¿Donde estoy? Capítulo 18 El rostro de la traición
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Capítulo 18 El rostro de la traición

Abro los ojos.

La luz violenta de la tarde se ha ido extinguiendo en el follaje alto, cediendo el paso a una penumbra cobriza y enferma que se filtra a empujones entre los brazos gruesos de los eucaliptos.

El frío de la tierra húmeda ha terminado por atravesar la trama de mi ropa; no es un frío superficial, es una aguja glacial que se clava directo en los huesos, que adormece la carne pero aviva, con una crueldad metódica, cada fibra de mi conciencia.

No sé cuántas horas han pasado desde que el mundo decidió darme la espalda.

Las horas ya no son una unidad de tiempo; son un chicle espeso, un reloj de arena relleno de plomo que mastica despacio los restos de mi resistencia.

Pero la certeza no se ha enfriado. Me muerde por dentro con más ferocidad que el miedo.

Si las palabras de esos dos policías corruptos no eran una simple bravuconada, si la orden de la base era dejarme podrir veinticuatro horas antes de que mi presencia se convierta en un cadáver oficial... el contador de mi vida está marcando los últimos números.

Intento rotar la cabeza un milímetro, pero sigo anclado a la mugre, petrificado como una raíz vieja.

Mis ojos, las únicas ventanas que le quedan abiertas a este cuerpo arruinado, vagan por la línea del sendero, recorriendo las formas difusas del parque que empieza a vaciarse.

Y entonces, entre la espesura de los arbustos bajos y el perfil oscuro de los troncos, un detalle me devuelve de golpe, con un chispazo eléctrico y brutal, a la escena del crimen.

Un pantalón.

Ese corte recto, esa tela sintética, gruesa y grasienta, ese tono grisáceo e inconfundible que tenía el uniforme corporativo que nos entregaban en el depósito de la empresa.

Sí, hijo de puta...

El grito no logra romper la barrera de mis dientes, pero el nombre me retumba contra el cráneo con la fuerza sorda de un martillazo.

Reconozco la trama de la tela. Reconozco la forma cansada y patibularia de pararse, la espalda ligeramente vencida, las manos hundidas en los bolsillos. Es él. Es Sebastián.

Ese bastardo que estaba esa noche con Ramón y con Sergio.

Los tres. La patota de cuello blanco convertida en verdugos de matadero.

Pero Sebastián era el más miserable de todos, el que ponía la sonrisa falsa en las reuniones mientras le medía la yugular al jefe.

Él vino a verificar el trabajo. Vino a cerciorarse de que la dosis hiciera su tarea sin hacer ruido.

Fue él quien me clavo esa mierda en el cuello o en el brazo cuando me tuvieron acorralado; no recuero el pinchazo exacto, pero siento la marca del veneno corriendo como mercurio líquido por mis venas.

El sol termina de hundirse detrás de los edificios lejanos, tiñendo el cielo de un rojo violeta, ceniciento, que parece una herida abierta sobre la copa de los árboles. El día se muere sin remedio. Y con él, la última ilusión de ponerme de pie y salir caminando de este infierno.