Donde florece el amor Capítulo 4
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Capítulo 4

E n los días sucesivos Julian acudió al jardín siempre a la misma hora, bajo la luz lánguida y pensativa del atardecer, pero en ninguna de tales ocasiones se atrevió a traspasar la barrera infranqueable —creada por él mismo en su cabeza— de aquel vergel que, al fin y al cabo, era una parte más de su vasta propiedad familiar.

Se limitó cada una de las veces a observar por encima del muro y por entre las fluctuantes melenas de los sauces, como un furtivo, para comprobar con regocijo que la muchacha acudía también cada día sin falta.

De hecho, cuando él llegaba al jardín, ella parecía llevar ya un buen rato allí, a juzgar por lo entretenidos que parecían cada uno de sus gestos o por las manchas de verdín que apreciaba en los bajos de su vestido.

Y aunque él adelantara su llegada algunos minutos, como hizo en un par de ocasiones, jamás había conseguido anticiparse.

Disfrutaba viéndola moverse con soltura por el lugar, como un hada entre las flores, y disfrutaba mucho más observando el cariño con el que trataba cada planta, cada pequeño macizo, cada vara espigada de frutal.

En más de una ocasión se atrevería a jurar haberla visto conversar sotto voce con los elegantes gladiolos mientras acariciaba sus sedosos pétalos, o cerrar los ojos para deleitarse más profundamente con el aroma de la madreselva trepadora o los jazmines olorosos.

La contemplaba fascinado mientras ella permanecía sentada en las rocallas, rodeada por las flores que parecían guarecerla del resto del mundo, con las manos sobre las rodillas y la cabeza elevada hacia los cálidos rayos de principios de junio.

En otras ocasiones la observaba sentada bajo la vieja pérgola de madera que se vestía de hiedra, leyendo con gran embeleso un libro, siendo apenas perturbada la lectura por el canto alegre de los mirlos o el zumbido grotesco de los abejorros entre las espigas de lavanda.

Y aunque comprendía que existía un cierto punto de clandestinidad en su recién adquirida costumbre de espiarla cada tarde, no podía evitar sentir que aquel ceremonial cotidiano había empezado a tejer un hilo invisible de intimidad que parecía acercarlo de forma irremediable a la desconocida de la que ni el nombre sabía.

***

Aquella tarde en concreto, Margaret se encontraba más intranquila de lo habitual. Tía Dorothy había hablado con su amiga, la señora Hartfield, y esta, alegremente, la había informado de la identidad del desconocido que la muchacha había visto, más de seis tardes atrás, en el jardín.

«Oh, sin duda tu joven sobrina-nieta ha conocido a Julian Northwood en persona —había informado la señora Hartfield mientras degustaba con elegancia un delicioso scone —.

Hace apenas unas semanas que el caballero llegó a Willowford y, al parecer, su intención es hacerse cargo del patrimonio familiar.

Garden Hill vuelve a estar abierto», recordó Margaret, testigo silenciosa de la escena, inmóvil en un ángulo oscuro y discreto de la sala, el ejército de hormigas que sintió resurgir y corretear de golpe por sus entrañas para revolucionarla completamente por dentro.

También recordó el gesto de sorpresa —y sutil indignación— de su tía al descubrir por terceras personas una noticia tan relevante y sin haber tenido previo conocimiento de ella.

¿Cómo no había sabido de la llegada de su vecino más inmediato?

¿Cómo no había notado la casa abierta después de tantos años de feroz clausura?

—Al parecer William Northwood falleció en Londres hace ya un tiempo, y tras arreglar todo el papeleo resultante a consecuencia de la defunción de su padre, el joven Julian decidió regresar al hogar donde nació y donde pasó sus primeros años de vida.

—¡Oh, pobrecillo, cuántos recuerdos aflorarán de golpe a la superficie de su alma! —había exclamado tía Dorothy con gran sentir.

—Esos recuerdos nunca debieron haber sido empujados a las profundidades, querida Dothy —había intervenido la señora Hartfield bajo un ceño de reprobación—.

