Donde florece el amor Prólogo
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Donde florece el amor

Donde florece el amor

Por Elizabeth Bowman

© inepub.com

Prólogo

C ondado de Berkshire.

El señor Ashford plegó en tres partes iguales la carta que acababa de leer, atesorando bajo las firmes dobleces del papel el alma de su querida tía abuela Dorothy Percy-Barrow, amén del solícito mensaje que, con la presente, la anciana pretendía transmitir, tanto en su nombre como en el de su esposo.

Con la misiva todavía en la mano, el señor Ashford se respaldó en el sillón orejero instalado cómodamente frente al fuego, descansó los ojos un instante y exhaló con largueza, permitiendo que tan solo el crepitar cadencioso del fuego, así como la información que acababa de recibir, se aposentaran en su cabeza y en su entendimiento para tomar forma estable.

Aquella delicada caligrafía atrapada en la vitela reflejaba el talante siempre amable y bondadoso de su dócil emisora.

A través de ella, la querida tía Dorothy solicitaba a su único pariente, más como un ruego que como una petición, la compañía de alguno de sus hijos, a fin de aliviar la soledad que, como negra sombra, sobrevolaba el hogar de un matrimonio sin descendencia propia.

La buena mujer aseguraba que la presencia de un espíritu joven alegraría la existencia de dos ancianos que se encaminaban a velocidad vertiginosa hacia el invierno de sus vidas y, aunque en el presente ninguno de los dos padecía dolencia alguna que pudiera aventurarlos a convertirse en una carga a futuro cercano, con toda seguridad la llegada de uno de los vástagos de Ashford brindaría alegría y renovadas ilusiones a su casa.

Los Percy-Barrow vivían en el vecino condado de Hampshire. Disfrutaban de una posición acomodada, buenas relaciones y una residencia grande ubicada en una finca rural en plena campiña; una, por más señas, bien provista de sirvientes, chimeneas y más de un carruaje en su cochera.

Sin duda, el hecho de enviar a uno de sus vástagos a pasar una temporada —en principio se trataría de los meses del verano, si la adaptación era buena podrían acordar que se quedara durante un tiempo indefinido— resultaría beneficioso para ambas partes, pues los Percy-Barrow disfrutarían de acompañamiento en su vida diaria, y los Ashford verían asegurado el futuro de ese hijo en particular, ya que, a buen seguro, sus tíos abuelos terminarían por convertirlo en heredero de sus propiedades.

Aparte de considerar todo esto, lo cual de por sí ya resultaría incentivo suficiente para cualquier sensato mortal, el señor Ashford reconocía que, como modesto arrendatario, jamás podría ofrecer grandes privilegios a sus siete hijos, por lo que saber que al menos uno de ellos dispondría de comodidades y un plato caliente asegurado sobre la mesa suponía un aliciente a tener en cuenta.

Y, por tanto, no necesitó meditarlo demasiado.

Enseguida consideró que la más adecuada para viajar e instalarse con sus tíos en Hampshire era Margaret, la mayor de la prole.

A sus diecisiete años, Margaret era una muchacha dotada de una gran sensibilidad, soñadora y entusiasta, pero a la vez, y aunque esto semejara una contradicción de carácter, sensata y responsable; especialmente consecuente con el compromiso que conllevaba el cuidar de seis hermanos menores y ayudar en las tareas diarias de una casa de campo.

Sin duda una jovencita mucho más habituada a leer y a dejar volar la imaginación, buscando para ello la soledad de la campiña, que a relacionarse con el resto del mundo.

Desde luego iban a echarla mucho de menos allí, pues desde muy niña había resultado una ayuda inestimable para su madre en la crianza de los más pequeños y en la organización del hogar, asuntos que dominaba a la perfección y con gran criterio; pero si de algo estaba convencido el señor Ashford era de que ninguno de sus hijos se merecía más su confianza ni ningún otro dejaría el nombre de la familia en tan buen lugar como podría hacerlo Margaret.

Al pensar en ello, el hombre exhaló con largueza un suspiro que se hizo eco en la atmósfera silenciosa de la estancia.

Desde muy temprana edad había apreciado en su primogénita una determinación de carácter y una inteligencia que difícilmente podrían expandirse entre los modestos muros de su hogar.

Y él lo sabía..., y lo reconocía con gran pesar, afligido por no ser capaz de proporcionar a su pequeña el espacio necesario para su crecimiento vital.

Margaret era como una planta que se intuía magnífica a pesar de sus yemas todavía cerradas en tímido capullito, una planta a la que la vida había aposentado en un tiesto demasiado pequeño para que raíces y ramas crecieran como deberían.

Y aunque la naturaleza modesta y cohibida de su hija mayor le impedía manifestarlo, el señor Ashford había intuido la belleza y vigorosidad de aquellas flores que ella mantenía replegadas por fuerza.

Y no era justo.

Con una apretada sonrisa en los labios y una temblorosa perla de tristeza en el lagrimal, el hombre abrió los ojos para conceder luz a su determinación.

Margaret merecía un tiesto amplio donde poder desplegarse a placer.

La perla que segundos antes había oscilado en la cuenca rosácea que la albergaba se liberó para descender con rapidez el anguloso pómulo masculino.

Hampshire.

Un territorio que lindaba con Berkshire, al fin y al cabo apenas unos cuantos días de distancia en carruaje...

... pero en el corazón del señor Ashford, un lugar tan lejano como la luna.