Capítulo 19 La batalla contra la noche
Abro los ojos.
La noche ya cayó del todo, pesada, negra, aplastante sobre el parque.
El frío de la tierra húmeda no es solo una sensación; es un taladro que me perfora las costillas, que me adormece los músculos inútiles.
Sebastián sigue ahí afuera, una sombra furtiva entre los eucaliptos, asegurándose de que su obra macabra termine de dar frutos.
Lo sé. Lo siento acechando. Pero ya no miro hacia los arbustos con desesperación infantil.
La furia y el espanto se acaban de ordenar en mi cabeza con la fría precisión de una hoja de afeitar.
Ya no necesito descifrar el pasado. No me importa el colegio, ni las discusiones con Clara, ni la oficina gris, ni las planillas de Excel. Ya sé quiénes son. Los tengo grabados a fuego: Sebastián, Ramón y Sergio. Los tres. El paquete completo de la traición corporativa.
Y sin embargo, mi mente —mi pobre cabeza que empieza a fallar— me juega una mala pasada.
Intento recordar cómo era la cara exacta de mi hijo menor, o el perfume preciso con el que se iba Jennifer a trabajar, y descubro con horror que se me borran.
Se me escapan entre los dedos como agua turbia.
Me olvido. Esto nunca me pasó. El veneno que me inyectaron no solo me paralizó los huesos; me está apagando las bujías del cerebro.
Siento que, si me descuido un segundo, las palabras, los rostros y los recuerdos se van a apagar para siempre en una negrura definitiva.
Recuerdo entonces la voz vieja, gastada, de mi abuela en la cocina de casa, con el mate de por medio, tirándome frases al pasar de cuando éramos chicos: "Si te golpeaste la cabeza, escúchame bien, hijo: no te duermas. Si te dormís, te morís".
Una tontería de abuela. Un mito popular de pueblo.
Pero acá, tirado en el barro, con los ojos abiertos como platos mirando la copa de los árboles y sintiendo que el cuerpo se me vuelve de plomo, esa frase se convierte en una ley de supervivencia universal.
Si me duermo, si dejo que la modorra me gane y apago el interruptor del cerebro, no me despierto más.
Me convierto en abono de este parque de mierda.
Tengo que mantener la cabeza encendida a la fuerza. Tengo que arder por dentro.
Hago cuentas matemáticas imposibles en la oscuridad, muevo los ojos de un lado a otro, recito mentalmente nombres, calles, marcas de autos, cualquier estupidez que mantenga los engranajes girando. No me voy a dormir. No me voy a doblar.
Porque, además, mientras Sebastián patrulla la zona como un cuervo impaciente, una lógica macabra y retorcida se abre paso entre mi delirio: yo sé cómo sigue esta historia.
Los policías corruptos que vinieron temprano, esos que tiraron la sentencia al aire por la radio del patrullero, tienen una orden precisa. No me dejaron acá para que me descubra un paseante cualquiera o un cartonero distraído. Me dejaron bajo un protocolo de impunidad. Tienen la orden de volver.
A la madrugada, cuando el parque sea una boca de lobo absoluta y nadie cruce los senderos, va a venir el relevo.
El servicio de la madrugada. Esos mismos uniformados que venden su alma por dos mangos van a pasar por acá, porque tienen la directiva exacta de levantarme del forro del culo, cargarme en la caja de la chata y hacerme desaparecer para siempre.
Y ahí está mi única, retorcida y maldita puerta de salida.
Mi salvación no va a ser los héroes, ni la justicia divina, ni un milagro de la virgen.
Mi única tabla de salvación son los mismos verdugos corruptos que me trajeron hasta esta tumba de hojas secas.
Tienen que venir a buscarme para deshacerse del bulto.
Y yo lo único que tengo que hacer, la única misión en este infierno paralítico es mantenerme vivo hasta que aparezcan.
Tengo que resistir las horas que faltan.
Soportar el veneno que me quema las entrañas, aguantar el frío que me parte los huesos, pelear contra el sueño que me quiere arrastrar al fondo del vaso.
Aguantar hasta la madrugada. Que me encuentren con los ojos abiertos, respirando por la fuerza bruta de la bronca, obligándolos a mirarme la cara cuando me levanten del barro.
El reloj invisible sigue corriendo. El frío aprieta. Pero yo sigo acá. Con los ojos fijos en la noche, masticando el aire, y con una sola orden retumbándome en el cráneo: No te duermas, carajo. Todavía no.