vuelo zigzagueante de las mariposas o lo cuerpecillos regordetes de los abejorros que pasaban de flor en flor.
—Cuando nos trasladamos a Londres —continuó Julian—, decidí estudiar Botánica.
Mi padre esperaba que eligiera una carrera de leyes, seguramente, o al menos una materia más apropiada a mi condición —miró a Margaret por vez primera desde que empezara aquella disertación íntima—, pero yo debía mantenerme fiel a mí mismo, señorita Ashford, y dedicarme a lo que verdaderamente me hacía feliz, a aquello que me trasladaba a épocas inolvidables que tan solo podría ya evocar en mi memoria.
Al fin y al cabo —se encogió de hombros con informalidad y una sonrisa similar en los labios—, debido a mi condición de rico terrateniente —en sus palabras no se vislumbraba arrogancia o vanidad, sino un pequeño viso de resignación—, nadie esperaría de mí que ejerciera jamás una profesión, por lo que la rama académica que eligiera no tenía demasiada importancia...
aunque para mí en realidad la tuviera toda.
Margaret lo había escuchado en silencio, tratando de formarse en su cabeza una imagen acertada de aquel hombre, más allá de arcaicos blasones o egos encumbrados.
En realidad no era capaz de apreciar nada de todo esto en la persona de Julian Northwood, siendo lo esperado en alguien de su condición, sino todo lo contrario.
A su lado caminaba y se expresaba un hombre sencillo, cercano, el cual, de no ser por la elegancia y riqueza de su atavío o por la conciencia de saberlo el propietario de aquellas vastas tierras, bien podría pasar por un modesto arrendatario amante y conocedor del campo.
—Y dígame, señorita Ashford —el repentino reclamo la apartó de sus cavilaciones—, ¿qué hacía usted mientras pasaba horas y horas en su jardín de Berkshire? ¿Cómo se entretenía allí, aparte de cuidar sus plantas?
Margaret sonrió, contenta de abordar aquella parcela de su privacidad.
—Leyendo, señor Northwood —confesó—, me encanta hacerlo y zambullirme en la lectura del mismo modo que puedo sumergirme en un océano de flores.
Él cabeceó, satisfecho con la información.
—¿Qué le gusta leer?
Margaret dudó un instante, pero uno mínimo antes de continuar hablando con absoluta sinceridad. La compañía resultaba tan amable, y ella era tan noble de corazón, que comprendió que no debía albergar reparos.
—De todo, aunque especialmente poesía o novelas.
—En efecto, no encontró censura en la mirada masculina, y eso la alegró.
Otros caballeros no hubieran admitido fácilmente que una jovencita leyera otra cosa distinta a los libros de oraciones, en definitiva cualquier temática que pudiera desbaratar una mente en formación—.
En los últimos tiempos y gracias a una vecina muy amable que disponía de una buena biblioteca, había descubierto a la señora Burney, aunque con la precipitación de mi partida no recordé traerme a Hampshire alguna de sus obras.
Por supuesto, no esperaba que él conociera a la autora, gran defensora de la voz femenina.
—¡Ah, madame D’Arblay! —exclamó Julian, y a Margaret le fascinó aquel nuevo descubrimiento referente al señor Northwood—. Sí, creo que he leído algo suyo.
Y con un cabeceo misterioso, inclinó la mirada y continuó vagando felizmente acompañado por el delicioso paraíso en flor, consiguiendo que su compañera lo siguiera bajo un gesto de sorpresa y admiración.
***
Margaret permanecía sentada bajo la sombra que proporcionaba la vieja pérgola de madera vestida de glicinias, al fondo del jardín y a un costado del invernáculo recientemente restaurado.
Se entretenía, o al menos procuraba hacerlo, deshojando diminutas flores de manzanilla que había ido acumulando en su regazo, pero su concentración volaba de forma constante hacia otra parte.
Con cada pequeñísimo pétalo alzaba la mirada buscando a Julian —porque en su cabeza ya había pasado de ser el señor Northwood a ser solo Julian—.
Le extrañó no encontrarlo ya allí. Él apenas solía demorar su aparición unos diez o veinte minutos desde que llegaba ella, por lo que en aquel momento su ausencia la inquietaba.
Se había malacostumbrado a su presencia, y aunque en aquel delicioso paraíso verde no era capaz de medir el paso del tiempo, le semejó que había transcurrido una eternidad desde que cruzara la cancilla de forja del jardín, deambulara inquieta por el lugar recogiendo florecillas de manzanilla del infinito tapiz del que brotaban y terminara por sentarse en aquella discreta y cómoda parte de la parcela, a la espera de la llegada del caballero.
