Capítulo 2
—¡O h, querida, ese viejo jardín... —suspiró profundo, acompañado de una suave caída de ojos— comprendo que llamara tu atención!
¿Cómo no iba a hacerlo? —Tía Dorothy, sentada cómodamente frente al fuego con su habitual copita nocturna de vino de naranja en la diestra, parecía entender mejor que nadie la fascinación de la muchacha conforme esta les relataba su excursión vespertina, y así lo demostró al compartir con los presentes una mirada soñadora que Margaret recibió con una sonrisa; y el tío Arnold, meneando la cabeza con resignación—.
¿Pero todavía se puede acceder a él? —Jadeó su incredulidad—.
Creía que a estas alturas se encontraría completamente impracticable y devorado por la vegetación.
—En verdad no se puede acceder de forma cómoda...
—admitió Margaret con timidez, ocultando, por no preocupar a la anciana, que las hierbas llegaban hasta la rodilla y podían esconder, seguramente lo hicieran, serpientes y otras alimañas—, se nota que hace mucho que nadie se acerca a ese lugar ni se preocupa por él.
—¡Oh, pero por supuesto, querida, por supuesto! ¿Quién podría hacerlo? —exclamó Dorothy con un aliento de tristeza—. Hace mucho mucho tiempo que ese lugar se cerró para siempre...
Margaret la observó con un marcado ceño de curiosidad, sin acabar de comprender el significado real de aquellas palabras.
Acto seguido miró a tío Arnold, pero este no parecía compartir la nostalgia sensiblera de su esposa y prefería depositar su interés entre las páginas del libro de geografía que sostenía en las manos.
Comprendiendo la intriga de la joven, la tía, luego de lanzar al aire otro suspiro y consciente de haber encontrado una interlocutora ataviada con la misma dosis de sensibilidad con que se vestía ella misma, decidió compartir con la muchacha cuanto sabía.
—Ese jardín fue una ofrenda de amor de su propietario, William Northwood, a su esposa.
Margaret aspiró una amplia bocanada de aire en tanto elevaba las cejas hasta rozar con ellas el nacimiento de su oscuro y rizado cabello.
Aquella revelación, que sin duda ocultaba un claro matiz romántico, azuzó su curiosidad y encendió el color en sus mejillas.
Quiso saber más, por supuesto, y para ello se inclinó sutilmente en el asiento hasta sentarse casi en el borde, acortando de ese modo la distancia que la separaba de la anciana.
Su mirada brillante y suplicante la delataba; un ruego silencioso que le dedicó a la tía mientras enlazaba las manos sobre el regazo y se humedecía los labios con nerviosismo.
Dorothy, que adoraba especialmente los asuntos de corte romántico, apreció la curiosidad de su joven pariente y por ello no se demoró en tratar de saciarla.
Desde su sillón, el tío Arnold meneó de nuevo la cabeza.
—William Northwood vivía con su familia en Garden Hill, la mansión que seguramente pudiste ver a cierta distancia tras el bosquecillo de sauces que custodia el jardín.
—Margaret asintió con rapidez, concediendo alas a la anciana con su gesto—.
Su esposa adoraba las plantas en particular y la naturaleza en general y él quiso agasajarla con un rincón privado, y ligeramente apartado del parque principal, donde pudiera dedicarse en cuerpo y alma a su adorado pasatiempo.
Margaret suspiró, encantada. ¡Qué hermoso gesto de amor! ¡Un jardín privado para completo disfrute de su querida esposa!
—La señora Northwood conocía muchas especies, sabía cómo cuidar cada una de ellas y las cultivaba con amor y dedicación.
Como consecuencia, el jardín de la señora Northwood estallaba en colores y fragancias convirtiéndose cada primavera en lo más semejante al paraíso en la Tierra.
Todo el mundo, de aquí a Londres, sabía de la existencia de ese hermoso rinconcito y todo el mundo admiraba la belleza del lugar, incluso yo misma he estado allí en algunas ocasiones —otro suspiro por parte de la anciana—, recuerdo perfectamente las fuentes de agua corriente, las bancadas de piedra desde las que se escuchaban al atardecer los cantos de los gorriones, recuerdo las flores exóticas que crecían en el invernadero y cuyas simientes su esposo hizo traer desde lugares remotos, recuerdo los parterres de lavanda y la frondosa madreselva que vestía el muro...
Margaret, ceño fruncido y labio inferior atrapado bajo los dientes, no era capaz de asociar un lugar como el que retrataban las palabras de tía Dorothy con el descuidado jardín cubierto de maleza que ella había visto.
—Pero un buen día la señora Northwood enfermó y durante muchos meses no pudo acudir a su jardín, como hasta entonces había hecho a diario.
—La anciana se llevó la mano libre al corazón mientras la otra continuaba sosteniendo la copa de vino—.
Tuvo que permanecer postrada en su cama, sometida a horribles fiebres, incapaz siquiera de tenerse en pie —suspiró con grave emoción y, para tratar de consolarse, envió un trago rápido a su bebida espirituosa—, deteriorándose cada día como un pobre pajarillo hasta que finalmente falleció, dejando solos a un niño pequeño y a un esposo que no fue capaz de entender la vida sin su amada.
