Capítulo 2 #2
¿Cómo explicarle al tío Arnold, práctico y resolutivo por excelencia, sin ofenderlo, que la pulcritud de Lavender Fields no la atraía del mismo modo que podía hacerlo el chispeante colorido y la libre disposición de aquel jardín olvidado y aún rebosante de vida que tanto le recordaba a su jardín de Berkshire?
¿Y cómo explicarle especialmente, sin que la considerara una ilusa romántica o una tonta sensiblera, que un lugar nacido como una ofrenda de amor no merecía morir en el olvido del tiempo?
Dirigió una mirada preñada de anhelo a la tía Dorothy.
Esta comprendió de inmediato aquello que albergaba el alma y el corazón de la muchacha.
—Estoy segura de que sabrás devolverle el alma a ese pedacito de paraíso, querida niña, para convertirlo en la vieja gloria que fue en su día.
Margaret la agasajó con una amplia sonrisa que iluminó la aquietada estancia con el fulgor de la gratitud.
—Gracias, tía Dorothy.
De nuevo el tío Arnold meneó la cabeza en negación, aunque sin albergar disgusto alguno en su gesto.
¿En qué cabeza podía caber la idea de que un solo hombre pudiera lidiar con la voluntad empecinada de dos mujeres unidas en feliz coalición?
***
Algunos días después consiguió Margaret convencer a uno de los jardineros de Lavender Fields para que la ayudara a segar la hierba y arrancar la maleza del jardín; y el buen hombre, al comprobar que a la señorita no se le mudaba el color a la hora de remangarse y trabajar duro, se esforzó especialmente para terminar la tarea en una única jornada.
Entre los dos cortaron toda la hierba hasta dejar la superficie como una mullida alfombra verde, aunque en algunas zonas, y debido a la presencia de maleza, pudieran apreciarse pequeños parches de tierra a los que tomaría un poco más de tiempo recuperar su verdor.
Arrancaron mala hierba, despejaron hojas secas y ramas muertas, enderezaron los desgarbados rosales, allanaron los montículos de tierra que los topos habían expulsado desde las entrañas de la tierra y limpiaron el pasillo de terracota que cruzaba serpenteando el lugar.
Margaret, en medio de la parcela, manos en las caderas y agitado el aliento a causa del esfuerzo, dedicó al bucólico escenario una sonrisa satisfecha.
Había sido un arduo trabajo, y sin duda señorita y jardinero terminaron exhaustos al final del día, con las manos y las ropas teñidas de tierra y verdín y el cuerpo adolorido; pero una vez terminada la parte más dura e ingrata de la tarea, el jardín por fin respiró, dejando entrever su belleza latente como una promesa de lo que volvería a ser.
Y no parecía faltar demasiado para que esto sucediera.
***
Aprovechando la benevolencia climática de finales de mayo, Julian decidió salir a caminar aquella tarde.
Había llegado al condado de Hampshire apenas un par de días antes y ni siquiera había tenido tiempo a nada más que a instalarse; de hecho habían sido días de gran trasiego para él y para los sirvientes que lo habían acompañado desde Londres, pues devolver la vida a un lugar que había permanecido dormido durante muchos años requería, sin duda, de mucha paciencia y un gran esfuerzo; tan siquiera para que emitiera los primeros alientos tras demasiado tiempo de respiración ahogada.
Pero en medio de tan ardua responsabilidad, él era consciente de que necesitaba concederse tiempo para sí mismo y salir a caminar; sabía que necesitaba recorrer aquellos campos infinitos y aquellos antiguos caminos que recordaba vagamente de sus años de niñez; y especialmente era consciente de que necesitaba tanto como el respirar, volver a experimentar el reflujo de sensaciones que emanaban de la tierra, de los árboles y de un cielo que en ninguna otra parte parecía tan límpido y puro como el de Hampshire.
Mucho menos en Londres, donde la bóveda celestial se opacaba de forma constante bajo la densa legión aérea, oscura y maloliente del humo procedente del carbón que vomitaban las chimeneas.
Cansado de pisar adoquines sucios e irregulares y terreno embarrado por el continuo trasiego de los carruajes, resultaba una bendición poder caminar sobre aquel suelo verde y mullido, fragante incluso, y disfrutar de una sensación semejante a la que debían experimentar los ángeles pasándose en nubes.
Por una razón u otra, en su absorto y fascinado deambular, sus pies lo llevaron más pronto que tarde al viejo jardín cuya existencia atesoraba en lo más profundo de su corazón y que recordaba, ubicado como precioso remiendo, en medio de la extensa campiña, al final del parque de la propiedad, rodeado y protegido por una legión de sauces que, entonces, lo sorprendieron por su robustez y frondosidad.
Él apenas recordaba troncos desgarbados, ramas débiles y escaso follaje, apenas un breve abrigo para las avecillas del campo; no había imaginado en modo alguno descubrir en el presente, con un único y sorprendido vistazo, semejante reciedumbre y majestuosidad.
Una sonrisa condescendiente estiró con ligereza sus labios.
¿Y qué esperaba?
Al fin y al cabo el paso del tiempo resultaba inclemente y, del mismo modo que él ya no era el chiquillo que antaño correteaba por aquellos pastos como un cervatillo feliz y despreocupado, tampoco esos eran los arbolitos enclenques que vio plantar.
Se acercó al lugar, decidido a dar una mirada rápida por encima del muro.
Ni siquiera consideró entrar, no por el momento; pero sí que podía mirar... y recordar.
Probablemente allí no quedara ya nada de lo que había sido antaño aquel lugar, pero tal vez podría intuir determinados elementos bajo la maleza que, de seguro, había actualmente de cubrirlo todo.
Quizá permaneciera aún intacta la vieja fuente de piedra, tal vez todavía las estatuas de aquellas ninfas, cuya anatomía sutilmente revelada lo había eclipsado en su ingenuidad infantil; puede que se sostuviera en pie el arco de madera que las rosas silvestres recorrían con gracia y, al fondo del cercado, quizá existiera todavía el invernáculo...
Una vez parado frente al muro, que entonces le pareció más bajo de lo que recordaba cuando, de niño, le semejaba tan elevado e infranqueable como los muros de Jericó, se irguió en toda su estatura —siendo esta notable— para sorprenderse con lo que descubrió al otro lado.
O, en realidad, con lo que no descubrió.
El jardín permanecía increíblemente limpio de maleza; y aunque en algunas zonas asomaban pequeños montones de hierba recién cortada y hojarasca seca, así como parterres desangelados, sin gracia ni esplendor tras la reciente poda, en modo alguno reflejaba el descuido que él, por lógico razonamiento, le había atribuido.
No permanecía devorado por la vegetación.
No parecía la selva que él había esperado encontrar.
Lo más sorprendente, no obstante, fue el descubrimiento de una figura femenina —y no, no se trataba de ninguna de las estatuas de aquellas ninfas que él guardaba en la memoria, sino de una criatura mortal de carne y hueso— parada de pie en medio del jardín, apostada muy erguida, con las manos en las caderas y la cabeza alta.
Por encontrarse ofreciéndole la espalda, no pudo distinguir la identidad de la mujer, aunque a juzgar por el guardapolvo que protegía su vestido y el sombrero campesino de ala ancha que cubría su cabeza, resultaba manifiesto que ella era una parte importante, y responsable, de la actual apariencia del jardín.
Por su fisonomía y por su atavío debía de ser bastante joven.
Por su disposición y por el trabajo que parecía haber llevado a cabo allí, debía de ser una persona determinada y muy capaz.
—¿Quién eres? —susurró bajito, amparado tras la intimidad que le proporcionaba el muro de piedra.