Tal vez hubieran transcurrido tan solo cinco minutos durante el proceso, aunque en su cabeza y en sus entrañas le semejara una auténtica eternidad.
Finalmente lo vio aparecer por el único lugar por el que podría hacerlo, y al reconocer su figura alta y gallarda, el corazón de Margaret dio un vuelco, la boca se le secó y la respiración se pausó unos instantes de forma inconsciente.
Las manos, por supuesto, perdieron todas las florecillas que sostenían.
Julian la divisó enseguida y, sonrisa en ristre, cruzó el jardín con rapidez para llegar hasta ella.
Se cuadró frente a Margaret y le ofreció un cuidado cabeceo a modo de cortesía. Margaret, quien ya se había levantado una vez que vio asomar al caballero bajo el arco de hierro, respondió a su venia con una lenta reverencia.
—Señorita Ashford —comenzó hablando Julian, con una ceremonia poco habitual a su carácter—, hoy me he retrasado un poco más de lo acostumbrado, pues recién llego de Willowford.
He dejado un instante la serenidad de nuestra campiña para adentrarme en las calles principales del pueblo.
—Margaret compuso una expresión de sorpresa.
Desde su llegada ella no había visitado aún el centro del pueblo de Willowford—.
En realidad he ido a propósito a buscar algo...
—Y adelantó un brazo, que había mantenido todo ese tiempo oculto a la espalda, para ofrecerle a la joven un pequeño paquete rectangular envuelto en papel de estraza.
Margaret abrió mucho los ojos.
—¿Es... para mí? —boqueó, confusa. Dos rosas estallaron de golpe en sus mejillas.
—En efecto, así es. —Cabeceó Julian con una sonrisa.
Margaret tragó seco, incapaz de moverse e incapaz también de apartar la mirada de aquel paquete todavía tendido en su dirección.
Demoró unos segundos en reaccionar, pero al comprender que estaba comportándose de forma negligente, y especialmente desconsiderada, al mantener al caballero en vilo con la mano suspendida en el aire a la espera de su actuación, tomó la ofrenda con ambas manos.
Otra vez tragó seco, pero el nudo de su garganta no se deshacía. Los ojos permanecían fijos e inamovibles en aquel pequeño paquete, perfectamente compacto y de peso medio.
—No puedo imaginar... —balbuceó, nerviosa.
—¿No puede? —Julian sonreía, encantado con aquel juego y, en especial, con la genuina reacción de la muchacha.
Margaret elevó la vista para sostenerla en la mirada plácida y penetrante del caballero.
—¿Por qué motivo usted...? —Se humedeció los labios, vivamente encarnada y nerviosa—. Es decir, ¿por qué habría usted de...?
Julian suspiró en medio de su sonrisa.
«Porque escuché cada una de las palabras que dijiste ayer».
—¿Quiere hacer el favor de abrirlo de una vez o se va contentar con sujetar un pequeño paquete de estraza para toda la eternidad?
—¡Claro, sí! —Margaret jadeó y devolvió la atención al paquete que sostenía en sus manos, sonriendo nerviosa.
Comenzó desembalando el papel con dedos trémulos e ineficaces. Como no estaba atado ni sujeto más allá de las dobleces inferidas sobre su contenido misterioso, el papel se liberó y cayó al suelo enseguida.
A la vista quedó un bonito libro encuadernado en cuero y pan de oro, con gruesos nervios en el lomo y brillante tono dorado en el corte de las hojas.
—¡Oh, no es posible! ¡Oh, cielo santo! —exclamó Margaret con lágrimas en los ojos al leer el título impreso en la portada.
Acto seguido miró a Julian con las pupilas, en efecto, brillosas y vibrantes—.
No tengo forma de agradecerle este gesto, señor Northwood, yo no estoy acostumbrada, nadie jamás...
—Y se silenció, porque un abrupto sollozo la obligó a ahogar su gratitud.
Julian experimentó una infinita sensación de felicidad. No hacían falta palabras. La sincera reacción de la joven, la infinita sensibilidad que demostraba ante un detalle tan insignificante y a la vez tan emotivo fueron para él más que suficientes.
—Ya que no se acordó de traerse su ejemplar desde Berkshire —dijo—, me pareció justo que continuara leyendo a la señora Burney aquí, en la apacibilidad de este jardín que es tan suyo como mío y el cual, espero, se convierta en su refugio mientras permanece en casa de sus parientes.