Capítulo 1
L avender Fields Manor. Willowford. Condado de Hampshire.
Margaret permanecía de pie frente a la ventana de la sala principal ubicada en la planta baja de la vivienda.
Mientras la mirada se perdía al frente, la mano voló al escote para aposentarse como una medallita sobre el lugar exacto bajo el que palpitaba relajado el dulce corazón femenino.
El aliento sosegado reflejaba la apacibilidad de su alma mientras la joven observaba con deleite, y eterna fascinación, los exteriores de la vivienda de sus tíos.
Una vasta extensión de terreno verde, perfectamente recortado y cuidado hasta imitar la apariencia impecable de un inmenso tapiz del mismo tono, se extendía con largura ante sus ojos, siendo tan solo horadada la mullida superficie por un amplio sendero de fina grava blanca, recto y preciso como una pasarela desplegada para recibir a los visitantes.
A ambos lados de la vereda de grava crecían inmensas matas de lavanda, a esas alturas de la estación, gloriosamente floridas, y alargando sus espigas violáceas con altanería hacia el sol.
Siete orondos macizos, había contado Margaret, escoltaban cada flanco de la pasarela de grava, desde la cancilla que concedía entrada a la propiedad hasta el mismo pórtico vetusto de la casa.
En total, catorce frondosas matas de lavanda, espigadas, coloridas, fragantes y hermosas, para recibir a los recién llegados y deleitar con su maravillosa visión a los que moraban tras aquellos muros.
No obstante, y en medio de su embeleso, Margaret no pudo evitar liberar un suspiro que denotaba una innegable nostalgia.
Los jardines de Lavender Fields eran preciosos, sin duda; ningún sensato mortal podría verter una sola queja acerca de su diseño o cuidado sin incurrir en un tremendo embuste.
Sin embargo...
Sin embargo, Margaret Ashford era una muchacha sencilla, de gustos sencillos y un intenso amor por la naturaleza sencilla y despojada de todo artificio.
Había nacido y crecido en un hogar humilde, por lo que había aprendido a admirar y apreciar con mayor deleite la belleza pincelada por la propia mano de Dios mucho antes que la belleza pincelada por la mano mortal.
Y era obvio que el hermosísimo jardín principal de Lavender Fields era sublime, y lo era de ese modo debido al trazo y al trabajo de muchos hombres que le dedicaban a diario tiempo y desvelo.
¡Ay, cuánto echaba de menos el jardín de su casa, allá en Berkshire!
Un pequeño vergel —muchísimo más modesto en extensión y sin un ápice de punto de comparación— en el que convivían infinidad de plantas y flores diferentes, absolutamente libres de podas o guías impuestas.
Simplemente como si la experta mano divina hubiera salpicado cientos de colores, sin orden ni concierto, sobre un lienzo en verde para, de ese modo, crear la más hermosa y variada composición.
A un lado de la tosca valla de madera crecían espléndidas las rosas de mil colores, entremezcladas con frondosos parterres de caléndulas que se erguían orgullosas en todo su esplendor; en el otro flanco estallaban en color los geranios, también la lavanda —siempre presente—, el ejército de dedaleras —perfectamente enfiladas como la legión fragante que conformaban—, las campanillas violáceas y los lirios de agua amarillos.
¡Y cómo le gustaba contemplar las espadañas, las celosías, los agapantos o las salicarias que crecían sin que nadie las hubiera sembrado y sin que nadie, por supuesto, las hubiera arrancado después!
Con un postrero suspiro, Margaret descendió la mano del escote mientras esbozaba una sonrisa melancólica.
Habían transcurrido dos semanas desde su llegada a la casa de sus tíos en Willowford, Hampshire, y con el nacimiento de cada nuevo día no podía menos que apreciar cuán distinta era su vida en esos momentos en comparación con la que había conocido hasta entonces.
No mejor, tampoco peor, pero sí muy distinta.
Sus tíos, Dorothy y Arnold, eran dos ancianos tremendamente nobles, amables y generosos que la habían acogido en su hogar con el cariño verdadero con el que tan solo puede acogerse a un hijo.
Comidas variadas y abundantes, lumbres de continuo encendidas y doncellas a su disposición las veinticuatro horas del día. ¡Algo totalmente insólito para una chica de campo acostumbrada a hacerlo todo por sí misma!
A pocos días de su llegada, la tía Dorothy mandó a llamar a una modista del pueblo para que le tomara medidas y le confeccionara un guardarropa completo: un amplio surtido de vestidos con sus consabidos complementos — chemises , enaguas, pequeños corsés, bonetes...
—, todo ello acorde a la estación cálida pronta a iniciarse y a la belleza y juventud, en palabras de la señora, de la muchacha que había de lucirlos.
Una muchacha que, todo debía ser dicho, hasta el momento estaba acostumbrada a poseer tan solo un par de mudas de vestidos de día y un par de enaguas a las que se les iba añadiendo tela al bajo para aprovecharlas durante más tiempo.
