Donde florece el amor Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Caminó sin prisa, disfrutando del paseo, de la temperatura agradable y de la paz que emanaba de aquel maravilloso edén; deleitándose en todo momento con el acompañamiento sonoro de los pajarillos que, ocultos entre la vegetación, lanzaban a la atmósfera con brío su hermoso cántico.

Se descubrió a sí misma deteniéndose en algunos puntos del recorrido para, sonrisa en los labios, apreciar con mayor detalle ora una pequeña flor que crecía en los lindes del camino, ora la figura de alguna ardilla juguetona escondida entre las ramas de un árbol, ora algún pajarillo que saltaba graciosamente a ras del suelo.

Cuando alcanzó a coronar la cima de una pequeña elevación de terreno, se detuvo, las manos en las caderas y una sonrisa radiante en los labios.

Exhaló con largueza y permitió que sus ojos se deslizaran en embelesada circunferencia por la infinita colcha remendada en diferentes tonos de verde, sintiéndose de ese modo la reina absoluta del mundo.

El terreno se ondulaba hasta donde alcanzaba la vista en suaves lomas de hierba corta; largos muros de piedra a media altura y vallados de madera tranzaban el paisaje, marcando lindes y manteniendo las ovejas a buen recaudo.

Cada pocas millas se decoraba la hermosa acuarela con sauces blancos y pequeñas agrupaciones de fresnos que, al son de la suave brisa, agitaban sus hojas en delicada cadencia mientras emitían un rumoroso son.

Desde su gloriosa atalaya, Margaret cerró los ojos e inhaló profundo para llenar su alma con las fragancias que se desplazaban por el aire en aromática oleada y proveer a su sesera de los adormecedores sonidos de la naturaleza.

—«Vagué solitaria como una nube que flota en lo alto, sobre valles y colinas ... » [1] —Recitó apenas en un susurro los hermosos versos del poeta. Versos que, en ese momento, su corazón y su alma tomaron como suyos.

No supo calcular cuánto tiempo permaneció en aquel embriagador estado de distraimiento y embeleso, pero cuando abrió los ojos y regresó su ser al presente, Lavender Fields se encontraba a su espalda y se distinguía en la distancia como una construcción diminuta, por lo que sopesó si debería continuar explorando o si tal vez era hora de regresar sobre sus pasos.

Al fin y al cabo, seguramente dispondría de más días para salir a investigar.

Pero entonces descubrió a poco recorrido allá abajo una llamativa agrupación de sauces blancos que destacaba sobre la amplia parcela verde completamente despejada.

Cerraban sobre sí mismos en celosa muralla, como si pretendieran proteger de miradas impertinentes, bajo su espeso abrigo de foresta, cualquiera que fuera el secreto que custodiaran.

Obviamente Margaret sintió una gran curiosidad por aquel lugar, y su mente fantasiosa enseguida intuyó que aquella arboleda había sido plantada tan compacta con el firme propósito de procurar intimidad; tal vez albergara bajo su verdor espeso un estanque, tal vez las ruinas de alguna antigua construcción, quizá un camposanto privado o una ermita...

Deslizando la mirada en línea recta, allí donde se pincelaba la línea del horizonte sobre una nueva ondulación de terreno, descubrió también por vez primera una gran edificación de imponente fachada oscura, parcialmente devorada por la hiedra, irguiéndose sobre el terreno como un silencioso custodio del bosquecillo de sauces.

Asumió Margaret que aquellas tierras, incluido el misterioso vergel de allí abajo, debían de pertenecer a aquella gran casa, y, aunque en un principio temió haberse adentrado en propiedad ajena y ser amonestada por ello, la curiosidad juvenil terminó por imponerse sobre la razón y la prudencia.

Al fin y al cabo, razonó, la mansión parecía sumida en un notable estado de abandono, muy posiblemente nadie viviera ya allí, por lo que, con su presencia y con su ingenua curiosidad, no podía en modo alguno perturbar ni ofender a nadie.

Consideró además que no le tomaría nada de tiempo llegar hasta el bosquecillo...

