Capítulo 3
A l día siguiente decidió regresar al jardín.
Y no solo por tratarse del jardín en sí mismo, fuente imperecedera e inagotable de aquellos recuerdos hermosos que había tenido que limitarse a atesorar, con el correr de los años, únicamente en su memoria y en su corazón.
Necesitaba regresar y comprobar si también aquella mujer desconocida, fuere quien fuere ella, había vuelto al jardín para continuar cuidándolo y adecentándolo.
Mientras abordaba con paso ligero la loma que descendía desde Garden Hill —con la mirada prendida en las rumorosas melenas de los sauces y la silueta del arcaico muro que se adivinaba por entre el follaje—, antiguas escenas de tiempos mejores, sin duda preciosos en aquella época y dolorosos en la actualidad por encontrarse extintos, acudieron a su memoria.
Recreó la silueta de una hermosa mujer deslizándose por el jardín como un ángel pisando nubes, ataviada con un discreto delantal para preservar el delicado vestido, con su bonito cabello rubio recogido bajo un sombrero de paja recubierto con un velo de gasa para protegerse contra los insectos, y en las manos guantes de cuero para poder hundirlas constantemente en la tierra sin estropear su piel de porcelana.
Recordó cuánto le gustaba a él acompañarla al jardín y con cuánta atención atendía a sus explicaciones acerca del cuidado de las diferentes plantas que allí cohabitaban.
Quizá ese fuera uno de los principales motivos por los que se decidió a estudiar Naturalismo y Botánica, a pesar de la poca consideración que su padre había manifestado hacia esta especialidad; sin duda, él habría preferido una carrera de Leyes o Medicina.
Pero Julian adoraba las plantas, adoraba la naturaleza en sí misma, y tal vez dedicarse a ella en cuerpo y alma fuese la mejor manera de perpetuar y honrar el legado de su querida madre.
O, al menos, la mejor forma de sentirse más cerca de ella.
Creyó que, una vez fallecido su padre, al decidir regresar a Garden Hill para hacerse cargo de la propiedad familiar, le iba a doler sobremanera ver de nuevo la mansión..., y en especial el jardín de su adorada madre.
Y seguramente así sucediera, al menos en lo que al vergel respectaba, si lo hubiera encontrado en el estado de abandono y negligencia en el que consideró debería haberlo hallado.
Sin embargo lo descubrió tan... bien, que por un instante fue como si el tiempo se hubiera detenido de pronto allí adentro.
Y aquello lo descuadró por completo.
Cuando se encontró frente al muro, ante a la cancilla de hoja doble ligeramente entreabierta a modo de silenciosa invitación, no se atrevió a entrar.
Todavía no creía estar preparado para traspasar el muro ficticio, tampoco el real, que lo separaba de su pasado.
No obstante, parado bajo el arco oxidado de la cancilla, sus ojos sí tomaron la iniciativa a la que se negaban sus pies para volar raudos hasta la silueta femenina que había descubierto allí el día anterior, y que en ese momento se encontraba arrodillada ante un parterre de tierra removida, trasplantando prímulas.
Ella se hallaba frente a él, aunque ajena por el momento a la presencia de Julian, por lo que pudo concederse a sí mismo la licencia de apreciar a la perfección sus rasgos sin ser visto.
Era una muchacha en verdad muy joven. Lo supo por su rostro de luna llena, por sus pómulos redondeados y por la mirada, que, aunque permanecía inclinada la mayor parte del tiempo, se anunciaba chispeante, preñada de esa ilusión intacta que albergan aquellas almas que apenas han salido al mundo.
La boca era pequeña y de labios carnosos y sonrosados; la nariz, salpicada de pequitas, asomaba diminuta y perfecta.
Como perfectamente delineadas y simétricas eran las gruesas cejas oscuras que adornaban el bello conjunto de su rostro.
La tez no era de porcelana, sino que se pincelaba ligeramente aceitunada, señal inequívoca del amor y la inclinación de su propietaria por el aire libre; asunto que, lejos de disgustar a Julian, lo admiró.
Cabello oscuro, rizoso, que asomaba en descuido bajo el ala ancha de un sombrero de paja y por entre la lazada desanudada que descendía a ambos lados de un cuello esbelto como el de una garza.
La muchacha se afanaba entonces por enterrar los cepellones en los agujeros previamente cavados en la tierra removida y húmeda.
Vestía sus manos con guantes de cuero y no parecía incomodarla encontrarse de rodillas sobre el terreno, a riesgo de manchar de tierra y verdín —tal y como ya lo había hecho— su vestido color cobalto.
La mente de Julian voló frenética al pasado y, sin poderlo evitar, se sintió trasladado de pronto a un momento lejano en el tiempo que, en su cabeza, resultaba casi idéntico al momento actual.
Y a pesar de que la fascinación por rememorar un instante inmejorable lo mantenía, o eso creyó él, perfectamente inmóvil y silencioso bajo la cancilla, casi sin aliento y pulso, boquiabierto y con la mirada velada por la emoción, en algún instante debió de realizar algún movimiento o sonido en consecuencia, pues la joven levantó la vista de pronto para fijarse en él por vez primera.