William jamás debió apartar a su hijo pequeño de un lugar que su esposa había amado tanto.

Existió un gran trazo de egoísmo en su proceder, bajo mi punto de vista.

Y Margaret ya no recordaba mucho más de la conversación entre ambas mujeres, pues su mente había echado el cerrojo con rotundidad a cualquier estímulo exterior diferente a los que la sacudían entonces en cuerpo y alma.

Inquietud, nerviosismo, vergüenza e incomodidad.

Y la sensación clara y rotunda de haber sido descubierta en una falta terrible por el propietario del jardín en persona.

¡Había estado invadiendo su propiedad de forma reiterada!

¡Cómo golpeó su corazón contra las paredes de la carcasa ósea que lo protegía, en el instante justo en el que recordó cuando él preguntó si el jardín era suyo!

Aunque esa cuestión la puso muy nerviosa en su momento, el proceder de él a continuación, tan dócil, tan condescendiente, le dio a entender que no había ningún problema y que todo estaba bien.

Y así lo llegó a creer mientras él elogiaba su buen hacer con las plantas y admiraba el lugar como si lo viera por vez primera.

¡Oh, cielo santo, si hubiera sabido que aquellas mismas plantas y aquel mismo suelo trebolado habían sido cultivados y cuidados por la madre de él...!

De Julian.

Julian Northwood.

El legítimo dueño del lugar.

El niño al que su padre se había llevado lejos una vez que la madre abandonó el mundo de los vivos.

El niño del que ella se había compadecido cuando la tía Dorothy le relató su trágica historia familiar.

El mismo que la había sorprendido en la parcela adorada de su madre, campando a sus anchas como una perfecta intrusa.

Se llevó ambas manos al rostro para ocultar bajo ellas su enorme tribulación.

—¡Margaret, eres una completa boba!

¡Menuda vergüenza! ¡Tremendo sofoco!

***

Cuando descendió las manos y fijó la vista en el frente descubrió entre las ramas etéreas de los árboles, por encima del regio murado, el rostro de un hombre que parecía mirar en su dirección.

La primera reacción fue la del sobresalto, con su consiguiente hipido de sorpresa, y acto seguido el corazón —mucho más avispado al parecer que la consciencia— comenzó a cabriolar con frenesí al reconocer de inmediato la identidad de aquella cabeza asomada sobre el muro de piedra.

—¡Oh, Dios bendito! —susurró afligida.

Julian desapareció de pronto para aparecer segundos después bajo el arco ferruginoso de la cancilla.

Margaret se levantó como impulsada por un resorte invisible y, consciente de que ambos se habían sorprendido el uno al otro, y sabedora de que la distancia que los separaba no era mucha y que él podía oírla perfectamente, se apresuró a decir:

—¡Discúlpeme, discúlpeme, se lo ruego —como aquel día, las manos se reunieron frente al talle para retorcerse con frenesí— nunca debí entrar aquí sin su consentimiento y mucho menos tomarme la licencia de...!

—¡Pero no, no se disculpe, por favor...!

—Julian, con voz mansa, alzó una mano para tratar de apaciguarla y, también, para restar solemnidad a su interrupción.

El ceño de ella, no obstante, continuó fruncido—.

Verdad es que ha sido toda una sorpresa llegar aquí después de todo este tiempo y encontrarme el jardín...

de este modo. —Una sonrisa estiró con levedad los labios masculinos—.

Pero créame, ha sido una sorpresa muy agradable.

Margaret exhaló con largueza.

Un ceño severo continuaba sombreando su mirada castaña.

Las mismas emociones que había experimentado segundos antes al rememorar la conversación entre las dos ancianas afloraron con viveza al encontrarse esta vez en tiempo real ante el hombre, el causante de tales emociones, en persona.

—Le aseguro que... cuando lo descubrí mientras daba un paseo por los alrededores...

me... me pareció fascinante en sí mismo...

—explicó con notorio atropello— con su belleza desordenada, su vigorosidad natural, su fuerza imparable y tanta hermosura dormida esperando a ser despertada...