Replegó los labios al interior de la boca.

Se trataba tan solo de un paseo breve en suave descenso...

Inhaló profundo por la nariz.

Podía dar un rápido vistazo sin hacer mal alguno; a fin de cuentas era una simple caminante, su huella no profanaría aquel bonito espacio.

Este cúmulo de pensamientos, desplegados cual abanico en su cabeza, fueron sin duda los que terminaron de incentivarla a acercarse y, de hecho, mientras dejaba que se aposentaran y en tanto razonaba consigo misma lo inofensivo de su iniciativa, sus pies ya habían decidido enrumbarse de forma autómata hacia la arboleda.

Conforme la distancia menguaba, percibió Margaret con mayor certeza el murmullo de la brisa entre el denso follaje y el frescor que procedía de aquella zona de sombra.

Sin dudarlo, y cada vez más intrigada, se adentró entre los árboles rozando con las manos las hojas de las ramas más bajas, para descubrir que no ocultaban ningún estanque, tampoco antiguas ruinas y mucho menos un viejo cementerio olvidado; tan solo se desplegaban recorriendo el exterior de un murado de piedra casi por completo cubierto de hiedra y musgo.

El muro era tan alto que ni aun dando saltitos —como en verdad hizo— pudo ver lo que ocultaba detrás.

Ante la imposibilidad de saciar de forma inmediata su curiosidad, sintió cómo esta la devoraba con mayor ansia.

Por fortuna, a pocos pasos y a un costado, descubrió una cancilla oxidada de hoja doble y arco de medio punto en la parte superior.

Al comprobar que una de las hojas se encontraba entreabierta, y tomando esto como una silenciosa invitación, decidió traspasarla.

Del otro lado emergió, como inesperado estallido de color, formas y texturas, un enorme jardín tan absolutamente descuidado como nunca antes había visto Margaret algo así: en apariencia una auténtica selva de colores, fragancias y variedades florales, donde la hierba alta devoraba casi por completo los macizos y parterres que a duras penas se adivinaban entre la espesura y que, de forma milagrosa, parecían haber sobrevivido a la invasión.

Distinguió un viejo arco de madera, bastante alto y todavía en buen estado, que sostenía un denso popurrí de diminutas rosas silvestres; vio algunas vasijas de barro asomando entre la hierba, carentes de contenido, pero rebosantes de años y verdín, una bancada de piedra que los helechos y la humedad trataban de engullir y un par de estatuas femeninas que mostraban sus elegantes figuras semidesnudas por entre los macizos de hortensias en flor.

Conforme se adentraba entre la hierba alta y espigada, descubrió bajo sus pies un estrecho y serpenteante pasillo de terracota que parecía señalar un camino, pero que se perdía a pocos pasos bajo la densidad silvestre.

Parada en mitad de aquel descuidado edén observó con deleite el vuelo de los abejorros entre las lavandas y el baile elegante de decenas de mariposas blancas y amarillas agitando sus alitas de talco entre las flores de manzanilla que se arracimaban desde todas partes.

Sorprendió un par de chochines comunes que saltaban alegremente por entre las plantas, sin miedo a la presencia humana, y se dedicó a seguirlos con la mirada ante la imposibilidad de hacerlo entre la hierba.

En alguna parte, oculto entre la vegetación, escuchó el vibrante cricrí de un grillo que parecía reflejar las pulsaciones de la tarde.

Se llevó una mano al escote, sintiéndose profundamente conmovida ante la explosión sensitiva que la embargó de golpe.

¡Qué belleza de lugar..., y qué pena que su propietario lo hubiera descuidado de ese modo!

Con el adecuado esmero debía de parecerse mucho a su jardín de Berkshire.

Con la suficiente dedicación aquello sería lo más parecido al paraíso que Margaret podría imaginar.

A desgana, pues aquel lugar la fascinaba realmente, comprendió que debía regresar ya a Lavender Fields, pero no traspasó la cancilla sin antes prometerse a sí misma que regresaría a aquel vergel tan pronto como pudiera hacerlo.