Al encontrarse las miradas, el rostro femenino se tiñó de escarlata con la rotundidad con la que una amapola resplandecería bajo el sol de mediodía.
También Julian se sintió incómodo, como si hubiera sido sorprendido en un renuncio, pues se enderezó de golpe y, de forma casi inconsciente, dio un paso atrás. Huir, sin embargo, resultaba impensable.
Sabía que no había motivo alguno para sentirse así, pues, al fin y al cabo, aquel jardín le pertenecía y tenía todo el derecho del mundo de estar allí.
Saber eso, sin embargo, no le sirvió de mucho —o de nada, en realidad—, pues acto seguido se sorprendió a sí mismo balbuceando como un necio y enarbolando la más absurda de las justificaciones ante aquellos ojos enormes que lo miraban con curiosidad:
—Emm... disculpe, señorita —carraspeó nervioso—, ¿ha visto un perro pointer por aquí?
Ella parpadeó con viveza mientras se enderezaba y cuadraba los hombros, sosteniendo todavía un cepellón de prímula en las manos.
—¿Un... pointer ? —preguntó Margaret con timidez.
Julian boqueó y cabeceó en asentimiento. Ya no podía volverse atrás sin parecer más necio de lo que era.
—Sí, un... —la duda se asentó apenas durante un par de segundos— un pointer , ya sabe usted: un perro de caza, blanco, con... manchas... color hígado...
Margaret abrió mucho los ojos, sintiéndose cada vez más sorprendida.
—¿Color... hígado?
Julian exhaló con largueza, vaciando todo el aire posible de sus pulmones. Un segundo después se encontró sonriéndose a sí mismo ante su propia bobería.
—Ay Dios... —susurró al elaborado cuello de su cravat .
Era un hombre de veinticinco años, por el amor del cielo, y se comportaba como un mozalbete.
En su descargo debía reconocer que los recuerdos, y la emoción a consecuencia de ellos, lo habían abordado tan de golpe que no había podido asimilarlos con el necesario aplomo.
No se había preparado para digerir así, de repente, semejante impresión y tan emotivas remembranzas después de todo ese tiempo.
Por eso, tal vez, en ese instante y ante aquella muchachita desconocida se comportaba como un auténtico bobo.
No había motivo alguno para semejar un idiota si en verdad no lo era, y sin embargo...
—Salí a caminar con él... —¿por qué continuaba con aquella farsa?— y en un momento dado arrancó corriendo detrás de una perdiz —exhaló con largueza—. Hace un buen rato que no lo veo ni responde a mi silbido, creí que podría haber entrado aquí...
Margaret se humedeció los labios y parpadeó de nuevo con viveza.
—Pues no, no lo he visto por aquí... —Jadeó confusa.
Julian aprovechó para deslizar la mirada en torno, en realidad para comprobar una vez más el aspecto del jardín y compararlo con el recuerdo que de él guardaba. Hacer eso abrió un agujero creciente en el centro mismo de su pecho.
—Es un lugar... muy bonito... —murmuró para sí mismo, consciente de la emoción que ascendía en volandas desde las profundidades de su alma para asentarse sobre su agitado corazón. Lo era. Precioso. Nunca había dejado de serlo. Inhaló profundo y a continuación agregó—: ¿Es suyo?
Fue consciente en el acto de lo innecesaria que resultaba aquella pregunta a oídos de cualquiera, y especialmente a su propio entendimiento, pues conocía perfectamente la respuesta.
Y en cuanto a aquella joven... era de suponer —y así debía de entenderlo ella— que si la había descubierto allí trasplantando prímulas, por fuerza daba a entender que el jardín era suyo.
Margaret se tornó mucho más encarnada que al inicio. Dejó la planta a un lado y, muy despacio, se levantó.
Una vez de pie, se limpió con disimulo los guantes contra los pliegues del vestido, un gesto consecuencia del gran nerviosismo que la dominaba de pronto.
—Bueno, en realidad... yo... —principió diciendo, y rápidamente descendió la mirada al suelo sin ser capaz de terminar la frase. Tragó seco, pero el nudo de su garganta no se aligeró en modo alguno.
Ella era del todo consciente de que se encontraba en una propiedad privada y, aunque no hacía nada malo en realidad, sino que tan solo había pretendido recuperar un rincón que no merecía someterse al cruel olvido, cualquiera que conociera la historia de aquel lugar entendería que, en verdad, no tenía un derecho real de estar allí.
¿Y si aquel caballero, fuere quien fuere, le reprochaba el haberse apoderado del sitio sin consentimiento legítimo? ¿Y si la tomaba por una usurpadora?
Sin embargo no se trataba solo de eso.
Aquel hombre la intimidaba de una forma particular.
De estatura imponente y gran apostura, vestía como un auténtico noble y, asimismo, su figura emitía un intenso magnetismo que tan solo los caballeros son capaces de desprender.
Coronaba su testa una densa cabellera del color del trigo maduro, rizado sobre la frente. Frondosas patillas se fundían con el contorno de la mandíbula, concediéndole a su expresión un aire de innegable nobleza y autoridad.