Ninguno de estos agasajos de naturaleza baladí ilusionó tanto a Margaret como lo hizo el descubrimiento, cierta tarde, de la vastísima biblioteca de la casa, donde el anciano tío Arnold había ido acumulando a lo largo de los años volúmenes de gran valor que dejaron a la muchacha boquiabierta.
Desde historias de caballerías hasta poemarios medievales, pasando por novelas góticas y primeras ediciones encuadernadas en pan de oro y pergamino.
Arnold Percy Barrow era todo un erudito amante de la literatura y, al contrario que otros caballeros que se desvivían por adquirir perros de caza del mejor pedigrí, carruajes lujosos o caballos de raza, él no dudaba en emplear buena parte de sus rentas en adquirir nuevos tesoros con los que nutrir su fascinante sanctasanctórum.
Uno que, desde el primer instante, se ofreció a compartir con su joven pariente.
Margaret sentía que su labor en aquella casa resultaba manifiestamente exigua en comparación con todo cuanto los ancianos hacían por ella, o con todo cuanto le proporcionaban y ofrecían a fin de que se sintiera cómoda.
No quería ser una carga y mucho menos permanecer de brazos cruzados sin hacer nada mientras lo recibía todo de los demás; así que procuró de mil formas posibles servir de ayuda y trabajar, como pago, al menos, a su cómoda estadía.
En varias ocasiones fue sorprendida ayudando, al alba, a encender las chimeneas a las doncellas, a arreglar las habitaciones o colaborando en la cocina antes de las principales comidas, y esto era algo que no perturbaba en modo alguno a la joven, pues estaba acostumbrada a trabajar cada día en casa para ayudar a su agotada madre; no obstante, la tía Dorothy puso el grito en el cielo y le rogó que no hiciera nada de eso en el futuro.
«Tu presencia en esta casa, querida, resulta para nosotros una bendición en sí misma.
Eres como la hija que siempre deseamos tener y la vida nos ha negado», le había dicho la tía Dorothy aquella vez en la que la descubrió ayudando a una de las doncellas más jóvenes a golpear las alfombras pasilleras en el patio trasero.
Tuvo que resignarse Margaret —muy a regañadientes, por cierto— a comportarse como una invitada, o más concretamente como un privilegiado integrante de la familia, pues en modo alguno deseaba incomodar a sus parientes ni ofenderlos con su proceder.
No obstante, y ya que no podía colaborar de otro modo, se prometió a sí misma mostrarse en todo momento presente para los Percy-Barrow y dar lo mejor de sí misma a fin de agradecer tanto cariño y tanta amabilidad.
Y esto, de ningún modo, supondría un sacrificio o siquiera esfuerzo alguno para la muchacha, pues su naturaleza amable y servicial acababa siempre por asomar a la superficie de su alma.
***
Debía reconocer Margaret que, desde su llegada a Lavender Fields Manor, ni siquiera se había aventurado una sola vez a traspasar los muros de la propiedad.
Habían sido dos semanas tremendamente ajetreadas; entre adaptarse a la nueva y enorme casa —y aprenderse de memoria la ubicación de cada estancia y recordar para qué había sido destinada—, a nuevos horarios, nuevos hábitos, muchos integrantes del servicio y una nueva vida al completo, apenas había tenido tiempo para nada más.
Aparte de todo esto, la joven era tremendamente consciente de su rol entre aquellos magnos muros, por tanto procuraba estar al pendiente de sus tíos en todo momento, hacerles compañía y asistirlos en cuanto fuera necesario.
Y no se trataba de que los ancianos llevaran vida de ascetas, ¡en lo absoluto!
, pues al menos en lo que a tía Dorothy se refería, solía recibir a sus amigas casi a diario en Lavender Fields para intercambiar confidencias, tomar té y pastelitos y ponerse al día de las novedades de la sociedad rural de Willowford.
Pero aquella tarde en particular, aprovechando que tía Dorothy se había reunido en la sala principal con su grupo habitual para jugar al bridge y que tío Arnold se encontraba entretenido en la biblioteca estudiando un antiguo atlas, Margaret decidió que tal vez fuera un buen momento para salir a explorar los alrededores y evadirse de una de las formas en las que más disfrutaba hacerlo: paseando por la naturaleza.
Lavender Fields se encontraba a las afueras del pueblo, emplazada en un altozano en medio de la despejada e infinita campiña.
La vasta propiedad se hacía escoltar por una amplia superficie boscosa que parecía abrazarla en todo momento; detrás de este escenario arbóreo y extremadamente frondoso, se desplegaba un ingente terreno verde y ondulante salpicado de ovejas greñudas.
Así también, aunque existían algunas grandes residencias a pocas millas en derredor, podía decirse que los vecinos de aquella parte de la campiña disponían de una grata intimidad.
Cruzó el campo Margaret bajo el tibio sol de finales de mayo, agradeciendo la suave brisa que acariciaba su rostro, mecía los rizos oscuros que asomaban bajo el ala del bonete y se deslizaba entre los pliegues de muselina azul de su vestido para agitarlos como si de las gasas de una ninfa se tratara.