¿Donde estoy? Capítulo 16 La trampa del escritorio
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Capítulo 16 La trampa del escritorio

Abro los ojos.

La oscuridad del parque, el frío de la tierra y las voces burlonas de los policías se evaporan de golpe. El chasquido de las botas se apaga y, en su lugar, la mente me devuelve a otro escenario, a otro tiempo donde la única parálisis era la del aburrimiento corporativo.

Estoy en casa. El departamento está iluminado con esa luz cálida de las ocho de la noche. Siento el olor suave, almidonado, de las camisas recién planchadas.

Jennifer está frente al espejo del recibidor, dándole los últimos retoques al cuello de mi saco oscuro, acomodándome la solapa con una paciencia infinita. Sus manos se mueven con precisión, alisando cada arruga invisible, dejándome impecable para la ocasión.

—Listo, ya te lo estoy arreglando bien, Lucas. No te me quejes —dice Jennifer con esa sonrisa cómplice, mirándome a los ojos a través del espejo—. Te tenés que ver diez puntos. No te olvides de que es una cena de empresa muy importante y te invitaron a vos particularmente.

Me miro en el espejo. El oficinista prolijo, el tipo de traje y corbata que cree que controla su propia vida, tiene una mueca de fastidio cruzándole la cara. Niego con la cabeza, cruzándome de brazos.

—Una cena de chupamedias, querés decir...

¿Te acordás lo que te decía el año pasado?

Yo no quería ni entrar a esta empresa, Jennifer.

Te lo juro. Decía: "Esta compañía me va a tener siempre así, atado a un escritorio, chupándome la sangre, somos cualquier cosa para ellos, un número más en la planilla de Excel". Y ahora

tengo que ir a sonreírles en la cara a los mismos tipos que nos explotan.

Jennifer suelta una risa suave, me da una palmadita cariñosa en la mejilla y me acomoda el nudo de la corbata con firmeza.

—Ay, mi amor, dejate de renegar tanto. Es una oportunidad, te guste o no te guste el ambiente. Andá, hacete ver, socializá un poco. Quererte un poquito más y sacale el jugo a la noche. No seas terco.

Me quedo mirándola, suspirando, resignado a ponerme la máscara de empleado ejemplar que tanto detesto, sin saber que, en el fondo, ese mundo corporativo gris y lleno de simulación iba a terminar arrastrándome mucho más hondo de lo que jamás imaginé.

Abro los ojos.

El espejo desaparece. El perfume a almidón de la camisa de Jennifer se esfuma por completo, reemplazado de inmediato por el olor nauseabundo a tierra húmeda, basura y podredumbre.

Estoy de nuevo acá. Tirado en el suelo del parque, paralizado, con los ojos fijos en la nada y con la cuenta regresiva de las veinticuatro horas latiéndome en la nuca como una bomba de tiempo.

Qué equivocado estaba, pienso con una amargura que me quema por dentro.

El problema no era ser un número en la planilla de Excel de esa empresa de mierda.

El verdadero peligro empezó el día que dejé de ser un simple oficinista aburrido y me convertí en el testigo silencioso de algo que nunca debí ver.