¿Donde estoy? Capítulo 17 La noche del crimen
77%

Capítulo 17 La noche del crimen

Cierro los ojos.

La fiesta de la empresa quedó atrás, con sus luces artificiales, sus risas falsas y el champán tibio.

Salí un rato antes y me quedé esperando adentro del auto, con el motor regulando despacito, esperando que Jennifer saliera para volvernos a casa.

Tenía la ventana baja, dejando entrar el aire fresco de la madrugada.

Y entonces los vi salir.

Eran tres. Los reconocí de inmediato. Mis propios compañeros de oficina, los tipos con los que compartía pasillo todos los días, los que vivían lamiendo botas y conspirando en los rincones porque se morían por quedarse con el puesto jerárquico que estaba por encima de mí.

Días antes me habían rodeado en el depósito, apretándome, ofreciéndome un "buen lugar" si me sumaba a sus movidas, si les guardaba silencio en sus chanchullos corporativos. Les dije que no. Les corté el rostro.

Desde el auto, inmóvil y con el corazón en la garganta, veo que traen a alguien arrastrando.

Forcejean bajo la luz pálida de un farol a cincuenta metros. La persona que cae al piso, la que recibe los primeros golpes, es alguien a quien conozco de memoria: es nuestro propio jefe. El que les frenaba los ascensos, el que no les firmaba los negociados.

Los tres se le van encima con una saña desatada.

Pensé que era uno solo el que pegaba, que había un cabecilla, pero no.

Son los tres. Los veo patearlo en el suelo, saltarle arriba, descargar una furia ciega y metódica hasta que el cuerpo deja de moverse.

Lo matan a golpes ahí nomás, en plena calle oscura.

Me quedo helado, pegado al volante, con los ojos abiertos como platos, procesando el horror.

Y de repente, en medio de la neblina del miedo, siento que algo raro pasa en mi propio cuerpo.

Un calambre helado, una rigidez repentina que me empieza a trabar los dedos, las manos, las piernas.

El cuerpo se me vuelve de piedra. No me puedo mover.

Apenas puedo mantener los ojos fijos, obligados a observar cada detalle macabro desde el asiento del conductor, a cincuenta metros de distancia. Los conozco a todos. Sé cómo se llaman, sé cómo caminan, sé lo ambiciosos y miserables que son.

Y en el peor momento de todos, cuando terminan de limpiar la sangre de sus zapatos, los tres se turnan para girar la cabeza hacia la calle.

Bajo la luz del farol, sus miradas cruzan la distancia.

Se quedan congelados un segundo.

Reconocen el auto.

Me reconocen a mí.

Se hace un silencio espeso en mi cabeza. Me ven a través del parabrisas. Saben que soy Lucas. Saben que vi todo.

Abro los ojos.

La penumbra del parque, la tierra, las hojas secas y el peso de la parálisis me devuelven al presente de golpe.

Ya no estoy en el auto. Estoy tirado en el suelo, convertido en un despojo, sabiendo que el encierro en el que estoy metido no es casualidad: fueron ellos.

Mis propios compañeros, convertidos en asesinos con placa y con poder, los que me inyectaron el veneno y me dejaron acá para que las veinticuatro horas me borren del mapa.

Pero ya no hay dudas. Sé quiénes son. Y aunque el cuerpo no me responda, la memoria arde más que nunca.