Donde florece el amor Capítulo 21
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Capítulo 21

A l día siguiente, la lluvia incesante y la tormenta que sacudió durante días un escenario tan encantador quedaron relegadas al recuerdo de todos los habitantes del lugar.

Como suele acontecer en tales circunstancias, el nuevo día amaneció con un sol resplandeciente que dotaba al paisaje de una luminosidad que irradiaba desde la bóveda azul intensamente límpida para deslizarse y alcanzarlo todo y por todas partes.

Un brillo imparable hacía refulgir la bucólica acuarela que ofrecía la campiña a principios de agosto, destacando los habituales tonos verdes gracias a la humedad todavía imperante de los últimos días.

La tierra olía a humedad y a vida, las fragancias florales reptaban por la atmósfera limpia y fresca con gran cadencia y los pajarillos gorjeaban con más brío del habitual, satisfechos de poder salir al mundo sin necesidad de empapar sus hermosos plumajes.

Margaret, enlazada su mano en el brazo que Julian le había ofrecido a modo de agradecido apoyo y empleando un bastón en la mano contraria para facilitar su avance, traspasó por primera vez en muchos días la conocida cancilla de forja.

Habían caminado muy despacio los dos desde Lavender Fields, sin prisa, porque por vez primera parecía no existir urgencia alguna ni en sus ánimos ni en sus corazones.

Recorrer en mutua compañía el campo y adentrarse juntos en aquel bonito pedacito de paraíso parecía ser lo más natural del mundo para ellos.

Algo tan inevitable y natural que no podría ser concebido de otro modo ni con un sentimiento distinto.

Una vez en el jardín, Margaret se liberó despacio del apoyo dispensado por Julian y así, mientras él permanecía en pie, parado y observándola como el más fiel de los devotos, ella principió a caminar contemplándolo todo con idéntica fascinación a la experimentada aquella lejana primera vez.

Margaret, en efecto, lo miraba todo con gran deleite, y mientras descubría y reconocía con cada paso los ya familiares parterres, los arbustos en flor y cada discreto rinconcito, los labios se curvaban poco a poco hacia arriba en el esbozo de una sonrisa plena.

—Bienvenida de nuevo al jardín, Margaret —dijo Julian, todavía inmóvil en su posición, varios pasos por detrás de ella, atento siempre a cada movimiento.

La joven no respondió de inmediato.

Continuó caminando y acariciando apenas con la yema de los dedos las fragantes espigas de lavanda, las verdes y gruesas hojas de las hortensias y hasta las blancas caperuzas de las calas. La sonrisa se mantenía presente en sus labios.

—Gracias a usted nunca he dejado de estar aquí, Julian —respondió—, o de estar él cerca de mí, en realidad.

Detuvo de pronto su absorto deambular para mirar a un punto cercano frente a ella. Al hacerlo de ese modo, la sonrisa se amplió hasta derivar en una risita suave. Julian siguió la dirección de su mirada y, comprendiendo, sonrió a su vez.

—Me alegra comprobar que la adelfa ha conseguido sobrevivir a su poda...

Julian meneó la cabeza en negación, sonrisa en los labios.

—No sea usted severa, Margaret —se quejó, divertido—, lo hice lo mejor que pude.

Margaret se volvió despacio, rodando apenas la cintura, para prender en él su mirada. La sonrisa esbozada segundos antes se desvaneció con lentitud, como el pétalo que se cierra al caer la tarde, para dar paso a un gesto pensativo y madurado.

—Lo ha hecho usted de maravilla, Julian —respondió, ancladas sus pupilas en las pupilas del caballero—, absolutamente todo.

Él exhaló en profundidad, deseoso de liberar el peso que desde su llegada al jardín había prevalecido sobre su pecho y envuelto su corazón.

Las palabras de Margaret y su mirada intensa —de nuevo y como en la última ocasión, afianzada con serenidad y firmeza sobre su ser— lo incentivaron a dar un paso hacia ella, tanto de forma literal como emocional.

No podía mantener las distancias. No ya con ella. No allí, en su refugio.