—Nuevo suspiro—. El señor Northwood decidió cerrar la mansión sin previo aviso, de un día para el otro, y trasladarse con su hijo a su residencia de Londres, poniendo tierra de por medio entre su vida y los recuerdos que amenazaban con consumirlo...
—¡Jesús Cristo, Dothy! —Consciente de la impresión que las palabras de su esposa habían causado en una muchachita joven e impresionable como Margaret, tío Arnold pausó la lectura para descender el libro sobre el regazo y amonestar a su esposa—.
¿Crees que es necesario mostrarte tan dramática a la hora de narrar esa historia?
—Señor Percy, no soy dramática en absoluto —se defendió la anciana, componiendo un mohín de inocencia—, simplemente estoy revelando lo que sucedió, ni más ni menos.
Los Northwood eran nuestros vecinos más cercanos y esto mismo es lo que aconteció, tal y como lo cuento, sin dramas ni exageraciones.
La señora Northwood falleció tras una horrorosa enfermedad y su esposo abandonó Garden Hill porque no fue capaz de soportar ni el dolor ni los recuerdos. ¡Así mismo!
Tío Arnold suspiró con largueza y volvió a hundir la nariz entre las páginas de su libro de geografía. Tía Dorothy devolvió la atención a su devota oyente, retomando su discurso.
—Nunca regresaron a Garden Hill, querida, esa enorme casa permanece cerrada a cal y canto desde entonces, y nunca volvimos a saber nada de ellos.
¡Nunca! Ni una carta, ni una sola noticia al respecto.
—Meneó la cabeza para reflejar su disgusto—.
El chiquillo, en la actualidad, debe de andar cerca de la treintena y se habrá olvidado por completo de esta parte del patrimonio familiar y de sus antiguos vecinos.
En lo que respecta a William Northwood, puede que incluso haya fallecido allá en Londres y ninguno nos hayamos enterado de ello.
Margaret exhaló largamente para tratar de aligerar el peso que, de pronto, se había instalado en su pecho como una pesada losa. Le temblaban las manos, le temblaban las rodillas y toda ella parecía en ese instante un insignificante junco sacudido por el vendaval.
—¡Qué historia tan triste! —murmuró, sinceramente conmovida, ambas manos sobre el corazón y en los ojos un velo que reflejaba una legión de lágrimas pulsantes—. Una tragedia horrible que ha conseguido sumir a una familia, y a su propiedad, en un olvido devastador. ¡Qué triste, tía Dorothy!
Y en verdad así lo creía.
Una vida familiar perfecta truncada de golpe.
Un esposo amantísimo que no pudo continuar viviendo en un lugar donde todo le recordaba a su adorada.
Un niño huérfano arrancado del seno amoroso de su hogar y apartado de los recuerdos de su madre.
Y un paraíso en flor, lentamente devorado por la marea verde del olvido.
—Así es, querida niña, un drama con todas sus letras. —Y para secundar su tristeza, envió un definitivo trago a su bebida.
Notó Margaret el descenso de una lágrima solitaria y caliente por su pómulo, apurando el recorrido una vez superada esa primera elevación para morir contra los labios.
Parpadeó con rapidez para tratar de aplastar las siguientes y, aunque alguna murió sofocada bajo el peso de las pestañas, muchas otras surcaron el redondo rostro juvenil.
Replegó los labios al interior de la boca, inhaló con sonoridad y procuró ordenar los pensamientos que se atropellaban en su cabeza.
Una mujer enferma, un hombre desolado dispuesto a quitarse la vida en ausencia de su amada, un niño huérfano llorando a su madre y un jardín, antaño vieja gloria y ofrenda de amor, sepultado por la maleza.
Todavía con el nudo de aflicción apretando su pecho y el rostro húmedo por la presencia de las lágrimas, fue consciente de la idea fugaz que cruzó de pronto su mente.
Y esa idea se deslizó enseguida, sin permiso ni titubeo, a los labios de la muchacha.
—¿Cree que incomodaría a alguien si tratara de adecentar el jardín?
La anciana la miró con asombro, ahogando un jadeo.
El tío Arnold también dedicó a su joven pariente una mirada curiosa por debajo de los poblados montes que la sombreaban.
—No lo creo —concedió la mujer, todavía extrañada—, no hay ningún Northwood por aquí ni nadie que custodie la propiedad —exhaló con largueza el aire que desconocía haber estado reteniendo—, pero ¿por qué querrías esforzarte tanto por un lugar que lleva años abandonado?
¡Eso ha de ser una pequeña selva a estas alturas!
Antes de que Margaret respondiera, el tío Arnold añadió:
—Si lo que deseas es dedicar tiempo a la jardinería, puedes disponer de todo el terreno que quieras en nuestra propiedad, querida, toda ella se encuentra a tu entera disposición. Y estoy convencido de que los jardineros te ayudarán con gusto.
Margaret se mordió el interior de las mejillas mientras fruncía el ceño.