Donde florece el amor Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Ceño severo, nariz larga y perfecta, mentón saliente y sombra de barba; todo en aquel desconocido, amén de la consciencia de no ser ella misma dueña de cuanto allí había o se hacía, fomentó que Margaret se sintiera de pronto como una niña atrapada en falta.

Quizá por eso, y por el elevado sentimiento de culpa que experimentaba, se apresuró a reunir ambas manos frente al talle para entrelazarlas y retorcer los dedos con nerviosismo.

Julian apreció la incomodidad de la joven y se culpó enteramente de haberla provocado mediante aquella absurda pregunta.

Por eso tal vez, y en parte porque la muchacha semejaba tan cándida como un ángel, se apresuró a mostrarse tan indiferente como debería para sonar conciliador y tratar así de aligerar la congoja de la joven.

—Ha hecho un gran trabajo, señorita —y para confirmar sus palabras, cabeceó en asentimiento mientras deslizaba la mirada en derredor—, es un gran acierto combinar rosas con lavanda, desde luego.

Margaret miró en la dirección indicada, sintiéndose todavía inquieta. Las manos continuaban retorciéndose con frenesí.

—La combinación de colores y aromas resulta sublime —continuó él—, además de que la lavanda ofrece un bonito tapiz y actúa como soporte alfombrado para las rosas, que son las que aportan altura.

—Volvió Margaret la mirada hacia el caballero, asombrada del conocimiento que parecía poseer acerca de la distribución ideal de un jardín.

Él, ajeno a la observación femenina, continuó con su divagación—: La salvia, la verbena, las salicarias...

todas ellas en conjunto aportan un toque vertical de color que sin duda embellece el parterre con esa hermosura casi salvaje que tan solo podemos encontrar en plena naturaleza.

Ella continuó observándolo bajo un ceño de confusión y admiración. Las manos dejaron de retorcerse.

—La mano del hombre poco puede hacer para tratar de superar el diseño natural de la creación —Julian regresó la mirada a la joven—; un gran trabajo, la felicito de veras por haber sabido conservar la esencia de un auténtico vergel —suspiró con largueza y, sin mediar otra palabra, le ofreció un cabeceo raudo y firme a modo de cortesía.

A continuación, una sonrisa asomó con brevedad a sus labios mientras el velo de la emoción empañaba por un instante sus pupilas.

Raudo y precavido, giró sobre sus talones para desaparecer bajo el arco ferroso de la cancilla, perdiéndose su silueta del otro lado del elevado muro.

Margaret, todavía ceñuda, confundida, incapaz de moverse del sitio mientras maceraba en sus entrañas los rescoldos de su reciente incomodidad, se humedeció los labios, parpadeó con nerviosismo y susurró apenas al escote velado en gasa de su vestido:

—Gracias, señor...

***

—¡Por mi vida que desconozco de quién podría tratarse!

—Tía Dorothy, encantadora bajo un ceño de absoluta concentración, copa nocturna de vino de naranja en la diestra, permanecía sentada en su sillón, con la mirada fija e inamovible en las llamas anaranjadas que danzaban frente a ella en la chimenea, como si ese fuego vivo fuera el único que pudiera sugerirle una posible respuesta—.

Un hombre alto y bien parecido... —ante esta referencia no pudo evitar Margaret tornarse encarnada con gran viveza.

¿Había ella mencionado la apostura del desconocido o era cosa de su anciana tía?

Por fortuna, tía Dorothy se encontraba ocupada devanándose los sesos y tío Arnold, como acontecía de forma habitual, se entregaba con gusto a la lectura de un libro, esta vez de aritmética, como para apreciar su rubicundez—, podría pensar en el hijo de los Rooff, los granjeros que llevan en arriendo algunas de nuestras tierras, pues no carece de cierto atractivo —apenas medio segundo después de decir esto, negó con la cabeza—, pero no, ese muchacho lleva barba y desde luego no es para nada alto...

—Buscaba a su perro pointer ... —apuntó Margaret con timidez, por si acaso semejante apostilla sirviera de algo.

Y de algo debió de servir, pues de inmediato la tía Dorothy la miró con gesto de sorpresa.

—¿Un perro pointer ?

Margaret asintió despacio.

—Color hígado...

Tía Dorothy abrió mucho los ojos.

—¿Color hígado? —Meneó la cabeza en negación—. ¡Descartado el hijo de los Rooff, entonces! Por aquí tan solo los caballeros poseen perros de raza para cazar o para hacerles compañía. Los arrendatarios suelen tener border collies para ayudarles con el ganado...

Margaret sonrió con dulzura.

—Así es —afirmó—, en casa teníamos a Ashton, un hermoso border collie que ayudaba con las ovejas.

Tía Dorothy, tras cabecear ante un comentario tan genuino, miró a Margaret con renovado interés.

—¿Tu desconocido era un caballero, querida?

Margaret replegó los labios al interior de la boca y permaneció mirando a su anciana tía durante algunos segundos que le semejaron eternos.

«¿Mi... desconocido?».

—Vestía de forma muy elegante... —confirmó al fin— y poseía una gran presencia... —Se esforzó en decir todo esto sin ponerse más encarnada de lo que ya debía de estar, a juzgar por el calor que brotaba de su piel y congestionaba cuello y rostro.

—Un caballero, entonces... —Tía Dorothy se toqueteó los labios en un gesto que procuraba manifestar su extremada concentración—. Pero ninguno de nuestros vecinos cuenta con un hijo lo suficientemente joven, alto y bien parecido que pueda asemejarse al hombre que te encontraste en el jardín...

Tío Arnold alzó por vez primera la mirada de su lectura para fijarla en las dos mujeres que lo acompañaban. Por vez primera también decidió participar en la conversación.

—Puede que se trate de un pariente o de una amistad de alguno de nuestros vecinos, y que simplemente haya venido a Willowford de visita. —Elevó sus pobladas y canosas cejas con indulgencia—. No conocemos a todo el mundo, querida señora Percy.

La anciana exhaló con condescendencia, pero no replicó las palabras de su esposo. Miró de nuevo a Margaret.

—Preguntaré a la señora Hartfield, en los próximos días vendrá a tomar el té y te aseguro que no hay novedad en todo Hampshire —miró a su esposo con intención—, ni pariente o amistad, de la que ella no esté informada.