De ese modo, sin apartar los ojos de los de Margaret, sintiendo a la vez la mirada femenina descendida sobre su persona y sobre su alma, habló con gran firmeza y anhelo:

—Margaret, aquella tarde... —se pausó, estaba convencido de que no precisaba especificar mucho más ante el vivo entendimiento de la joven—, yo creí estar hablándole a alguien que no podía escucharme.

Sostenidos aún los iris canela en aquellos otros dispuestos a sostenerlos, Margaret dejó a un lado la odiosa timidez para hablar por fin.

—De haber sabido que lo escuchaba, ¿se habría silenciado?

Julian boqueó, confundido, y su confusión se vislumbró también a través de su ceño fruncido de repente con severidad.

—¡En absoluto! —exclamó, contrariado y desesperado por hacerse entender.

Dio otro paso más para acortar la distancia que lo separaba de la joven.

Ella permaneció quieta, esperándolo, como el faro que se perpetúa en la tempestad—.

¡En absoluto, Margaret, jamás! Yo ya no podía retener dentro de mí aquello que llevaba tiempo clamando por ser exteriorizado.

—Tragó seco, el aliento agitado—. Usted no me escuchaba, es verdad, pero yo necesitaba decírselo igualmente...

—jadeó sobrepasado, llevándose la mano a la frente para paliar el sudor frío que la perlaba—, aunque estaba convencido de que mis sentimientos se verían condenados a continuar perdidos en la oscuridad. Creí que jamás obtendría respuesta.

Descendió la cabeza e inclinó la mirada al suelo trebolado. De nuevo tragó seco para tratar de deslizar el nudo que oprimía su garganta y su ceño ya fruncido se endureció.

—Creo que ya ha obtenido respuesta, Julian —dijo Margaret de pronto, obligándolo a alzar la cabeza, y la mirada, de golpe ante el peso de semejante afirmación.

Cuando sus ojos se encontraron de nuevo, los de ella sonreían de igual modo que sonreían los labios de fresa.

—Solo que al parecer usted no se ha dado cuenta.

Julian boqueó como una carpa arrojada fuera de su estanque.

Una sonrisa amagó con estirar sus labios, pero la incertidumbre, la sorpresa y la grandeza de lo que acababa de escuchar, alentadas por la ferocidad de aquello que atronaba dentro de su pecho, condenaron los labios a moverse en un agitado temblor, en un extraño visaje apenas.

—¿Pretende decirme...? —Otro paso más hacia Margaret—. ¿Es posible que...? —Un nuevo avance, hasta que ambos permanecieron de pronto a la distancia íntima que concede un suspiro—. ¿Podría permitirme esperar que mis sentimientos fueran correspondidos?

Margaret sostuvo su mirada y perpetuó la dulce sonrisa que curvaba sus labios.

—Siempre lo fueron, antes incluso de que yo misma me sintiera capaz de comprenderlo.

Sin apartar los calmosos iris de aquellos otros que esperaban con anhelo, buscó las manos de Julian para sostenerlas entre las suyas y, muy lentamente, en un gesto tan íntimo y natural como el que encierra el suave aleteo de las mariposas sobre las flores, se acercó las manos a los labios para besar los nudillos uno a uno.

Besó las manos que cuidaron el jardín.

Las manos que le llevaron flores durante la enfermedad.

Las manos que sostuvieron para ella libros de poemas.

Las manos que podaron la adelfa.

Julian suspiró y en medio de su suspiro sonó el espasmo de un sollozo ahogado.

Cuando Margaret besó el último nudillo, descendió las manos de Julian junto a las suyas, pero no las soltó.

Regalándole la mejor respuesta a través de su mirada entregada y de su sonrisa cargada de afecto, emprendió de nuevo el camino que había pausado para recorrer el jardín al lado de Julian, aferrada su mano para siempre.

Casi sin darse cuenta cruzaron bajo el arco de madera replegado de rosas en cuyo pie resplandecía la veterana peonía.

Ninguno dijo nada más.

Y no hizo falta.

Aquella tarde no nació ningún sentimiento nuevo.

Acababa de germinar y alargarse hacia el sol todo aquello que debía florecer y que llevaba mucho tiempo creciendo bajo la tierra húmeda y oscura, en silencio y con calma, esperando el momento oportuno para salir a la luz.