—Tragó seco. Su vergüenza nacía de la conciencia de culpabilidad—.

Y una vez que conocí la historia de este jardín supe que no era justo que permaneciera olvidado y descuidado, no cabía en mi conciencia consentir un atropello semejante —suspiró a profundidad—.

No había ningún Northwood a quien solicitar consentimiento, así que me limité a pedírselo a mis tíos...

Julian reflejó un ceño de desconocimiento.

—¿A sus tíos?

Margaret boqueó, consciente de la escasez de su informe y de su, cada vez, más notable nerviosismo.

—Los Percy-Barrow —aclaró con fatiga—, soy pariente de ellos, he venido a pasar el verano a Lavender Fields desde mi hogar, en el condado de Berkshire.

Julian enarcó esta vez ambas cejas, trasformando su anterior ceño de desconocimiento en un claro gesto de sorpresa.

—Berkshire está muy lejos.

De nuevo Margaret exhaló y una sonrisa trémula bailoteó en sus labios.

—Lo está, señor, muy lejos... —Le dedicó una mirada tímida, casi suplicante de redención—. Le aseguro que yo simplemente quería...

—Está bien —cortó él con delicadeza, una vez más—, no se disculpe, se lo ruego.

Ha hecho usted un gran trabajo rescatando este lugar de lo que lo condenaba a convertirse, a todas luces, en una auténtica jungla.

No puedo hacer otra cosa más que sentirme en deuda eterna con usted por su dedicación y su cariño a este sitio tan especial para mí.

Mi madre se sentiría orgullosa y agradecida.

Ella inclinó la cabeza y la mirada. Las mejillas imitaban a dos amapolas a punto de reventar bajo el sol.

—Por tanto, en este instante y debido a que yo he sido especialmente negligente al permanecer tantos años lejos de aquí, creo y considero que este jardín es también un poquito suyo —una bonita sonrisa curvó los labios de Julian—; en realidad, debería ser más suyo que mío, pues usted le dedicó su tiempo y su trabajo.

—Margaret hizo ademán de protestar, pero Julian fue más rápido a la hora de continuar con su discurso—: Me gustaría que continuara viniendo por aquí y cuidando este pequeño pedazo de paraíso con el mismo afecto con el que lo ha hecho hasta mi llegada.

—Buscó con intención la mirada de la joven—.

¿Me hará el favor de acceder a este anhelo?

Margaret exhaló un par de veces consecutivas para terminar adornando su rostro con una sonrisa.

—Será un honor y un privilegio, señor Northwood —concedió en un susurro.

Él cabeceó con gratitud.

—El honor y el privilegio serán míos, ¿señorita...?

—Ashford —señaló ella—. Margaret Ashford.

Y Julian consintió que ese nombre que había ansiado conocer se grabara a fuego en su mente.

Cabeceó una sola vez a modo de asentimiento y cortesía, pues comprendió que ya no había mucho más que hacer allí y resultaba buena idea regresar a Garden Hill; al fin y al cabo, la señorita Ashford ya había sido sometida a un buen cúmulo de emociones por su causa, no deseaba perturbarla más, cuando la voz dulce y baja de la muchacha lo obligó a detenerse en el momento justo en el que giraba sobre sus talones.

—¿Ha encontrado ya a su perro pointer ?

Una sonrisa estiró los labios masculinos en amplitud al asimilar el grado de inocencia e ingenuidad de aquella joven.

Sabía que su juventud era notable, de hecho estaba seguro de que no debía alcanzar siquiera los dieciocho años, aunque por su conocimiento del mundo y de la vida sabía también que este factor no siempre iba acompañado de candor e ingenuidad.

En el caso de la señorita Ashford, al parecer, era algo completamente implícito a su ser.

Aún de espaldas a ella, miró por encima del hombro para ofrecerle su sonrisa.

—No había ningún pointer , señorita Ashford...

Y conservando dicha sonrisa, tomó camino hacia Garden Hill, aunque en el fondo de su alma hubiera deseado quedarse un poco más y admirar el gesto que debió retratarse en el bonito rostro femenino.